Apócrifos irreverentes, 34
EL CUADERNILLO DE LA SELVA
por Ramón San Miguel Coca

La selva hindú. Impenetrable, oscura, salvaje, llena de misteriosos ruidos y de una espesa vegetación que oculta las misteriosas ruinas de antiguas ciudades abandonadas….

El gran felino negro se movía entre las ramas suave y silenciosamente, buscando en las proximidades del río el trago de agua que calmara la sed que siempre seguía a una buena comida. Bagheera, la gran pantera macho, estaba esa tarde ahíto y satisfecho. Pocas veces había comido tan bien, en verdad que la vida en la Selva había mejorado desde que ese enorme tigre Shere Khan se había ido a otros pagos. Volvería, siempre lo hacía, pero de momento la vida era buena en ese rincón salvaje de la India.

Se encontraba muy cerca del remanso donde solía beber, cuando algo sorprendió al felino. Un ruido muy extraño, una especie de maullido largo y continuado que jamás había oído… Por grande que sea, una pantera negra no es más que un gato sobrealimentado, y tiene tanta curiosidad como cualquier cachorrillo de siamés. Sin poder resistirse al desafío de saber que era aquello, pero conservando la necesaria cautela, Bagheera avanzó hacia el lugar que parecía la fuente del misterioso ruido. Era un objeto extraño, al parecer compuesto de restos vegetales misteriosamente unidos para formar un a especie de cuenco flotante, que de alguna forma la pantera sabía que no era de origen natural. Cosa de humanos, sin duda pensó. El efluvio a hombre llegó entonces hasta su fino olfato confirmando su sospecha….

El objeto yacía sobre la orilla y la pantera alcanzó a ver algo moverse en su interior. Precavidamente, caminando sobre su vientre y con sus potentes patas dispuestas a saltar, acortó la distancia hasta que pudo ver bien que era aquello… y durante un momento se quedó paralizado de espanto. ¡Había una de esas criaturas, un hombre, en su interior!

Al mismo tiempo que divisaba al humano, éste vio a su vez a la pantera. El ruido cesó abruptamente, y fue sustituido por otro diferente, unos gorgoteos muy parecidos al ronroneo… aquello animó a Bagheera a vencer su temor a lo humano y acercarse aún más….

Una carita de color aceitunado, casi sin pelo, con grandes ojos oscuros, apareció entre unos trapos y contempló la oscura silueta del felino. Era un cachorro muy joven, no un hombre adulto. La pantera suspiró, con alivio. No existía peligro inmediato. Acercó su gran cabeza a la del bebé humano y olisqueó. Los pelillos de su bigote rozaron el rostro del cachorro de hombre… y la boca de éste se abrió en una encantadora sonrisa.

Bagheera notó entonces como un poderosísimo sentimiento de lástima le invadía. Su primera intención había sido la de alejarse, dejar al humano a su destino, pero… ¡que pena! El cachorro humano moriría pronto… Sentía que debía hacer algo, pero ¿qué?

La inspiración acudió presta a su cerebro gatuno. Shiva, la loba, acababa de tener cachorros… y si, Rama, su pareja, era un problema, pero… ¡Si! Eso era. Tenía claro su curso de acción….

Con cuidado, procurando no lastimar al cachorro de hombre, lo tomó con sus fauces. Quizás el niño humano comprendió algo, quizás no. El caso es que permaneció quieto, inmóvil y en silencio mientras Bagheera lo trasladaba a la mayor velocidad que consideraba segura hasta el territorio de los lobos. Su olfato lo guiaba de forma infalible hasta la apartada cueva donde Shiva cuidaba de los cachorros, evitando al grueso de la manada.

Todos debían estar durmiendo… bien. No quería que le viesen. Dejaría al cachorro humano delante de la cueva, y luego esperaría a que el instinto de Shiva actuara.

Lo hizo todo muy rápido, y segundos más tarde estaba aupado a las altas ramas de un árbol convenientemente situado para permitirle ver lo que pasaba….

Como era de esperar, el cachorro, al verse así abandonado por Bagheera, y probablemente acuciado por el hambre, comenzó a emitir ese sonido hiriente y feroz… Shiva apareció entonces en la entrada de la oquedad seguida por su camada de lobeznos, seis fierecillas retozonas….

—¿Qué significa esto? –se preguntó, mirando a su alrededor. No alcanzó a ver a la oculta Bagheera, aunque sin duda notaba su olor. Los cachorros saltaron, sin miedo, cerca del humano. ¿Veían en el un posible compañero de juegos….?

Shiva contemplo al bebé y éste le devolvió la mirada, risueño. La loba tomó finalmente su decisión. Su instinto se impuso, como Bagheera bien sabía que haría.

—¡Chicos… aquí tenéis vuestra cena de hoy! –aulló, tomando al niño humano. Y seguido de los lobeznos, se internó en la cueva con su presa… Por fin tenía algo que dar a sus hambrientos hijos. ¡Vivirían! Ese vago de Rama, mira que abandonarles a su suerte…Desde luego que no le permitiría probar bocado.

Desde el árbol, Bagheera contempló como los lobos se alimentaban. ¡Que lástima! Suspiró. ¡Que pena que acabara de comer hacía tan poco! El niño hubiera muerto antes de que él volviera a tener hambre, y hubiera sido un desperdicio y una completa lástima que una presa tan apetitosa no la aprovechase nadie… Menos mal que se había acordado de la pobre Shiva, que estaba tan angustiada desde que Rama dejó de cazar para ellos. Desde luego que era una elección obvia para aprovechar tan tierna carne….

Satisfecho consigo mismo, Bagheera, cumplida su buena acción, se internó de nuevo en la selva. Su aún no saciada sed volvía a apretarle….

© Ramón San Miguel Coca,
Guadalajara, (899 palabras) Créditos