EL APARTAMENTO
EL APARTAMENTO EE. UU., 1960
Título original: The Apartment
Dirección: Billy Wilder
Guión: I. A. L. Diamond y Billy Wilder
Producción: Billy Wilder para Mirisch Company/United Artists
Música: Adolph Deutsch
Fotografía: Joseph LaShelle
Duración: 125 min.
IMDb:
Reparto: Jack Lemmon (C. C. Buddy Baxter); Shirley MacLaine (Fran Kubelik); Fred MacMurray (Jeff Seldrake); Jack Kruschen (doctor Dreyfuss); Naomi Stevens (señora Dreyfuss); Ray Walston (Dobish); David Lewis (Kirkeby); Willard Waterman (Vandehorf); David White (Eichelberger); Hope Holyday (Margie MacDougall)

Billy Wilder y su guionista preferido, I. A. L. Diamond, formaron uno de los equipos más eficaces de la historia del cine, y EL APARTAMENTO, producción Mirisch de 1960, fue, quizás, su mejor trabajo juntos, y uno de los films más inolvidables que se hayan rodado.

Buddy y Fran
Buddy y Fran

C. C. Baxter, Buddy para los amigos, es un oscuro oficinista que trabaja en la Compañía de Seguros Consolidated, una de las más importantes de la ciudad de Nueva York. Nuestro protagonista vive en un modesto apartamento del barrio Oeste, cerca de Central Park. Para Baxter su casa es también su principal fuente de problemas. Un día, años atrás, prestó la llave del apartamento a un amigo que, según decía, tenía que acudir a un congreso y necesitaba un sitio donde cambiarse de ropa. Obviamente, se trataba de una excusa para citarse con una mujer. El favor hecho a un amigo tuvo consecuencias inesperadas para el pobre Buddy, ya que poco después fue un compañero de trabajo quien le pidió lo mismo, y a la vuelta de unos meses, el pequeño apartamento de soltero de Baxter se ha convertido casi en una casa de citas que emplean a discreción los señores Dobish, Kirkeby, Vanderhof y Eichelberger, sus inmediatos superiores en la empresa. El pobre Buddy cede, confiando en que estos hombres, en agradecimiento, promocionen su carrera. Un día, es llamado a presencia del todopoderoso J. D. Seldrake, propietario de la Consolidated. Éste ha descubierto el tejemaneje que se traen ciertos empleados de la compañía con el apartamento de Baxter y exige a Buddy que le explique cómo empezó todo. El pobre hombre así lo hace, convencido de que el señor Seldrake tomará cartas en el asunto para acabar con tal situación. Pero lo que Jeff Seldrake pretende es entrar a formar parte del club de la llave de Baxter, pues necesita un lugar íntimo y discreto para verse con su amante. A cambio, Seldrake está dispuesto a lanzar la carrera de Buddy hacia las alturas, convirtiéndole en ejecutivo. Pero la amiga del Gran Jefe resulta ser Fran Kubelik, una bella ascensorista de la que Baxter está secretamente enamorado. En Nochebuena, Seldrake y Fran se citan en casa de Buddy y tienen una discusión. La muchacha ha descubierto que él no sólo no tiene intención de divorciarse de su esposa, si no que ella es sólo una más en su larga lista de conquistas femeninas. Cuando Seldrake se marcha, Fran, moralmente hundida, intenta suicidarse con un frasco de somníferos que encuentra en el cuarto de baño. Poco después llega Buddy, acompañado de Margie MacDougall, una mujer que acaba de conocer en un bar. Al encontrarse con semejante cuadro, echa a Margie a la calle y corre en busca de su vecino, el doctor Dreyfuss. El galeno logra salvar la vida de Fran, y además accede a no dar parte del asunto, para no complicar la vida de la joven. Mientras permanece en casa de Baxter, recuperándose, Fran se sentirá atraída por la bondad de éste, y él acabará de enamorarse perdidamente de ella. Sin embargo, la muchacha vuelve con Jeff Seldrake, cuando éste deja a su esposa. Buddy, desalentado, piensa que ha perdido para siempre a la mujer que ama. Pero el destino se ocupará de arreglar las cosas, haciéndole ver a Fran cuál de los dos hombres es el que realmente le conviene.

Concebida, en principio, como una comedia amable como tantas otras que producía Hollywood en aquellos años, EL APARTAMENTO es, en realidad, una de las historias más amargas que ha dado el séptimo Arte. A medida que perfilaban el guión, Wilder y Diamond descubrieron que la dinámica de la historia que querían contar transformaba la película en un ácido melodrama de crítica social, con el que podrían denunciar valientemente la hipocresía que caracteriza los comportamientos del ciudadano medio americano. Director y guionista comprendieron enseguida que tenían entre manos un relato fuera de serie y redoblaron sus esfuerzos para hacer de EL APARTAMENTO un film lo más realista posible. El problema surgió cuando Walter Mirisch se enteró de sus intenciones. Mirisch esperaba que esta película fuese una comedia de gran éxito, al estilo de CON FALDAS Y A LO LOCO, y no le gustó ni pizca que Wilder y Diamond pretendieran convertirla en una cinta de denuncia social. El jefazo de la Mirisch Company exigió a Wilder que rodara el guión original que habían escrito, divertido e intrascendente, que le daba a la historia un tono cercano al de LA TENTACIÓN VIVE ARRIBA. Recurriendo a sus grandes dotes de persuasión, Billy consiguió que Mirisch cediera un poco y aceptara buena parte de los cambios que Diamond y él mismo habían introducido en el primer guión. Conforme avanzaba el rodaje, director y guionista plantearon a Mirisch la conveniencia de acentuar más aún el aspecto sórdido de la historia, ofreciendo al espectador un retrato implacable de los altos ejecutivos que, abusando de su poder, manipulan a los empleados como si fueran títeres para satisfacer sus inconfesables debilidades. Esto fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de Mirisch, que estuvo a punto de suspender el rodaje, pues consideraba que los cambios propuestos por director y guionista perjudicarían la comercialidad del film. Una vez más, Wilder tuvo que emplearse a fondo para convencer al jefazo de la compañía productora, que por fin dio su brazo a torcer. Escribir esta historia puso a prueba el talento y los nervios de Wilder y Diamond, ya que tuvieron que rehacerla en numerosas ocasiones, hasta el punto de que los actores llegaron a recibir, en el último momento, copias del guión definitivo en papel carbón, recién sacadas de la máquina de escribir, que llegaron al plató un cuarto de hora después de finalizada la jornada de rodaje.

El director confesó que se le ocurrió la idea de EL APARTAMENTO después de ver BREVE ENCUENTRO, un film romántico de David Lean, en el que una mujer casada y su amante se citan en la habitación de un amigo de él. Billy pensó que el personaje más interesante de esa película era, precisamente, aquel hombre conmovedor y gracioso que prestaba su casa a la pareja, y decidió que algún día haría un film sobre el tema.

Wilder declaró, tiempo después, que EL APARTAMENTO era su homenaje personal a Jack Lemmon, a su juicio el actor más completo y encantador después de Charlie Chaplin. Jack Lemmon trabajó en seis ocasiones a las órdenes de Billy Wilder, por el que sentía una profunda admiración. Lemmon declaró que firmó el contrato para hacer EL APARTAMENTO antes incluso de que el guión estuviera escrito, y añadió que, tratándose de un film de Billy, habría firmado aunque le hubiera presentado la guía telefónica.

Una noche amarga
Una noche amarga

Según el actor, el secreto del gran éxito de las películas del vienés residía en su forma de trabajar los guiones. En efecto, Wilder empleaba una media de un año o año y medio en redactar, corregir y pulir un guión, pero cuando terminaba, éste lo tenía todo, absolutamente todo. Eran, en palabras del actor, auténticos guiones cinematográficos, pensados para ser interpretados y no leídos.

La de Calvin Clifford Baxter es sin duda la mejor interpretación de toda la carrera de Lemmon. Nadie si no él podía dar vida tan convincentemente a este modesto trepa involuntario, protagonista de un peculiar trayecto arribista que, en realidad, le proporciona más sinsabores que satisfacciones. Buddy es el primer antihéroe de la historia del cine, un hombre sencillo que sólo aspira a vivir un poco mejor y a encontrar siquiera un pequeño retazo de felicidad para sí mismo. No es un pelota al uso. Él no buscó la situación en la que se encuentra, si no que ésta le vino dada por las circunstancias. Dado su carácter, ligeramente apocado, el pobre Buddy se ve incapaz de librarse del acoso de sus superiores, que pasan más tiempo en su pequeño apartamento con sus amantes que en sus propias casas con sus familias. Puesto que las cosan vinieron así, Baxter decidió sacar tajada del asunto, tratando de ascender en la empresa gracias a las recomendaciones de los cuatro usuarios habituales de su morada.

Buddy, evidentemente, no es feliz. Su vida transcurre monótonamente entre fichas estadísticas y máquinas calculadoras. Se pasa todo el día en la oficina, y cuando termina la jornada, no siempre puede volver a casa y descansar a gusto, pues lo normal es que su vivienda esté ocupada por uno de sus jefes y su amiguita de turno. Sin embargo, nuestro antihéroe tampoco se siente completamente desgraciado, ya que está enamorado como un colegial de Fran Kubelik, la hermosa ascensorista a la que da vida Shirley MacLane, y confía en poder lograr algún día el amor de la muchacha. Como todo enamorado que se precie, Buddy ha idealizado a su amada, colocándola casi en un pedestal. A esto ha contribuido el hecho de que la chica goce de fama de inaccesible, ya que ha rechazado cuantas peticiones para salir le han hecho tanto los compañeros de trabajo como los jefes de sección. Buddy también le pide una cita, invitándola a cenar y al teatro, ya que el señor Seldrake le ha dado unas carísimas entradas a cambio de la llave de su piso para verse con una mujer. Fran ha quedado con un hombre, con el que mantenía una relación que piensa romper, y rechaza la cena pero acepta ir al teatro con Buddy. Quedan a las 8, 30, pero ella le da plantón, porque el hombre con el que ha estado saliendo, que no es otro que J. D. Seldrake, la convence para que reanuden su relación y le acompañe a cierto apartamento. Y mientras la pareja se entrega a sus arrumacos en casa del pobre Baxter, éste, en una de las escenas más conmovedoras del film, pasea nerviosamente frente al teatro esperando en vano a su amada.

Pero Buddy es un buen hombre, no le guarda rencor a la muchacha y así se lo hace saber el día de Nochebuena, durante una fiesta en la oficina. Y aquí tenemos dos de las secuencias más amargas del film. Mientras Buddy va en busca de bebidas, la secretaria de Seldrake, que ha visto a la pareja en un restaurante chino, pone a Fran al tanto de los pasados devaneos del Gran Jefe. La segunda tiene lugar en el flamante despacho de Baxter. Éste le pide a la muchacha su opinión sobre un sombrero que ha comprado, ella le presta su espejito para que vea cómo le queda, y aquí el bueno de Buddy sufre una auténtica conmoción, ya que ese espejo rajado es el mismo que él encontró en su apartamento, el mismo que se dejó olvidado la amante del señor Seldrake, el mismo que él había entregado poco antes al todopoderoso Presidente de la Consolidated. Este descubrimiento entristece profundamente a Buddy, que decide pasar la Nochebuena emborrachándose en un bar, mientras J. D. Seldrake usa de nuevo su apartamento.

Buddy puede parecernos, en principio, un individuo pusilánime, pero a medida que avanza la película, descubrimos que posee una gran dignidad. Su amor por Fran es puro y sincero, y por eso sufre intensamente al descubrir que la joven se entiende con Seldrake. Con todo, sus sentimientos hacia la mujer no varían un ápice, ni siquiera cuando ella trata de quitarse la vida por culpa de Seldrake. Durante los dos días que la chica pasa en su apartamento, los sentimientos de Buddy hacia ella se reafirman. Sabe que para Seldrake, Fran es sólo una más de las muchas mujeres que han calentado su cama, mientras que para él lo es todo, de modo que decide declararse. Pero antes tiene algo que hacer. Pide una entrevista a Seldrake, para hacerle partícipe de sus intenciones respecto a Fran. Con ingenuidad propia de hombre enamorado, nuestro antihéroe piensa que J. D. no pondrá objeción alguna a su propósito. Pero J. D. hace añicos en un instante las esperanzas de Buddy. Su secretaria le ha ido con el cuento a su esposa, y ésta, furiosa por sus aventuras extramatrimoniales, le ha dado puerta. Seldrake, ahora un hombre libre, tiene el camino expedito para pasárselo en grande con Fran, y así se lo hace saber al pobre Baxter, que ni siquiera acierta a replicar. En agradecimiento por haber cuidado de Fran, Seldrake toma a Buddy como su ayudante personal. Parece que el bueno de Buddy ha llegado a lo más alto, con un cargo de responsabilidad, un despacho contiguo al del Gran Jefe y un sueldo de varios ceros. Pero se siente vacío por dentro, ya que cree haber perdido lo que más ama. Poco después, sin embargo, tendrá ocasión de demostrarle a Seldrake, y lo que es más importante, a sí mismo, la clase de hombre que es en realidad. Cuando J. D. le pide la llave del apartamento en Nochevieja, para llevar allí a Fran, Buddy, sin perder la compostura pero con una firmeza admirable, se niega en redondo y abandona la Consolidated para siempre, sin sospechar que con ese arranque de dignidad y hombría está ganándose el amor eterno de la muchacha.

Lemmon y Wilder
Lemmon y Wilder

Si Buddy Baxter es la mejor interpretación de Lemmon, lo mismo puede decirse de Shirley MacLane y su personaje de Fran Kubelik. La bella ascensorista ha caído en las redes de un conquistador profesional, un tipo que se da buena maña para embaucar a muchachas sencillas como ella. Como toda mujer hermosa, Fran tiene muchos admiradores y un enamorado secreto (Buddy) que bebe los vientos por ella. Pero, como suele suceder con demasiada frecuencia, se siente más atraída por el apuesto y rico caballero casado que la corteja que por el hombre normal, honrado y trabajador, que la adora en silencio. Está, o cree estar, terriblemente enamorada de Jeff Seldrake y cree sinceramente que éste está dispuesto a casarse con ella tan pronto como obtenga el divorcio. La ingenuidad de la que hace gala el personaje de Fran durante gran parte del metraje la origina su amor por Seldrake, pero eso no debe hacernos creer que es tonta. En realidad, se da perfecta cuenta de todo lo que está ocurriendo, y en su fuero interno sabe que para J. D. no es más que otra aventurilla de cama. Pero la intensidad de sus sentimientos hacia él nubla su entendimiento, y se traga todos los embustes del hombre no porque se los crea, si no porque quiere creérselos. La crisis sobreviene cuando la señorita Olsen, secretaria de Jeff, le habla de las anteriores favoritas del señor Seldrake, ella misma entre ellas. J. D. empeora las cosas con sus absurdas excusas, lo que lleva a la muchacha a intentar quitarse la vida. Una vez a salvo, gracias a la oportuna intervención de Buddy y del doctor Dreyfuss, Fran se replanteará su relación con Seldrake. Mientras se recupera en el apartamento de Buddy, llegará a conocer a éste y a apreciarlo, y casi sin darse cuenta, se irá enamorando de él. Pero Seldrake ejerce todavía un poderoso influjo sobre ella, y cuando éste rompe con su esposa, Fran, que se debate todavía en una tormenta de sentimientos que no puede controlar ni comprender, vuelve a su lado. A pesar de todo, numerosas dudas la corroen por dentro; dudas que se disipan la noche de Fin de Año, cuando Jeff quiere que vayan a un hotel de Atlantic City, alegando que Baxter se ha negado a dejarle su apartamento, y menos aún para llevarla a ella. Al escuchar esas palabras, el rostro de Fran se ilumina y el espectador comprende que, por fin, se ha hecho la luz en el corazón de la señorita Kubelik, que deja a Seldrake plantado y corre hacia la calle Oeste, en busca del hombre que realmente la ama.

Shirley MacLane, que sentía un gran cariño por Billy Wilder, admitió que trabajar a sus órdenes era muy duro, y que el rodaje de EL APARTAMENTO había sido como una larga lección de interpretación. Para ella, lo mejor de Wilder era que sabía absolutamente todo lo concerniente a la película antes de iniciar el rodaje, una cualidad que muy pocos realizadores han poseído. La actriz, maravillada por la forma de trabajar del vienés, y por el trato exquisito que le dispensó, le pidió que contara con ella para su próxima película. Wilder accedió, reuniendo a Lemmon y Maclane un par de años después en IRMA LA DULCE, una de las mejores comedias de la historia del cine.

El personaje de J. D. Seldrake corre a cargo de Fred MacMurray, un gran actor norteamericano que ya había colaborado con Wilder en PERDICIÓN (DOUBLE INDEMNITY, 1944) uno de los thrillers más geniales rodados en los años cuarenta, basado en un relato de James M. Cain y guionizado por el propio Wilder en colaboración con Raymond Chandler. Alto, fuerte y muy atractivo, MacMurray era el intérprete ideal para dar vida al distinguido señor Seldrake, la personificación de la famosa doble moral americana. Seldrake es, obviamente, el personaje más negativo del relato, un individuo en apariencia simpático, pero que no es más que un sinvergüenza que se aprovecha de su posición para satisfacer sus caprichos más ruines. Felizmente casado, al menos en apariencia, tiene la Santa en casa y la querida (o queridas) fuera, como suele decirse en España. Maestro en el arte de la seducción, casi ha logrado convencer a Fran de que la ama sinceramente. Pero su actitud en determinados momentos demuestra bien a las claras lo que la joven representa realmente para él. En una de las secuencias más sórdidas de la cinta, ella le entrega su regalo de Navidad, un disco, y él, que ni remotamente ha pensado en comprarle un regalo, le ofrece un billete de cien dólares. Ella le mira fijamente, con el dolor reflejado en sus ojos, y a él no se le ocurre otra cosa que meter el billete en su bolso, mientras comenta que en tal tienda ha visto unos preciosos bolsos de cocodrilo. A pesar de sus esfuerzos por disimularlo, por dar la impresión de que ama a Fran, J. D. no puede evitar tratarla en este momento como lo que realmente es para él: poco más que una prostituta. Es este gesto de Seldrake, y sus excusas para no dejar a su mujer, lo que impelen a Fran al suicidio. Más adelante, cuando Buddy le llama por teléfono para comunicarle lo ocurrido, Seldrake fingirá estar preocupado por ella, pero se negará en redondo a ir a verla. No obstante, como sigue encaprichado de los encantos de la muchacha, evitará el romper su relación por el momento, ya que espera poder seguir disfrutando de los favores de ella cuando todo haya pasado. Más tarde, cuando su esposa le da el pasaporte, seguirá envolviendo a Fran en su tela de araña, pero eso sí, sin la menor intención de formalizar sus relaciones con la muchacha. Tiempo atrás Buddy le había proporcionado un duplicado de la llave de su apartamento, pero cuando supo del intento de suicidio de Fran, se deshizo de esa llave que podría comprometerle. Una vez libre de ataduras matrimoniales, le pide a Baxter la llave de su piso, pero éste se la niega y J. D. le amenaza con echarle a la calle, lo que provoca que el personaje de Lemmon abandone su trabajo, reacción que un individuo tan amoral como Seldrake no puede comprender. Fred MacMurray supo dotar a su personaje de gran credibilidad y su actuación está a la altura de las de Lemmon y MacLane.

En cuanto a los personajes secundarios, el más destacado es el doctor Dreyfuss, interpretado por ese gran característico que fue Jack Kruschen. El médico y su esposa, que viven en el piso contiguo al de Buddy, están convencidos de que éste es un Viva la Virgen, ya que tienen que soportar el jaleo que montan casi a diario los usuarios del apartamento de Baxter y sus despendoladas amiguitas. Con todo, Dreyfuss y Buddy son amigos. El galeno no duda en acudir en ayuda de su vecino, y cuando éste, tras despedirse de su trabajo, le dice que abandona el apartamento, expresa su pesar por su marcha, ya que le ha tomado afecto a ese muchacho que aparentemente sólo vive para las mujeres y el Chachachá.

Buddy recupera su dignidad
Buddy recupera su dignidad

En algunas escenas aparece una inmensa sala con miles de escritorios. Preguntado al respecto por la prensa especializada, Wilder contó que, para realizar dichas secuencias, el director artístico, Alexander Trauner, diseñó un centenar de mesas de tamaño normal, doscientas más pequeñas, con extras de estatura algo más baja de lo corriente, otras doscientas mesas aún más pequeñas con figurantes enanos y, por último, unas mesitas de cartón, no más grandes que un cenicero. Gracias a un efecto de perspectiva, Trauner logró crear la ilusión de que aquello era una oficina de un rascacielos, en la que trabajaban miles de personas. En cuanto a la fiesta de Navidad, requirió la contratación de casi trescientos extras y se rodó el 23 de diciembre de 1959.

La anécdota más singular de EL APARTAMENTO ocurrió cuando Wilder, invitado por el gobierno de la RDA, presentó la cinta en el Cine-Club de Berlín-Este Die Mödel (La Gaviota) Tras la proyección, los comunistas encontraron la película muy educativa, pues mostraba la completa degeneración del sistema capitalista, contando la historia de un hombre que, para avanzar en su carrera, recurría a métodos innobles, como dejar su apartamento a sus jefes para sus citas con sus amantes. Llegaron a afirmar que una cosa así era típica de los decadentes EE. UU., pero que nunca podría ocurrir en un país del bloque socialista. Wilder, enemigo declarado de cualquier forma de dictadura, replicó que tenían razón. Algo así podía suceder en Nueva York, Londres o Paris, pero nunca en la URSS o sus países satélites. Sus interlocutores sonrieron, satisfechos. Pero la sonrisa se les congeló en los labios cuando Wilder, sin abandonar en ningún momento su tono irónico, aclaró que eso no podría ocurrir en Moscú, Berlín-Este, Belgrado o Praga, por la sencilla razón de que, cuando entraras en la casa te encontrarías con las otras seis familias que viven en el mismo sitio. Evidentemente, esto no agradó nada a los comunistas.

La música de EL APARTAMENTO fue compuesta por Adolph Deustsch, y complementa a la perfección todas y cada una de las secuencias del film. Para los momentos más tristes de la cinta, como por ejemplo la escena en la que Buddy espera a Fran a la puerta del teatro, mientras ésta se encuentra con Seldrake, Deustsch compuso un melancólico solo de trompeta que consigue hacer vibrar las fibras más sensibles del espectador, transmitiéndole toda la tristeza y amargura que siente el protagonista, al comprobar que su amada le ha dado plantón. Deustsch fue uno de los mejores compositores de música para el cine, y entre sus mejores obras destaca la excelente banda sonora de MUJERCITAS (LITTLE WOMEN, MervYn Leroy, 1949)

La película fue nominada para diez Oscars de la Academia: película, director, guión original, dirección artística/decorados, montaje, actor, actriz, actor secundario (Jack Kruschen) fotografía en blanco y negro y sonido. Ganó los cinco primeros galardones. Lemmon perdió frente a Burt Lancaster, que se hizo con la estatuilla al mejor actor por EL FUEGO Y LA PALABRA, de Richard Brooks; a Shirley MacLane le arrebató el premio Elizabeth Taylor por UNA MUJER MARCADA, de Daniel Mann; y en cuanto a Jack Kruschen, fue desbancado por Peter Ustinov como mejor actor secundario por ESPARTACO, de Stanley Kubrick. La Academia fue especialmente injusta con Joseph LaShelle, que perdió frente a un director de fotografía tan mediocre como Freddie Francis, a quien otorgaron el premio por su trabajo en la insulsa HIJOS Y AMORES, de Jack Cardiff y Gordon E. Swyer.

Wilder, que había confiado en que, al menos, uno de sus actores fuera premiado, envió un telegrama a Shirley MacLane diciéndole: Querida Shirley, lamento que no hayas obtenido el Oscar, pero no puede enfrentarse uno a una traqueotomía. El gran realizador aludía, obviamente, a la reciente operación de garganta a que había sido sometida Elizabeth Taylor. Enterada dicha actriz del comentario de Wilder, protestó por su falta de sensibilidad, calificándole de imbécil y pequeño enano inmundo.

EL APARTAMENTO, a pesar de recaudar seis millones y medio de dólares en el momento de su estreno, fue mucho mejor acogida en Europa que en EE UU, sin duda debido a su realista y ácido planteamiento, que cuestionaba abiertamente la doble moralidad inherente a muchos comportamientos del ciudadano americano. El paso del tiempo no ha hecho más que revalorizar esta extraordinaria película, obra maestra de un realizador que, a pesar de ser capaz de transmitir al espectador los mensajes más comprometidos a través de sus geniales guiones, afirmaba con absoluta seriedad: Hago cine para entretener. Cuando quiero enviar un mensaje, recurro a la Western Union.

© Antonio Quintana Carrandi,
(4.141 palabras) Créditos Créditos