Apócrifos irreverentes, 30
RESPUESTA EQUIVOCADA
por José Carlos Canalda

Edipo, el campeón tebano, tragó saliva antes de atreverse a mirar de frente a la sanguinaria Esfinge. Era plenamente consciente de que su vida pendía de un hilo, y de que sólo podría salvarla si lograba adivinar el críptico enigma planteado por ésta... algo que nadie hasta el momento había sido capaz de hacer.

Pero los otrora ubérrimos campos tebanos eran hoy yermos desolados, puesto que sus conciudadanos no se atrevían a aventurarse fuera de las murallas de la ciudad; habían muerto demasiadas personas como para que los aterrorizados supervivientes osaran arriesgar su vida, máxime cuando hasta las mentes más preclaras habían sucumbido ante las artimañas intelectuales del monstruo.

Y ahora era él, Edipo, la última esperanza de su pueblo.

—¿Quién eres tú, mísero mortal, que osas interrumpir mis meditaciones? —rugió el engendro del averno— ¿Eres consciente de cuál será el castigo a tu insolencia?

Edipo, sintiendo que todos los pelos de su cuerpo se erizaban, respondió con voz firme:

—Vengo a retarte, en defensa de Tebas.

Sorprendida, la Esfinge advirtió:

—Muchos otros lo intentaron antes que tú, y hoy sus huesos blanquean en las lindes de los caminos. ¿Acaso pretendes correr su misma suerte?

—No, puesto que yo adivinaré el enigma.

Perpleja ante el inesperado arrojo de su interlocutor, la Esfinge tardó unos segundos en responder.

—Está bien, pero ya sabes lo que te aguarda en caso de fallar.

—Y lo que te aguarda a ti en caso de que yo acierte —contraatacó con audacia el tebano—. Adelante, monstruo, plantéame el enigma.

Irritada por el atrevimiento de su insignificante rival, la Esfinge recitó con su voz cavernosa:

¿Cuál es el ser, entre todos los que alientan sobre la faz de la Tierra, que camina a cuatro patas al alba, con dos al mediodía y con tres al atardecer?

—Espera un momento, bicho —respondió Edipo con arrogancia al tiempo que abría el ordenador portátil que llevaba bajo el brazo—. Ahora vas a ver, listilla —añadió, al tiempo que tecleaba en el buscador de Google: Cuatro patas. Dos patas. Tres patas.

—¡Mierda! —exclamó furioso al ver que éste le daba un total de 392 entradas diferentes.

—Muchacho, lamento mucho tener que decirte que la respuesta Mierda es incorrecta —ronroneó con suavidad la Esfinge antes de abalanzarse sobre su víctima para estrangularla con sus poderosas garras.

© José Carlos Canalda,
(384 palabras) Créditos