Apócrifos irreverentes, 38
LA FALLA DE TROYA
por José Carlos Canalda

¡Quién les iba a decir a los arrogantes aqueos, agotados tras años de dura lucha, que la genial idea de Odiseo de construir un caballo de madera, en cuyo interior se ocultarían los cuarenta valerosos guerreros encargados de burlar las poderosas murallas troyanas, acabaría desatando una auténtica catástrofe!

Claro está que la culpa no fue de Odiseo. En realidad su plan era perfecto, y en circunstancias normales habría engañado a los confiados troyanos haciéndoles creer que la enorme construcción era el reconocimiento de la derrota por parte de sus encarnizados enemigos, al tiempo que un homenaje a los dioses protectores de la ciudad de Ilión.

Para desgracia suya, entre los capitanes que habían defendido Troya del tenaz cerco se encontraba un guerrero llegado del remoto Occidente, donde el vinoso Ponto lame las costas de la enigmática Iberia. Este caudillo, príncipe poderoso de una ciudad llamada Valentia, mostró su regocijo ante el presente de los aqueos, explicando a sus aliados que en su lejano reino los homenajes a los dioses se realizaban prendiendo fuego a unas grandes construcciones de madera que allí llamaban fallas. Así pues, propuso que el gran caballo fuera incendiado allí mismo, a las puertas de Troya, como parte principal de la magna hecatombe con la que los troyanos celebraron la victoria.

Enardecidos por la celebración y ebrios de vino y gloria, ninguno de los participantes en la ceremonia oyó grito alguno procedente del interior del caballo, aunque algunos de ellos sí creyeron percibir un cierto olor a quemado cuya procedencia atribuyeron a la carne de las reses sacrificadas en honor de los dioses.

© José Carlos Canalda, (266 palabras) Créditos