Apócrifos irreverentes, 31
CAPERUCITA NARANJA
por José Carlos Canalda

—¡Abuelita, abuelita, ya he llegado! —exclamó alegremente la niña al llegar a la casita del bosque.

Pero en contra de lo que esperaba ésta, la anciana no respondió con el consabido:

¡Adelante, Caperucita, la puerta está franca!

De hecho, no hubo ninguna respuesta.

Alarmada, Caperucita asió el picaporte de la puerta; la llave no estaba echada. Así pues, armándose de valor la abrió franqueando el umbral.

Para sorpresa suya, su abuela no estaba allí. En su lugar, sentado sobre la cama en la posición del loto, se encontraba un extraño individuo de luengo hocico y enhiestas orejas ataviado con una túnica de color azafrán. Su insólita indumentaria, unida a un incongruente cráneo afeitado que contrastaba vivamente con la hirsuta pelambrera del resto de su cuerpo, hizo que la muchacha tardara algún tiempo en identificar al intruso.

Era el Lobo, el Lobo Feroz, de eso no cabía duda... pero, ¿qué extraña transformación había experimentado esta fiera, la cual no se limitaba al parecer a su estrambótica apariencia dado que, lejos de abordar su tradicional papel, se limitó a ignorar a la recién llegada sin interrumpir la extraña y monocorde salmodia que estaba entonando con aire ausente.

Harta de esperar, y frustrada por no poder recitar eso de Abuelita, abuelita, qué orejas tan grandes tienes, que al fin y al cabo era por lo que la pagaban, Caperucita optó por interrumpir el trance del absorto lobo. No le resultó fácil, pero finalmente, y tras reiterados esfuerzos, consiguió devolverle más o menos a la realidad.

—Pero tío, ¿qué demonios te pasa? ¿Estás alelao, o qué?

—¿Por qué me has interrumpido el mantra? —se lamentó el depredador— Estaba a punto de entrar en trance.

—¡Qué trance ni qué niño muerto! —la rapaza empezaba a tener un cabreo monumental— ¡Se supone que tenemos un trabajo que hacer, querido!

—¡Uhhh, sí, el trabajo! —el lobo estaba todavía muy lejos de recobrar la lucidez— Mira, mona, me temo que tendrás que seguir tú sola; yo he visto la luz y he decidido cambiar de vida.

—Tronco, ¿tú de qué vas? —la irritación de Caperucita había cedido paso a la perplejidad— ¿Se te ha ido la olla, o qué? No me fastidies; ¿no te habrán comido el tarro esos tíos raros de los Hare Krishna?

—¿Qué tiene de malo renunciar a la perfidia del mundo, a la violencia, a la crueldad? No podía seguir siendo el Lobo Feroz, me atormenta pensar en todo el tiempo que he estado aterrorizando a la gente o devorando, ¡ag, me da asco recordarlo siquiera! carne de inocentes seres vivos. A partir de ahora todo será diferente, y yo me encontraré en paz con mi espíritu.

—¡Pues sí que estamos apañaos contigo! —Caperucita estaba al borde mismo del síncope— ¡Escucha, gilipollas, tenemos un contrato firmado! ¿Entiendes? Y tenemos que cumplirlo, si no queremos que nos pongan de patas en la calle.

—A mí ya no me importa que me despidan —respondió con flema el converso—. De hecho, me pensaba despedir yo. Así pues, si me haces el favor de decírselo al jefe de personal te lo agradecería infinito, pues no me haría perder tiempo en mis meditaciones. en cuanto a ti, me temo que tendrás que buscarte otro partenaire.

—¡Me cagüen la leche que me han dao! ¿Me puedes decir, pedazo de capullo, dónde demonios voy a encontrar yo a estas alturas a otro lobo? ¿Es que no sabes que están protegidos por los ecologistas, y que está prohibido utilizar animales salvajes para cualquier tipo de espectáculo como el nuestro? Y eso sin contar con las presiones de los sindicatos, o con los mangoneos del productor que, con la excusa de la caída de audiencia, lleva tiempo amenazando con pegar el cerrojazo... ¡y ahora vas tú y se lo pones a huevo! ¿Es que quieres hundirme? —exclamó rabiosa la chica, con lágrimas en los ojos.

—Lo siento, de verdad que lo siento, pero mi decisión es firme y ya no tiene marcha atrás. Y ahora, si me disculpas, quisiera volver a meditar.

Y la dejó con dos palmos de narices, ignorándola como si no existiera. Caperucita, presa de un ataque de histeria, viendo que resultaba inútil intentar descargar su ira contra el insensible lobo acabó por marcharse de la casita dando un fuerte portazo que a punto estuvo de resquebrajar las endebles paredes.

—¿Y ahora qué hago yo? —gemía con desconsuelo al tiempo que se despojaba con rabia de la capa y arrojaba la cestita con la merienda al lindero del camino— ¡Pero a éste lo mato, te juro que lo mato!

© José Carlos Canalda,
(759 palabras) Créditos