Apócrifos irreverentes, 25
LOS ¿CUATRO? JINETES
por José Carlos Canalda

Entonces vi que el Cordero abrió uno de los sellos, y oí a uno de los cuatro seres vivientes decir con una voz como de trueno: ¡Ven! Miré, y vi un caballo blanco. El que lo montaba, que era la Peste, tenía un arco y le fue dada una corona. Cuando abrió el segundo sello, salió otro caballo de color bermejo. Al que lo montaba, que era la Guerra, le fue dado poder para quitar la paz de la tierra y hacer que se mataran unos a otros. Y se le dio una espada muy grande. Cuando abrió el tercer sello, miré y vi un caballo negro. El que lo montaba, que era el Hambre, tenía una balanza en la mano. Cuando abrió el cuarto sello, miré y no vi nada.

Desconcertado, el ser viviente preguntó:

—¿Dónde está el cuarto jinete, la Muerte que cabalga sobre una montura baya y cuyo atributo es la guadaña, a quien le fue dada potestad para matar con espada, con hambre, con mortandad y con las fieras de la Tierra? ¿Por qué no ha acudido a la llamada que se le ha hecho?

—Disculpa, Ancian. —respondió con embarazo el primer jinete—. Nuestro compañero nos dijo que, tras consultar el convenio colectivo, descubrió que se le debían varios años de vacaciones de las que no había disfrutado... y se las tomó, alegando que estaba en su derecho. Nosotros intentamos convencerle de que lo aplazara, pero nos respondió que, mientras nosotros tres disfrutábamos de períodos de descanso de vez en cuando, él jamás podía interrumpir su trabajo, y que después de tanto tiempo necesitaba un descanso.

—¡Pero no puede hacerme esto! ¡Ya ha sido convocado el Apocalipsis! ¡No me puede fallar en este momento! ¿Qué hago yo ahora?

Y volviéndose a los jinetes, preguntó:

—¿No podríais haceros cargo vosotros de su trabajo en calidad de, digamos, horas extraordinarias? Por supuesto se os remuneraría convenientemente una vez terminado el dichoso Apocalipsis.

—Disculpe, señor, por nosotros que no quede, pero me temo que no va a ser posible —intervino el jinete del caballo bermejo—. Amén de que ya estamos sobrecargados de trabajo, no creo que el sindicato nos permitiera suplantarlo. Además, tenga en cuenta que siempre es él quien remata la faena, nosotros nos limitamos a realizar las tareas previas, siempre dentro de nuestros respectivos negociados, tras lo cual le traspasamos los expedientes.

—¡Esa es otra! —gimió el responsable con desconsuelo— Si no muere nadie, vaya una chapuza que nos va a salir.

—¿Y no se puede aplazar la convocatoria? —preguntó con timidez el tercer jinete— Al fin y al cabo, no creo que tarde mucho en volver a su trabajo.

—¡No, no, mil veces no! ¿Sabéis lo complicado que ha resultado organizar todo esto? ¿Sabéis cuánta gente es responsable de que salga bien? ¡Oh, Dios, se me va a caer el pelo por culpa de ese imbécil!

—Nosotros sí hemos respondido a la convocatoria... —alegó la Peste en un claro intento de eludir responsabilidades.

—Ya lo sé, ya lo sé —gruñó el ser viviente al borde de la desesperación—. Pero esto, pero esto... Los de Publicidad me van a matar.

© José Carlos Canalda,
(523 palabras) Créditos