Apócrifos irreverentes, 33
GATO POR LIEBRE
por José Carlos Canalda

Fue una larga y dura epopeya, pero finalmente había conseguido alcanzar la tan ansiada meta. Jasón el tesalio, heredero legítimo del trono de Yolco, se había visto embarcado en la más ardua aventura afrontada jamás por ser humano alguno, salvo quizá las descomunales hazañas de su camarada Heracles... pero éste era un semidios hijo del propio Zeus, mientras Jasón, por el contrario, tan sólo era un simple mortal.

Recordaba el esforzado héroe, ahora que acariciaba ya el premio a sus denodados esfuerzos, el largo camino recorrido desde que se embarcara, junto con otros cincuenta campeones griegos, en el veloz navío Argos camino de la remota Cólquide, allá en los confines del orbe, en busca del mítico vellocino de oro que el mítico Frixo colgara de un roble tras sacrificar al carnero Aries en homenaje al dios Ares. Era sin duda el trofeo más codiciado para cualquier héroe, pero sería también el botín más difícil de cobrar, custodiado como estaba por su celoso guardián, un dragón que nunca dormía vigilándolo día y noche.

Ya la larga travesía desde Yolco hasta la Cólquide había resultado tan penosa y plagada de dificultades que tan sólo alguien del temple de los argonautas habría podido ser capaz de vencerlas. Pero Jasón contaba con el auxilio de la flor y nata de los guerreros helenos, algunos de los cuales revestían incluso naturaleza semidivina. Con él viajaban personajes de la talla de Heracles, los gemelos Cástor y Pólux, el divino Orfeo, Peleo, futuro padre del divino Aquiles el de los pies ligeros, el adivino Mopso, el médico Asclepio, el arquero Filoctetes y sus flechas mágicas... así hasta cincuenta esforzados varones, cualquiera de los cuales valía por sí solo tanto como un ejército entero.

No menos fatigosos hubieron de ser los esfuerzos realizados para sortear las artimañas del pérfido rey Aetes, custodio del codiciado vellocino. Jasón tendría que uncir a dos toros mágicos de pezuñas de bronce y aliento de fuego, y con ellos arar un campo sembrando en él unos dientes mágicos de dragón de los cuales brotaría un feroz ejército de hombres armados.

Cualquier otro mortal habría sucumbido ante la magnitud de estas pruebas, pero Jasón era de un temple muy superior al que le atribuyera el taimado Aetes; y aun con ello precisaría del auxilio de Medea, la bella hija del rey versada en artes mágicas y enamorada del héroe tesalio. Gracias a ella, Jasón había podido alcanzar su objetivo domeñando a los dos toros de aliento de fuego, venciendo a los guerreros brotados de la tierra y adormeciendo al monstruoso dragón que custodiaba tan preciado trofeo.

Ahora, frente a su vista y al alcance de sus temblorosas manos, el vellocino de oro refulgía con dorados reflejos bajo la caricia de los rayos del sol, a modo de simbólica rendición de pleitesía a su intrépido conquistador. Ya era suyo, tan sólo tenía que descolgarlo de las ramas que lo sostenían para apoderarse de él; pero cuando lo tuvo en sus manos descubrió, cosida al borde interior del mismo, una pequeña etiqueta que rezaba lo siguiente:

MADE IN CHINA
100% ACRYLIC

— ¿Qué demonios significa esto? —preguntó a Medea, que se mantenía pensativa a su lado.

—¿Eso? —respondió la muchacha con un gesto evasivo— ¡Oh, nada importante! Cariño, no te preocupes por ello. Lo importante es que ya tienes el vellocino, ahora tan sólo te queda llevarlo a Yolco para recuperar tu trono... Seremos felices allí.

Sin embargo, el campeón tesalio no lo tenía tan claro.

—No sé... —gruñó malhumorado— He visto desollar muchos carneros, y ninguno llevaba dentro nada parecido.

—¡Pero cariño, es que éste era mágico!

—Bueno, si tú lo dices... —rezongó Jasón encogiéndose de hombros— Espero que mi tío Pelías no me ponga pegas, no te puedes ni imaginar lo pejiguero que es. Volvamos al Argos; ya nada nos queda por hacer aquí, y sigo sin fiarme de tu padre.

—Por supuesto, cariño —respondió Medea regalándole con la más hechicera de las sonrisas—. Cuanto antes embarquemos mejor, tenemos por delante un largo viaje.

Mientras tanto, ella se decía para sus adentros: Como coja al capullo que se olvidó de cortar la etiqueta, lo capo. ¿Y este ceporro? Hay que ser cortito para pensar que siguiéramos teniendo a estas alturas el vellocino de oro original, con la pasta que nos dieron... A ver si no cómo habríamos podido mantener la corte de mi padre y sufragado mis estudios. ¡Por Zeus, estoy rodeada de imbéciles!

—¿En qué piensas, Medea?

—En lo felices que vamos a ser tú y yo cuando lleguemos a tu reino, cielo.

© José Carlos Canalda,
(755 palabras) Créditos