Apócrifos irreverentes, 32
BLANCANIEVES Y LOS SIETE DESEMPLEADOS
por José Carlos Canalda
Gustave Doré. Hagar e Ismael en el yermo
Gustave Doré. Hagar e Ismael en el yermo

Aquella mañana Blancanieves se incorporaba al trabajo después de disfrutar de unas merecidas vacaciones. Fichó a la entrada tal como lo hacía todos los días, se dirigió a la casita donde desarrollaba su cotidiana actividad laboral... y se quedó de piedra al encontrarse con que una cuadrilla de obreros estaba procediendo a desmantelarla.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó la sorprendida muchacha— ¿Dónde están los enanitos? —añadió tras echar en falta a sus siempre puntuales compañeros de trabajo.

Los obreros, como era de esperar, no le prestaron la menor atención, excepción hecha de uno de ellos que, tras mirarla con descaro, le lanzó una soez proposición. Por fortuna para ella el capataz de la cuadrilla descubrió su presencia y se dirigió hacia donde se encontraba, probablemente con la intención de echarla de allí con cajas destempladas. No obstante, una vez que se hubo percatado de su identidad suavizó notoriamente su semblante.

—Tú eres Blancanieves, ¿no? —le preguntó a modo de saludo, en un intento de confirmar sus sospechas.

—Sí —respondió con hosquedad la interpelada, molesta por no verse tratada como estimaba que se merecía—. ¿Qué hacen ustedes aquí? Teníamos que empezar el cuento.

—¿Es que no lo ves? Estamos desmontando el escenario. ¡Tú, gañán, deja de pensar en las musarañas y a trabajar, que para eso te pagan! —gritó a uno de sus subordinados, que había aprovechado su momentáneo despiste para remolonear.

—¿Por qué? —el semblante de Blancanieves era la misma imagen de la perplejidad— Lo necesitamos para trabajar.

—Ya no, chiquilla, ya no... —y apiadándose de ella añadió— ¿Pero es que nadie te ha dicho nada?

—No... ¿acaso tenían algo que decirme? Acabo de volver de las vacaciones, y me he encontrado con todo esto patas arriba.

—Han suspendido el cuento —masculló el capataz, que comenzaba a encontrarse incómodo—. Son órdenes de arriba; ya no habrá más Blancanieves y los siete enanitos.

—Pero, ¿por qué han hecho eso? —sollozó la muchacha.

—Chiquilla, ¿dónde has estado metida? Pero si ha sido la comidilla de todos los medios de comunicación durante varias semanas.

—Yo... la verdad es que he estado bastante desconectada, lo necesitaba para descansar. Le juro que no sabía nada.

—Ya lo veo, ya... verás —el hombre estaba visiblemente embarazado—. Hubo una denuncia de una asociación de esas que tienen unos nombres muy raros y que protestan por cosas que según ellos son discriminatorias o denigrantes para quienes dicen defender. Decían que exhibir a los siete enanitos atentaba según ellos contra los derechos fundamentales de las personas de talla inferior a la media... o qué se yo, usaban unas palabras muy extrañas que nunca había oído hasta entonces. El caso es que organizaron un follón de bastante consideración en los periódicos y la televisión, y finalmente la productora optó por hacerles caso cerrando el cuento; aunque para mí que lo que hicieron fue aprovecharlo como excusa para deshacerse de algo que había bajado mucho en los índices de lectura. ¡Oh, disculpa, no te lo tomes como un desprecio! —concluyó con torpeza, temeroso de haber metido la pata.

Pero Blancanieves no estaba para esas sutilezas. Compungida, alcanzó a preguntar:

—¿Y qué dijeron los siete enanitos?

—¿Los enanos? Pobre gente. ¿Qué querías que dijeran? Intentaron explicar que ellos no se sentían vejados en absoluto, y que ése había sido su único medio de vida desde hacía mucho tiempo, por lo que si se lo quitaban les dejarían sin trabajo. Pero no les sirvió de nada, la decisión estaba ya tomada y ahora están todos ellos en el paro; y me temo que lo tienen bastante crudo para encontrar otro empleo que no haya sido vetado por los capitostes de la asociación esa, que seguro que no tienen que ganarse los garbanzos todos los días.

—¿Y los demás?

—Pues de todo un poco. La bruja se acogió a la jubilación anticipada, el príncipe se ha ido a vivir con su novio a las Bahamas, dicen que es millonario y le mantiene, y el cazador se ha afiliado a la ONG Cazadores sin fronteras, y creo que anda ahora por Australia cazando conejos.

—¿Y yo? ¿Qué va a ser de mí? —sollozó Blancanieves sintiéndose desamparada— ¿Otra vez al paro?

—Lo siento, chica, eso es cosa de los mandamases de arriba —rezongó el hombre rascándose nerviosamente la coronilla—. Tendrás que ir a la oficina y hablar con tu jefe, te tienen que dar un preaviso de despido... y supongo que no te quedará otro remedio que buscarte otro empleo, porque según he oído aquí quieren montar el decorado de Gran Caníbal.

—¡Pero yo no tengo ningún otro oficio, sólo sé hacer esto! —estalló en llanto Blancanieves— ¿De qué voy a vivir cuando se me acabe el subsidio de desempleo?

—Pues... oye, ¿por qué no pruebas a ir a los programas de cotilleo? Eres conocida, guapa y seguro que tendrías cosas que contar. Muchos de los que se ganan la vida así son bastante peores que tú. Ahora que lo pienso —se animó de súbito—, ¡llevas toda la vida viviendo del cuento! ¡No va a haber quien pueda contigo!

© José Carlos Canalda,
(842 palabras) Créditos