Apócrifos irreverentes, 29
LA SIRENA
por José Carlos Canalda

Aquella jornada no se le había dado nada bien a Manuel el pescador. Tras arduas horas de duro trabajo bajo el sol abrasador, cuando ya el sangrante sol acariciaba el terso borde del horizonte, tan sólo media docena de escuálidos peces constituían el magro botín arrancado a las avaras aguas... demasiado poco para alguien que tenía una familia que mantener sin otros recursos que su vieja barca y las remendadas redes de las que parecían disfrutar burlándose las esquivas criaturas marinas. Y lo peor de todo era que no se trataba de un mal día, sino de un eslabón más de una larga racha de mala suerte que amenazaba con llevar el hambre a su modesta casa.

Suspirando profundamente, Manuel recogió los aparejos y, tras echar mano a los remos, se aprestó a doblar el promontorio que separaba el caladero del vecino puerto. En fin, se dijo con resignación, por lo menos habría algo con lo que dar de cenar a los niños; ya se apañarían su mujer y él con cualquier cosa.

Fue entonces, cuando pasaba frente a las rocas que servían de base al promontorio, cuando la vio. Manuel no había ido nunca a la escuela ni tenía el menor conocimiento de la mitología clásica, pero sabía lo que era una sirena... y sabía también que se trataba de seres imaginarios. Pero allí estaba, apenas a cien metros de su barca, bella como una diosa y sonriente como jamás había visto hacerlo a ninguna de las toscas aldeanas. Y le llamaba, le hacía gestos inequívocos de que se acercara a ella.

Manuel obedeció.

* * *

A la mañana siguiente Manuel no salió a pescar, dirigiéndose al mercado de la cercana villa con la cola de un magnífico pescado -él afirmó que se trataba de un atún- cuya venta le proporcionó beneficios suficientes como para subsistir durante varias semanas, causando la admiración de los lugareños ya que, según afirmaron los compradores, jamás en su vida habían tenido ocasión de probar nada tan delicioso.

© José Carlos Canalda,
(332 palabras) Créditos