UN TRABAJO LIMPIO
por Luis del Barrio

No me gustaba ver al Don molesto, y aquel día lo estaba. Me acerqué al Irlandés e hice un gesto con la cabeza hacia el viejo.

—¿Otra vez la Niña?

El Irlandés era un tío seco y malcarado, no muy simpático, pero amigo de sus amigos. A mi me tenía una cierta estima, y me podía permitir hacerle ese tipo de preguntas.

—Otra vez. El imbécil de Sandro se la debe estar tirando.

—Estaríamos más tranquilos si ese idiota no pusiera sus manazas en el culo de la chica del Jefe.

Pasó el tiempo. El Don terminó de cenar y me mandó a buscar a Battaglia y a Stern. De cuando en cuando el Irlandés miraba disimuladamente por la ventana.

—La Niña y Sandro no aparecen.

—¿Cuándo deberían haber llegado?

—Hace por lo menos un par de horas. Si te tiras a la chavala del Jefe, por lo menos hazlo con inteligencia.

—Sandro sólo piensa con la polla.

El Don estuvo hablando con Battaglia y Stern una media hora, luego hizo un par de llamadas y se puso delante de la televisión, a esperar. No me gustaba ver al Don esperando. Era señal de malas noticias.

Poco después de media noche aparecieron la Niña y Sandro. La Niña fue derecha a engatusar al Don y Sandro se reunió con nosotros, rebosando vanidad. El Irlandés, mirando de medio lado como la Niña besaba y acariciaba al Don, se dirigió secamente a Sandro.

—Te vas a buscar la ruina.

Sandro adoptó un aire de inocencia que no engañaba a nadie.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Lo sabes de sobra. ¿Qué tal el cine?

Sandro rió muy bajo.

—Bien, muy bien; fuimos a ver una de vaqueros, esa en que la chica vuelve a su pueblo para vengar la muerte de su padre.

—¿Cómo se llamaba la película? —pregunté.

—Ni idea —Sandro señaló con la cabeza a la Niña—, la eligió ella.

—¿Y después?

Sandro miró al Irlandés. No se gustaban, y cada vez que se encontraban saltaban chispas.

—Pregúntaselo a ella. Sólo te puedo decir que le encantó.

—Algún día el viejo me dirá; Joe, despide a Sandro y no mandaré a éste —dijo señalándome a mí—, Iré yo mismo a despedirte.

Sandro volvió a reír.

—No seas cretino. Si alguien...

En ese momento el viejo nos llamó. Al Irlandés y a mí nos dijo que ya nos podíamos ir y encargó a Sandro que se ocupara de cerrar todas las puertas de la casa y montara vigilancia con Caracarbón, que ya le esperaba en la cocina.

Debíamos estar descansados; el día siguiente se prometía interminable. El Don daba una fiesta por todo lo alto, había invitado a un montón de gente importante y había que tener cuidado para que ningún listo se colara.

En aquella ocasión no me pusieron en la puerta con la gente de Battaglia, como era habitual. El Irlandés se encargó de eso y yo, junto con Sandro y Caracarbón, nos quedamos dentro de la casa.

La fiesta fue tan aburrida como todas. El Don recibía a unos y a otros, hablaba un momento con ellos y, en apariencia todos quedaban contentos. Un apretón de manos, algunas palmadas en la espalda, y un montón de sonrisas que iban del alivio al más absoluto de los nerviosismos.

Caracarbón y yo nos manteníamos a una distancia prudente, sin escuchar lo que hablaba el Don con el invitado de turno, pero lo bastante cerca como para evitar sorpresas desagradables. Sin embargo Sandro estaba inquieto. Se movía de un lado a otro, acercándose más de la cuenta al Don y su invitado, mientras buscaba a la Niña con la mirada.

La Niña estaba es el otro extremo de la sala, hablando de trapos y nimiedades con las amigas y esposas de los invitados del Don. En un momento determinado sus miradas se encontraron. Lo supe porque Sandro se quedó quieto como un gato que acaba de ver algo muy, muy interesante. Seguí su mirada y me encontré con la de ella, incitadora. Sandro movió la cabeza señalando la planta superior y ella asintió.

—Voy a echar una meadita, cuidad del viejo —nos dijo Sandro antes de salir de la sala.

La Niña no tardó seguirle. Miré al Don, él también había reparado en la maniobra y en ese momento sacudía la cabeza pesaroso, ajeno a las palabras de su interlocutor. Le calló con un gesto y me llamó. Hizo que me agachara hasta que pudo hablarme al oído y escuché exactamente las palabras que esperaba.

—Despide a Sandro. Ahora.

Asentí despacio y ya me incorporaba para cumplir la orden cuando el Don me cogió de la solapa de la chaqueta obligándome a inclinarme de nuevo, tanto que sus labios rozaron mi mejilla.

—A la Niña también.

La sorpresa hizo que me retirara bruscamente para mirarle directamente a los ojos. Él no se inmutó y me devolvió una mirada neutra.

—Sé limpio.

Asentí de nuevo tragando saliva. Bajé al sótano. Allí, en un arcón, guardábamos algunos útiles de trabajo. Cogí un silenciador y subí a la primera planta. Si Sandro era tan arrogante como imaginaba, esperaba encontrarlos en la mismísima alcoba del jefe.

Allí estaban. La Niña a cuatro patas mientras Sandro la embestía por detrás, tan ensimismados en lo suyo que ni siquiera me oyeron entrar. Cerré la puerta y me coloqué a los pies de la cama. Apunté a la nuca de Sandro, que parecía a punto de llegar al orgasmo, y me permití una pequeña licencia poética.

—Luego tendré que disculparme con el Irlandés.

Sandro se quedó rígido como la muerte. Creo que no hizo falta el tiro en la nuca, bastó con el susto.

Lo de la Niña fue más laborioso. Sin poder quitarse de encima el cadáver de Sandro se debatía como una furia intentando escapar. Tuve que agarrarla del pelo para poder pegarle un tiro en la sien, y lo cierto es que no fue nada fácil, me costaba mantener el cañón del silenciador pegado a su cabeza, así que acabé por golpearla con la culata para que dejara de saltar.

Luego cogí un par de sábanas, envolví en ellas los cadáveres junto con sus ropas, limpié la poca sangre que habían derramado entre los dos y saqué los bultos hasta el ascensor de servicio. Llamé a Pizzi para que trajera la furgoneta, le di unas breves instrucciones y veinte minutos después Sandro y la Niña se habían convertido en comida para peces.

Cuando volví al Salón el Don continuaba charlando. Caracarbón me recibió de mal humor.

—¿Dónde has estado? Hace media hora que me estoy jiñando.

—Pues aprovecha ahora.

Caracarbón me dejó solo junto al Don.

Ni me miró. Continuó hablando y hablando y hablando.

Al día siguiente, mientras él, Battaglia, el Irlandés y yo nos tomábamos un Martini en la veranda, nos confesó que en su vida había dormido mejor.

Yo me había pasado toda la noche repartiendo borrachos a domicilio.

© Luis del Barrio, (1.154 palabras) Créditos