LA CAZA DE HACKERS
LA CAZA DE HACKERS Bruce Sterling
Título original: The hacker crackdown
Año de publicación: 1993
Editorial: Grupo AJEC
Colección: Tycho Ensayo
Traducción: Ramón G. Delagua
Edición: 2008
Páginas: 250
ISBN:
Precio: 16 EUR

Este libro habla de una época en la que todo era más sencillo e inocente. Las grandes redes de datos todavía estaban, pese a todo, saliendo del cascarón (si, a finales de los 80) y lo que llegaba al gran público estaba velado por una iconografía sensacionalista y unas expectativas que o bien no se cumplieron jamas o se vieron desbordadas por la realidad. Aunque todo estaba inventado y funcionando, realmente todo estaba por desarrollar. Nada de lo que cuenta Bruce Sterling tiene que ver con la experiencia del actual usuario de las redes. En aquella época conectarse era casi un esfuerzo de voluntad, hoy día, si no funciona internet es como si no funcionara el ordenador. LA CAZA DEL HACKER es una historia de pioneros, de vacíos legales, de desconcierto ante nuevas formas de interactuar, de la irrupción en sociedad de una nueva forma de comunicarse.

Ante todo, los protagonistas, los hackers que entrevista y describe Sterling, se movían entre la ingenuidad, el desafío ante estimulantes retos intelectuales y el ego desmedido. Pero sobre todo, la vaga sensación de no hacer daño a nadie, si quien era objeto de sus investigaciones era la onmipresente y onmiprotente Ma Bell, la telefónica yanki que a la vez abrazaba amorosamente a sus abonados y los asfixiaba, como una madre posesiva y psicótica. Robar a Ma Bell no era robar, ¿cómo se podía considerar robar el escamotear unos pocos dólares en llamadas nacionales, cuando los ejecutivos alardeaban de miles de millones de dólares de beneficios en los balances anuales? Antes que el fenómeno hacker en Estados Unidos estaba muy extendido el phreaking, que grosso modo consiste en establecer llamadas telefónicas sin pasar por caja. En aquellos tiempos de los modems vía teléfono el phreaking era fundamental para los hackers que empezaban a experimentar con las BBS, de tal modo que una y otra actividad estaban íntimamente ligadas, hasta el punto que la revista Phrack, especializada en estos temas desde 1985, únicamente ha sido editada en formato electrónico.

Los phreakers/hackers no siempre eran unos indocumentados, ingenieros e incluso algunos empleados de las Baby Bell (las compañías surgidas tras el desmembramiento de Ma Bell) estaban también involucrados en un movimiento que, sin estar estructurado, abogaba en términos generales por la libre circulación de la información. No dejaba de ser una extensión de su trabajo diario, pero visto de una forma más lúdica. Reciclaban viejos equipos desechados en beneficio de la comunidad, proporcionaban información (no necesariamente secreta) e incluso software difícil de conseguir en el mercado. Todo era una situación más o menos idílica hasta que el 15 de enero de 1995 la ATT, una de las Baby Bell, sufre una caída generalizada de su principal sistema de telefonía sumiendo en el caos a medio Estados Unidos.

Posteriormente se concluyó que el problema había sido un fallo del software de las centrales de conmutación, pero se hacía necesaria una reacción rápida y contundente. Todos los dedos apuntaron hacia aquella pandilla de pequeños estafadores y apasionados de la tecnología, y se desató una caza de brujas de características bastante particulares. Por lo pronto, no había nada legislado al respecto. Había, y mucho, sobre telefonía, pero nada sobre la intrusión en ordenadores ajenos, y menos aún en centrales de conmutación (un ordenador superespecializado, al fin y al cabo) Policía y FBI dieron muchos palos de ciego y cometieron más de un atropello buscando evidencias de que alguien, algún misterioso y huidizo hacker había entrado en una central de la ATT y había provocado aquel caos.

Todo fue muy confuso y desconcertante, las pruebas recogidas no sirvieron de mucho, durante los juicios las defensas las desmontaron con una facilidad pasmosa y pocos de los acusados acabaron condenados aunque se buscaba una sentencia ejemplar. Lo único positivo de todo aquello fue que todos aprendieron, y mucho: la policía, los hackers, y los juristas vieron como se abría una nueva era de las comunicaciones, en la que la información fluiría desbordando todas las expectativas y los delitos, ahora si equiparables a los del mundo real, se iban a desbordar y a la vez ser perseguidos en unas magnitudes que ni podían imaginar en aquel momento.

Bruce Sterling lo cuenta con todo lujo de detalles en este interesante libro, que solo a veinte años vista resulta casi un relato de la prehistoria. Mención especial para el Grupo AJEC que ha tenido la osadía de editarlo en papel, puesto que se trata de una obra de libre distribución en formato electrónico, (no así en sus ediciones en papel) y este riesgo es un gesto que se agradece. No obstante, el libro adolece de los defectos crónicos de las publicaciones del Grupo AJEC: está mal maquetado (de hecho da la impresión de no estar maquetado en absoluto), la traducción es, por decir algo, descuidada (tanto, que no he querido cotejarla con las traducciones que corren por la red, no vaya a ser que la ganen en calidad), las erratas se extienden hasta el texto de contraportada y siguen los problemas de entendimiento con la imprenta (la portada es un batiburrillo casi irreconocible) Como ya he dicho en alguna ocasión, la buena voluntad, por si misma, no es suficiente.

© Francisco José Súñer Iglesias,
(865 palabras) Créditos Créditos