Apócrifos irreverentes
CERDITOS, BUITRES Y LA JUBILACIÓN DEL LOBO
por Raúl Alejandro López Nevado

Soplaré y soplaré hasta derribar esta casa, y entonces os devoraré.

El cánido comenzó a hacer restallar su tremebundo soplido, cual si hubiera desencadenado un huracán contra la casa en la que se habían refugiado los cerditos. Sin embargo, todo esfuerzo era en vano, aquella casa, fruto del esfuerzo y del ingenio de los cerditos, era totalmente indestructible.

—¿Me disculpa?

El lobo miró estupefacto al recién llegado. Vestía un traje a rayas y una impoluta corbata verde chillón. Pasó ante él, y llamó suavemente a la puerta de los cerditos.

—¿Quién llama? —contestaron desde adentro.

—¿El Sr. Cerdito número tres?

—El mismo. ¿Qué se le ofrece?

—Verá, aunque no me crea —y en verdad que resultaba poco creíble—, se me hace difícil tener que decírselo... vengo de Inmovultur. Tras su fallo en el pago de la última letra de la hipoteca, el banco nos acaba de hacer entrega de las llaves de esta casa. Simplemente quería comunicárselo a fin de que puedan desalojarla inmediatamente.

—No... —la voz del cerdito se quebraba ante la impresión—. No puede ser, debe de haber un error, la hipoteca cumplió el mes pasado. Compruébelo, hemos pagado religiosamente las 2.400 mensualidades anteriores.

—Sí, pero —revolvió algunos papeles en su maletín—, ajá, aquí está: olvidaron revisar el incremento del TAE del año 1878. El banco les concedió un margen de confianza para que efectuaran los pagos de los atrasos pertinentes; pero, ante su negativa, no ha tenido más remedio que proceder al embargo.

—Pero, pero... —el cerdito no pudo proseguir y prorrumpió en un desconsolado llanto.

* * *

Le había costado explicárselo a su mujer, los guionistas lo habían echado del trabajo, sabía que, tarde o temprano, los del sindicato vendrían a denunciarlo por juego sucio; pero Lobo Feroz no se había podido resistir. Había pasado tantos y tantos años soplando aquella casa de los cerditos, que finalmente les había tomado cariño y no había podido resistir que los desahuciaran.

—El comedor no es gran cosa —iba diciéndoles a los cerditos— pero es muy tranquilo y recogido. Allí os he preparado unas camas plegables... No, no os preocupéis, hasta que encontréis una nueva casa podéis quedaros en nuestra gruta.

Al separarse de ellos, su esposa lo interpeló.

—Eh, tú, Lobo Feroz, ¿se puede saber cómo piensas mantener ahora a toda la familia? Te has quedado sin trabajo, y no contento con eso, traes a casa tres bocas más para alimentar.

—Pero, lobita mía, cariño, sabes que soy un sentimental. No podía dejarlos en la calle.

—Pues vete pensando en cómo les explicas a tus hijos que no se coman a tus nuevos amigos, y más aún cuando el estómago les empiece a sonar de hambre. ¡Ay! la loba comenzó a aullar de tristeza— ¿De dónde sacaremos ahora el sustento? ¿Cómo sobreviviremos en este mundo lleno de buitres especuladores?

En ese instante sonó el timbre. Lobo Feroz se aprestó a dirigirse hacia la puerta, en parte para abrir, en parte para alejarse de las quejas de su loba. En verdad tenía que reconocer que ella tenía razón. Las cosas en el mundo de los cuentos se estaban poniendo cada día peor, hoy uno y mañana otro, los viejos cuentos iban cerrando y su lugar venía a ser ocupado por esos modernos monigotes del cómic japonés y de las videoconsolas. Quizá fuera el momento de echar el cierre. Con sólo que pudiera encontrar un suministro constante de alimento, pensó, lo mejor sería abandonar el trabajo, y dedicarse a un buen merecido retiro, lástima que la jubilación.

—Riiinggg.

El timbre lo sacó de sus ensoñaciones.

—¿Quién va?

—Buenas, ¿El Sr. Feroz?

—Habla usted con el mismo.

—Bien, verá, venía de Inmovultur. El banco nos acaba de hacer entrega de las llaves de esta madriguera, por lo visto han olvidado ustedes pagar la última letra de la hipoteca —el lobo no contestó, en su mente había comenzado a formarse una idea—... ¿Oiga? ¿Sigue estando ahí? Mire —su tono era ahora amenazador— no será usted el primero ni el último en negarse a abrirnos; pero quiero que sepa y que se lo piense bien antes de proseguir con su actitud, que Inmovultur cuenta con infinitos agentes, y que una vez me vaya yo, vendrá otro, y otro, y otro más, y que nunca se podrá liberar de nuestra diaria visita hasta que decida abrirnos.

Uno y otro, y otro más, pensó el lobo con una sonrisa, un suministro constante, ni más ni menos.

—Oh, perdone, perdone —comenzó a hablar con voz afectada— disculpe mi silencio, es que soy un poco duro de oído y no lo había entendido bien. ¿De Inmovultur, dice? No se hable más, pase usted para arriba, antes de dejar esta casa, nos gustaría invitarlo a comer. Será un placer para nosotros tenerlo a nuestra mesa.

© Raúl Alejandro López Nevado,
(803 palabras) Créditos