Apócrifos irreverentes, 40
LA DIETA DE LOS DIOSES
por José Carlos Canalda

Parapetado tras la impoluta mesa de la consulta, el médico miraba a su cohibido paciente con un adusto ademán teñido de reproche, al tiempo que esgrimía con gesto airado el mazo de hojas donde venían reflejados los resultados de los análisis clínicos a los que éste había sido sometido.

—El colesterol, alto. Los triglicéridos, por las nubes. La glucosa, al límite. La tensión, alta y descompensada. El sobrepeso, disparado... desde luego es para felicitarle; hace falta realmente mucho tesón para conseguir empeorar estos resultados de forma tan notable como usted lo ha hecho.

—Yo... —protestó el aludido con timidez, sin atreverse siquiera a levantar la mirada.

—Mire, se lo voy a decir bien claro para que luego no se escude en la excusa de que no me ha entendido bien —era evidente que la diplomacia no figuraba entre las virtudes del galeno—. Si usted quiere suicidarse adelante, está en su perfecto derecho, pero sepa que lo hará bajo responsabilidad suya, no mía. Lo que no podrá hacer, porque yo no lo permitiré, es intentar echarnos la culpa a nosotros; conste que queda advertido. Y desde luego, tampoco estaremos demasiado predispuestos a la hora de intentar librarle de las consecuencias de su propia negligencia.

—¿Y qué quiere que haga? —suspiró humildemente el desdichado.

—Lo sabe de sobra —bufó el implacable censor—. Pero se lo repetiré una vez más; la última —recalcó—.. Tiene que cambiar drásticamente de hábitos alimenticios, es fundamental que se olvide de esa comida basura que tanto parece gustarle y empiece a comer alimentos sanos: fruta, verdura, legumbres, hortalizas, pescado, carnes magras... nada que cualquiera con dos dedos de frente no sepa. Aparte, claro está, de hacer ejercicio; nada violento, porque no es usted ningún muchacho, pero sí suave y continuo como caminar a buen paso al menos una o dos horas al día.

—Pero si eso ya lo vengo haciendo desde hace mucho tiempo... —objetó a modo de débil protesta.

—Pues no se nota —fue la tajante respuesta—. Así pues, ande todavía más, que no le vendrá mal.

—Está bien, lo intentaré... —concedió sin demasiado convencimiento el cada vez más abatido paciente.

—Más le vale —fue la soterrada amenaza—. Le doy un año de plazo; vuelva entonces a repetirse los análisis y, sólo si éstos han mejorado, venga a verme. Si no... ni se moleste en aparecer por aquí, porque me negaré a recibirle. Y ahora, si me lo permite, tengo más pacientes esperando —zanjó la entrevista levantándose con brusquedad de la silla, en una clara invitación para que se fuera.

—De acuerdo, doctor, como usted diga... —musitó el paciente al tiempo que se encaminaba hacia la puerta con mansedumbre.

Mientras abandonaba el consultorio, Moisés no dejaba de darle vueltas a las palabras del médico, tan antipáticas como ciertas. Claro está que era muy sencillo opinar sin ponerse en su pellejo. Le habría gustado ver al estirado médico, con toda su prosopopeya, desayunando maná, comiendo maná, merendando maná y cenando maná de forma exclusiva durante cuarenta años. Como si a él le gustara el maldito alimento, que por si fuera poco resultaba ser insano. Pero a ver quién era el guapo capaz de encontrar otra cosa comestible en el secarral del Sinaí. Verdura, qué ironía... habría sido capaz, casi, de llegar al asesinato con tal de poder disfrutar de un buen plato de espinacas... si hasta las cabras eran a duras penas capaces de sustentarse con los raquíticos hierbajos que crecían entre las piedras, a ver quién era el guapo que encontraba en el desierto algo con lo que poder variar tan monótona dieta; allí no había restaurantes, ni supermercados en los que hacer la compra.

Suspirando, se encaminó hacia la vaguada en la que los suyos estaban acampados aguardando su regreso; todavía les quedaba mucho camino por recorrer y, añadió mentalmente haciendo una mueca de repugnancia, mucho maná que comer.

© José Carlos Canalda, (643 palabras) Créditos