Apócrifos irreverentes, 28
QUEEN KONG
por José Carlos Canalda

La situación era desesperada, y Carl Denham lo sabía. Aquel gigantesco gorila que los nativos de la isla de la Calavera habían bautizado con el nombre de Kong sería un enemigo difícil de vencer, poco podían hacer él y sus compañeros, pese a ir armados con rifles, frente a aquel leviatán capaz de aniquilar a feroces dinosaurios de su misma talla... ¡Pero no podían dejar a Ann en sus garras!

El gorila, tras atravesar la selva virgen que alfombraba la mayor parte de la isla, había buscado refugio en un espolón rocoso donde probablemente tendría escondido su cubil, y después de partirle el cuello a un monstruoso pterodáctilo con la misma facilidad con la que un humano se lo habría hecho a una gallina, mostraba ahora un morboso interés por el cuerpo de su desmayada presa, al parecer intentando arrancarle torpemente la ropa con sus toscos y enormes dedos.

Eso era mucho más de lo que Denham podía soportar. Haciendo caso omiso a cualquier atisbo de prudencia e ignorando las advertencias de sus alarmados compañeros, abandonó su escondite para enfrentarse a cuerpo descubierto a su descomunal enemigo. Si tenía que morir moriría, pero no estaba dispuesto a asistir impávidamente al descuartizamiento de la mujer que amaba.

Kong reaccionó ante sus gritos de la misma manera que el propio Denham lo habría hecho ante la interrupción inoportuna de un insecto. Gruñendo amenazadoramente fijó su mirada en el minúsculo pigmeo que osaba retarlo, probablemente dudando entre ignorarlo o aplastarlo de un papirotazo. Pero algo apreció, sin duda, que le hizo cambiar de forma repentina de actitud; enarcando las cejas en un tosco remedo del humano gesto de asombro, miró con interés a su oponente, plantado imprudentemente a escasa distancia de su mano libre y, en un rápido zarpazo que pilló a Denham desprevenido, lo apresó poniendo cuidado en no aplastarlo.

Movido por la curiosidad el gigantesco simio acercó su presa a la cara, lo olisqueó con cuidado y, cuando ya Denham estaba convencido de que había llegado el final de sus días, emitió un rugido de satisfacción. Acto seguido abrió bruscamente la otra mano soltando a la desvanecida Ann Darrow y, desentendiéndose de ella, abandonó su apostadero perdiéndose en la fragosidad de la selva.

Cuando el resto de los expedicionarios lograron reaccionar, Kong ya había desaparecido llevándose con él al imprudente Denham. Por fortuna Ann tan sólo presentaba magulladuras provocadas por su caída, y no tardó mucho en recobrar el conocimiento. Al interesarse la muchacha por el ausente Denham y ser informada de lo ocurrido, ésta palideció acertando tan sólo a exclamar:

—¡Acabáramos! ¡Por eso tenía tanto interés el muy puñetero en las puntillas de mi enagua!

© José Carlos Canalda,
(445 palabras) Créditos