Apócrifos irreverentes, 24
EN EL LABERINTO
por José Carlos Canalda

¡Teseo, Teseo, olvidabas esto!

Reprimiendo un gesto de desagrado, el campeón de Atenas se detuvo a la entrada del laberinto para atender a la llamada de Ariadna, la fea y desgarbada hija del rey de Creta.

—Otra vez esa pelmaza... —masculló para sí— ¡Maldita sea la hora en que se enamoró de mí! ¿Es que no puede dejarme en paz de una vez ese cardo borriquero?

Forzando una sonrisa, ya que no era cuestión de incomodar al poderoso Minos antes de tiempo, preguntó a la muchacha:

—¿Qué quieres, Ariadna? Te ruego que no me entretengas demasiado, mis compañeros ya han penetrado en el laberinto, y no quisiera que el minotauro los encontrara antes de tiempo; son tan sólo unos muchachos indefensos, y yo soy el responsable de sus vidas.

—¡Pero cariño —al oír el epíteto al ateniense se le revolvieron las tripas—, olvidabas esto! Y te va a ser imprescindible para salir del laberinto una vez que hayas acabado con esa bestia —exclamó Ariadna al tiempo que le extendía, con el rostro radiante de felicidad, una gruesa madeja de hilo—. Ata el extremo al quicio de la puerta y vete desenrollándola poco a poco; así podrás volver sin temor a perderte en su interior.

—No me hará falta —zanjó Teseo con brutalidad—. Tengo esto, que es todavía mejor —añadió, al tiempo que le mostraba el objeto que sacó de la bolsa que colgaba de su cinturón.

—¿Qué es eso? —preguntó sorprendida la princesa cretense.

—¡Qué va a ser, idiota, un GPS! Puedes quedarte con tu estúpido hilo, quizá lo necesites para tejer una red con la que cazar a un incauto pretendiente.

Y volviendo la espalda a la atribulada muchacha, se internó con resolución en la guarida del monstruo.

Ella, estupefacta y entre lágrimas, le vio desaparecer para siempre al tiempo que recogía del suelo dos pequeños objetos cilíndricos, ambos marcados en cada extremo con una cruz y una raya, que se habían caído inadvertidamente del adminículo que Teseo le mostrara. Ariadna no tenía ni la más remota idea de lo que pudieran ser, pero decidió conservarlos para siempre como recuerdo de su amargo y frustrado amor.

© José Carlos Canalda,
(357 palabras) Créditos