CONSERVAR O MORIR
por Jacinto Muñoz Vivas

Charlando hace poco sobre la amenaza real de desaparición de algunos idiomas minoritarios me ha dado por reflexionar, sobre la manía esta de conservarlo todo, ya sean idiomas, especies, escritores de ciencia-ficción patria, planetas sobrecalentados, el peso ideal o, en el extremo de profundidad reflexiva, la propia vida. Y es que parece que los tiempos lo imponen, en un lenguaje además asaz, catastrofista: conservación o Apocalipsis y extinción global; olvidando que si estamos donde estamos es gracias al cambio, a la destrucción y reconstrucción, a la muerte y resurrección (dicho sea en modo de metáfora científica) despiadada y dolorosa en la mayoría de los casos, como puede comprobar cualquiera ojeando un libro de historia o echándole un vistazo a un documental del National Geographic.

Veamos algunos ejemplos:

Si el inglés se ha impuesto como lengua franca en el mundo no ha sido sólo porque la pérfida Albión se montara un imperio a lo largo y ancho de la Tierra a base de piratería, sangre, fuego, destrucción, comercio y algo de civilización, ni porque sus herederos en la cosa imperialista, los yanquis, hablen la misma lengua y además de las técnicas de expansión comentadas, exporten masivamente tecnología y cultura; hay otro motivo básico y fundamental: la necesidad del ser humano de comunicarse con sus semejantes y la tendencia a elegir la solución más práctica. Algo similar podría decirse del castellano o de otros idiomas que, como entes vivos y en continua evolución y apareamiento, adoptan sus propias reglas por encima de cualquier intento de dirección y conservación por parte de reales academias, ministerios, consejerías o departamentos de lingüística.

Idéntico afán conservador encontramos en radicalizados movimientos de defensa de la naturaleza, encadenados a provectos troncos, dispuestos a dar hasta la última gota de la sangre en defensa de una indefensa planta o alzándose en armas ante la amenaza de cualquier obra pública que pudiera alterar el ecosistema de alguna rara y escurridiza especie, aunque con ello dé por donde amargan los pepinos a unos cientos o miles de personas humanas. No os extrañe que llegue el día en que se prohiba derribar algún horrible edificio, porque su descarnado esqueleto de hormigón háyase convertido en zona de cría de alguna rara especie de paloma o cualquier otro órnito inverosímil, situación esta, que demostraría una vez más, como ya lo hacen las bacterias de Riotinto, que la vida bien se busca la vida, por encima de sesudos y costosos proyectos de conservación y control de los ecosistemas.

¿Y qué decir del calentamiento global? Hasta el Nobel le han dado a Al Gore a costa de esta calentura, lo que no sé es porque el de la Paz, con la pasta que está sacando bien podían haberle dado el de economía, más el detalle tampoco importa demasiado y el asunto es que tanto nos disparan con los dos grados y medio de subida y desde tantos los frentes, que uno arranca el coche para llevar a los niños al colegio con tanta culpa que no duda en echarse al monte, cargar con las criaturas y los veinte kilos de cada mochila, sacrificar alguna hora de sueño y asaltar el transporte público en hora punta, todo sea por salvar y conservar el mundo y aliviar los tapones que a eso de las nueve obturan las arterias que rondan los colegios; con el regalo añadido para mayor honra y bien, de lograr un peso ideal y una buena forma física a base de este sano ejercicio diario, que es lo que mandan las farmacéuticas fabricantes de cremas milagrosas, los ministerios de sanidad y consumo y los anuncios de la tele-tienda, todos ellos beneméritamente empeñados en que conservemos una larga vida, sin arrugas, sin barriga y con la sonrisa siempre muy blanca.

¿Y lo de las culturas autóctonas? Incluyendo en el término desde la ciencia-ficción hasta el cine pasando por los coros y danzas, ¡Cuánto me recuerda esto al grupo de jotas de mi pueblo en el que hice mis primero pinitos en música y baile! ¡Qué lástima que los desagradecidos compatriotas acudan en masa al consumo de depravados productos invasores en lugar de admirar la belleza de lo propio! Ningún esfuerzo o subvención será suficiente para la sagrada tarea de conservar el legado de nuestros ancestros. ¿O tal vez lo que pasa es que las culturas cambian y se mezclan y donde hoy se impone una mañana lo hará otra heredando de aquella lo mejor? ¿Quizá por eso hoy, en contraste con egipcios y sumerios, tenemos derechos humanos y abogados de oficio? No lo se, pararé de ejemplificar que no pretendo manifestarme como agitador empeñado en el derroche de bosques, combustibles fósiles y genocida de especies y civilizaciones, a fin de cuentas, el instinto de conservación en un mecanismo esencial, grabado a fuego en el genotipo de toda especie y por eso, lucharemos siempre contra el empeño de la naturaleza por cambiar, eliminar y generar formas de vida, así lo hicieron los griegos, los romanos y los dinosaurios y así les fue, claro que en este último caso dicen que la culpa fue de una piedra gorda, pero nosotros somos más listos que los dinosaurios y tenemos telescopios.

© Jacinto Muñoz Vivas, (864 palabras) Créditos