Apócrifos irreverentes, 37
EL RETRATO DE DAMIÁN GRIS
por José Carlos Canalda

A punto de entrar en la cuarentena, Damián Gris era la viva imagen del triunfador. Empresario de éxito, a su más que desahogada posición económica se sumaban un cuerpo atlético y atractivo y una personalidad que tenía la facultad de encandilar a todo aquel que se le aproximara. Huelga decir que arrasaba con las mujeres.

Rico y bendecido por la fortuna, nuestro personaje llevaba una vida que cualquiera calificaría de feliz, rodeado de todo tipo de comodidades y de ese conjunto de cosas —coches de lujo, vacaciones en lugares paradisíacos por supuesto en buena compañía, una suntuosa mansión en el barrio más exclusivo de la ciudad, diversión a tope... — que nos hacen añadir, a la conocida frase de que El dinero no hace la felicidad, la maliciosa coletilla Pero ayuda mucho a disfrutarla. Por si fuera poco, su salud era de hierro.

Sin embargo, Damián no era feliz. O, mejor dicho, se cernía sobre su espíritu una ominosa sombra que le impedía disfrutar plenamente de todos los dones tan generosamente donados por la diosa Fortuna: la edad.

No su edad actual, por supuesto, ya que Damián se encontraba entonces en la plenitud de su vida, sino su edad futura. Dicho con otras palabras, le aterrorizaba envejecer.

Otro dicho popular, no menos mordaz que el anterior, afirma que, si bien es malo cumplir años, todavía resulta peor no hacerlo. Pero Damián, en lugar de resignarse a lo inevitable, decidió buscar la manera de burlar el destino, no recurriendo a métodos médicos y quirúrgicos de más que dudosos resultados a medio y largo plazo —le aterrorizaba acabar convertido en un monstruo patético tal como había ocurrido con algunos conocidos personajes públicos—, sino siguiendo un camino más original a la par que heterodoxo.

Es preciso advertir que nuestro personaje, pese a disfrutar de una inteligencia más que notable, así como de una cultura exquisita, era pese a todo bastante supersticioso; no a la burda manera habitual, a él esas estupideces de los gatos negros y la sal derramada le traían al fresco, sino de una forma más sofisticada y cercana a esa extraña mezcolanza conocida habitualmente con términos tales como parapsicología, ciencias ocultas, espiritualidad o engañabobos similares. Y, puesto que la ciencia oficial le negaba su auxilio, al menos en los términos que él pretendía, se refugió en el seno de estas acogedoras paraciencias que, pese a su incompatibilidad absoluto con los dictados del sentido común, prometían utopías capaces de satisfacer a la imaginación más desbocada.

Evidentemente, Damián era consciente de que la inmensa mayoría de quienes ofrecían este tipo de milagros eran meros embaucadores, simples vendedores de humo que tan sólo pretendían sacar beneficios fáciles a costa de la buena fe de sus incautas víctimas; pero confiaba en que, seleccionando con suficiente rigor, pudiera ser posible separar el grano de la paja. Porque, eso sí, estaba convencido de que, pese a todas las evidencias, algo de grano debía existir, por más que encontrarlo resultara más difícil que hacerlo con la paradigmática aguja perdida en el pajar.

Por si fuera poco, Damián Gris contaba también con su particular Grial. Desde que alguien le gastara una inocente broma sobre la similitud entre su nombre y el de Dorian Gray, protagonista de la novela homónima de Oscar Wilde, su natural preocupación por el envejecimiento se había convertido en una auténtica obsesión, pese a la irracional premisa que daba pie a la obra del genial escritor irlandés, de obtener la inmortalidad engañando al paso del tiempo con un retrato... irracional incluso para los laxos criterios del acientifismo esotérico en el cual Damián se había zambullido de pleno.

No se planteaba, pues, nada similar a la vieja quimera de retener la juventud a base de pócimas secretas, pactos con el diablo o baños en fuentes de aguas milagrosas; Damián Gris estaba dispuesto a rehuir a la vejez utilizando como cebo un retrato de su persona.

Claro está que una cosa era proponérselo y otra muy distinta conseguirlo; y desde luego, entre la cohorte de astrólogos, magos, curanderos y demás embaucadores de diferente laya que pululaban en torno suyo como moscas alrededor de un pastel, no se podía decir que abundaran precisamente los pintores de cuadros mágicos tal como él buscaba.

Sin embargo, no se arredró; las dificultades nunca le habían detenido en su camino, de no ser así jamás habría llegado tan lejos en el no menos difícil mundo de los negocios. Navegando hábilmente por las procelosas aguas de las presuntuosamente denominadas paraciencias, logró encontrar finalmente un personaje que afirmaba cultivar esta antigua mancia. En realidad, según le explicó éste, la pretensión de eludir la ira de los dioses engañándolos con una réplica que pudiera oficiar a modo de pararrayos atrayendo hacia sí los castigos divinos, era probablemente tan antigua como la humanidad; al fin y al cabo en el siglo XIX, cuando Oscar Wilde había escrito su novela, todavía abundaban los pueblos primitivos, recién descubiertos por los exploradores occidentales, en los que el chamanismo o la brujería campaban por sus respetos constituyendo el eje central de sus culturas, por lo que era probable que el escritor se hubiera limitado a occidentalizar la milenaria tradición dándole un perfil moderno que la convirtió en una de las obras cumbres de la literatura victoriana.

Al menos esto era lo que aseguraba su contacto, presumiendo de haber recuperado esta tradición ancestral. Por supuesto podía tratarse de un vulgar embaucador; de hecho, lo más probable era que lo fuera. Pero Damián Gris podía ser cualquier cosa menos ingenuo; de no ser así, jamás podría haber levantado su emporio empresarial partiendo prácticamente de la nada. Sólo tras recibir garantías de que no tendría que soltar un solo céntimo hasta comprobar la veracidad del mágico retrato -en cualquier caso tampoco lo habría hecho sin constatarlo personalmente-, decidió aceptar la oferta. Así pues, envió por correo una fotografía suya al esotérico artista —pese a que su lugar de residencia no se encontraba demasiado lejos, éste se había negado a reunirse cara a cara con el empresario— y esperó.

La espera no resultó demasiado larga, pues apenas quince días más tarde Damián Gris recibía, también por correo, un voluminoso paquete que sólo podía ser el anhelado cuadro. Adjunta al mismo venía una carta en la que su autor le invitaba a disfrutarlo y a comprobar que satisfacía plenamente sus pretensiones, antes de que tuviera a bien abonarle sus honorarios.

Temblando de emoción Damián canceló todos sus compromisos, encerrándose en su dormitorio donde procedió a desembalarlo sin ningún tipo de testigos, ansioso como estaba de comprobar los resultados de su pacto mágico.

* * *

Tres días más tarde, tras echarle de menos, sus allegados decidieron echar abajo la puerta de la habitación. Allí, yacente sobre la cama, se encontraba algo que se asemejaba a una grotesca caricatura de quien fuera Damián Gris modelada por un artista demente cultivador de la estética cubista.

Aunque en un principio todos creyeron que era tan sólo un burdo monigote, su sorpresa no encontró límites al descubrirse que no se trataba de un muñeco sino de un ser de carne y hueso, una imposible quimera que parecía haber surgido de la peor pesadilla de un pintor loco, pero pese a ello provista de todos sus órganos vitales diseñados hasta el último detalle, por más que éstos, en su estrambótico diseño, jamás hubieran podido ser funcionales.

El forense encargado del caso no podía estar más desconcertado. Aquella aberración no podía ser un ser humano, ni tan siquiera un ser vivo, pero no obstante la minuciosidad de su diseño interno, aun contando con la inviabilidad de su anatomía, iba mucho más allá no ya de la broma macabra, sino también de las posibilidades científicas más avanzadas. Ni comprendía nada, ni jamás en su larga trayectoria profesional se había visto enfrentado a nada igual.

Tras algún tiempo de titubeos, el juez encargado del caso dio por legalmente desaparecido al infortunado empresario, al tiempo que el monstruo deforme descubierto sobre su cama era hecho desaparecer discretamente sin que nadie se molestara en someterlo a un examen profundo. ¿Para qué? Tal engendro no podía ser humano. La fundación encargada de gestionar el patrimonio del desaparecido mantuvo en pie sus empresas, primero en calidad de administradora y posteriormente, cuando éste fue dado por fallecido, como su heredera universal. Y nunca más se supo de Damián Gris, hasta que poco a poco el tiempo se fue encargando de erosionar su memoria.

Pero eso no fue todo. Un hecho que, por no ser considerado relevante, no llegó a quedar registrado ni en el atestado policial ni en el sumario judicial, fue el hallazgo, al pie del lecho mortuorio, de un magnífico retrato del empresario desaparecido, digno de haber salido de los pinceles de un maestro renacentista. Nadie lo conocía ni sabía cómo había podido llegar hasta allí, pero guiados por la carta se dio por supuesto que había sido encargado por el desventurado Damián poco antes de su misteriosa desaparición. Puesto que el cuadro carecía de firma y la carta de remite, no fue posible localizar a su anónimo autor, que tampoco reclamó en ningún momento sus honorarios pese a la relevancia informativa que alcanzó la misteriosa desaparición del conocido industrial.

De entre todos los involucrados en la investigación policial, tan sólo un oscuro inspector se aventuró a plantear una hipótesis, que no por desquiciada, era menos creíble. Era éste un hombre culto, aficionado a la literatura y admirador de la obra de Oscar Wilde, y por ser relativamente novato en su trabajo todavía no se había visto moldeado por los prejuicios característicos de su trabajo, con lo cual su imaginación seguía volando libre para disgusto de sus superiores jerárquicos, que solían reprocharle que tuviera la cabeza a pájaros. Esta afortunada conjunción de circunstancias hizo que fuera el único capaz de establecer ciertas correlaciones, no por desconcertantes menos evidentes. Movido por su celo, intentó convencer a su superior.

—¿Conoce usted El retrato de Dorian Gray? —le había preguntado.

El comisario, cuyas únicas lecturas no iban mucho más allá de la prensa deportiva, respondió con un gruñido:

—No entiendo mucho de pintura. ¿Es un cuadro de Velázquez?

Tras contener un suspiro, procedió a explicarle pacientemente que se trataba de una novela de un escritor inglés —prefirió obviar el detalle de que en realidad era irlandés— de finales del siglo XIX, describiéndole a grandes rasgos el argumento de la misma.

—El protagonista, un hombre adinerado temeroso de envejecer, logra preservar su juventud de forma antinatural gracias a un pacto diabólico con el que consigue que un cuadro mágico envejezca, al tiempo que él se mantiene exactamente igual de lozano que la imagen que el pintor plasmara en el retrato. Por decirlo de una manera sencilla ambos, personaje y retrato, habrían intercambiado sus esencias vitales, de modo que el destinado a preservarse sin verse afectado por el paso de los años no era el retrato, sino el protagonista.

—Eso está muy bien para una novela —le espetó su interlocutor, con el aire de suficiencia típico de quienes intentan camuflar un complejo de inferioridad—. Pero no estará intentando convencerme de que un retrato puede envejecer.

—¿Y por qué no? —se defendió el inspector— Arthur C. Clarke, otro escritor, afirmaba que toda tecnología superior no podría diferenciarse de la magia, del mismo modo que cosas que hoy son para nosotros perfectamente lógicas habrían sido para nuestros antepasados fenómenos tan inexplicables como éste lo es para nosotros. Es posible que la fábula de Oscar Wilde recogiera un fenómeno real por más que nos parezca inverosímil, uno de tantos conocimientos perdidos por la humanidad a lo largo de la historia. Pudiera ser que este saber llegara a conocimiento del desaparecido, el cual se habría limitado a repetir la arriesgada maniobra de su casi homónimo literario, con resultados en este caso fatales.

—De ser así —si el comisario hubiera sido un gato podría decirse que se estaba relamiendo los bigotes—, ¿cómo podría explicarse tanto la desaparición del señor Gris como la aparición de ese extraño engendro?

—Porque ese engendro sería precisamente el cadáver deformado de Damián Gris —y sin darle tiempo a su atónito jefe a responder, continuó—. Para desgracia suya, el pintor elegido para ejecutar el retrato, aunque poseedor de los conocimientos mágicos necesarios, como artista debía de ser una nulidad absoluta; y no sólo eso, sino que para ocultar su torpeza, fingía cultivar la pintura abstracta. Como es fácil suponer, en estas condiciones la catástrofe estaba más que garantizada. Cuando Damián Gris se encontró frente a su retrato y se produjo el intercambio de esencias vitales, el cuadro tomaría la apariencia de Gris mientras éste se convertía en eso que encontramos en su habitación, una delirante caricatura que bien habría podido servir de modelo para un cuadro cubista. Y por supuesto estaría muerto, dado que esa aberración biológica era de todo punto inviable como ser vivo.

—¡Cielo santo! —exclamó a su pesar el veterano policía— Muchacho, veo que imaginación no le falta, pero lamentablemente aquí trabajamos con hechos, no con hipótesis fantásticas. Eso que me acaba usted de contar es una locura.

—Existe una manera sencilla de comprobarlo —se defendió con aplomo el joven agente—, bastaría con destruir el cuadro y desenterrar a ese engendro para constatar si, una vez roto el maleficio, este último se metamorfoseaba en el cadáver del empresario, tal como ocurría en la novela de Oscar Wilde.

—Eso no puede ser —zanjó su superior, satisfecho por haber encontrado una manera de finiquitar el asunto—. En primer lugar, la cosa que encontramos en el dormitorio de Damián Gris fue incinerada. Y en cuanto al cuadro, se trata de una propiedad privada que, como se puede imaginar, no podemos dañar.

—Pero si consiguiéramos una orden judicial.

—¿Ah, sí? ¿Y qué haríamos con las cenizas, suponiendo que pudiéramos encontrarlas? Además ¿usted cree que voy a arriesgarme a molestar al juez por una estupidez de esta categoría? Vuelva a su trabajo, y olvídese de estas tonterías si es que quiere llegar algún día a ser alguien en este oficio.

El tono de voz del comisario no dejaba el menor resquicio a la duda, así que el inspector se apresuró a escabullirse cual alma que llevaba el diablo. El caso de la desaparición de Damián Gris quedaba así definitivamente zanjado.

Mejor suerte correría el misterioso cuadro. Hoy, varios años más tarde, éste preside el despacho del presidente de la Fundación Damián Gris, siendo la admiración de todos los que tienen el raro privilegio de contemplarlo por ser, a decir de los expertos que lo han examinado, uno de los mejores retratos pintados en los últimos tiempos.

Diríase que el pobre Damián está vivo, son los comentarios que corren entre los que lo conocen, tal es la pasmosa realidad con la que está plasmada su figura. De lo que nadie se ha percatado aún, o si lo ha hecho ha callado por temor o por discreción, es de que en el impoluto cabello del retratado parecen querer aflorar algunas tímidas canas.

© José Carlos Canalda, (2.492 palabras) Créditos