Apócrifos irreverentes, 21
DEMANDA DE EMPLEO
por José Carlos Canalda

La funcionaria de la oficina de empleo estaba literalmente hasta el moño. Tras ocho monótonas horas diarias atendiendo a los demandantes de empleo, día tras día y mes tras mes, su rutinario trabajo era capaz de acabar con la paciencia del más templado. ¡Y todo por un miserable sueldo de auxiliar administrativo!

—¡El siguiente! —gruñó al constatar que la silla situada frente a su mesa había quedado vacía, sin molestarse siquiera en levantar la vista de los documentos que estaba sellando.

Cuando alzó la cabeza con desgana para atender al nuevo solicitante, no pudo evitar que su cuerpo diera un fuerte respingo. La cosa no era para menos, ya que éste presentaba un extraño aspecto con el rostro completamente cubierto de pelo, las orejas enhiestas y terminadas en punta y la boca sobresaliente en forma de hocico perruno. Aunque no los podía ver por estar ésta cerrada, no tuvo que hacer demasiados esfuerzos para imaginarse unos colmillos afilados y terminados en punta.

—¿Qué... qué desea usted? —logró balbucear al fin venciendo a duras penas su pasmo.

—Encontrar trabajo, claro está —fue la cansina respuesta del interpelado; su voz era profunda, de barítono o quizá de bajo, pero el tono de la misma era educado. Y sí, efectivamente tenía colmillos puntiagudos.

—Ya, pero... ¿de qué? —rezongó la funcionaria intentando recobrar su habitual pose de esfinge— Estudios, experiencia laboral... ¿cuál es su currículum?

—Me temo que no dispongo de él... al menos, de nada que me sirva para conseguir empleo —respondió el visitante con resignación.

—Entonces, le registraré a usted como peón sin cualificar —pese a la inquietud que le causaba la proximidad del extraño, la funcionaria iba recuperando por momentos su hierático autocontrol—. ¿Tiene usted alguna preferencia? —la pregunta, obviamente, era un mero formulismo.

—Bueno, yo... sí, me gustaría trabajar como actor de carácter — toma, y a mí casarme con un millonario podrido de dinero, no te joroba, pensó ella—. Creo que tengo ciertas dotes para ello —concluyó con timidez.

—¿Ha interpretado alguna vez papeles en teatro, cine o televisión? ¿En publicidad? Aunque haya sido tan sólo a nivel aficionado... —pasado el susto inicial, el tipo estaba empezando a resultarle cargante. Con esa facha, ¿a dónde pretendía ir?

—La verdad es que sí —fue la sorprendente respuesta—, y bastantes veces además, pero por desgracia no me es posible justificarlo documentalmente.

Pues sí que estamos apañados, hermano.

—Si usted quiere, le puedo registrar como actor o figurante, pero he de serle sincera, las posibilidades de que le llamen para algún trabajo me temo que van a ser escasas; es un campo en el que ahora hay mucha competencia. ¿No le interesaría probar suerte en la construcción o en la hostelería, que tienen bastantes más salidas?

—No, prefiero dejarlo así. Soy consciente de las dificultades, pero pienso que con mi aspecto físico —aquí la auxiliar administrativa tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para contener una carcajada—, a lo mejor podría encajar en algunos papeles.

Sí, haciendo de lobo en Caperucita o Los tres Cerditos, mira éste....

—Está bien, yo le pongo como prefiera, aunque no le puedo garantizar que le sirva de mucho... ¿me dice su nombre?

—Paul Naschy.

La empleada, asidua en su juventud a las sesiones continuas del cine de su barrio, lanzó una agria mira al extraño, que tragó saliva ensayando una tímida sonrisa de disculpa.

—No cuela, ¿verdad? —tras una vacilación que no hizo sino incrementar la impaciencia de la empleada, el extraño explicó— En realidad tengo varios... aunque ninguno oficial. Se me conoce como Hombre Lobo, Lobizón, Lobisome, Licántropo.

Y viendo el gesto de fastidio de su interlocutora, concluyó:

—Podemos dejarlo en Lobizón, parece que suena mejor.

—¿Apellidos? —insistió la funcionaria, que a esas alturas estaba más que curada de espanto en lo que a nombres exóticos se refería, sobre todo a partir de que ciertos colectivos de inmigrantes hubieran comenzado a ser habituales en su trabajo.

—¿Apellidos? —dudó de nuevo el demandante— Pues... dejémoslo en Pérez. ¿Por qué no? —su voz se hizo suplicante— ¿Pérez Naschy podría servir?

—Está bien, señor... Pérez Naschy, creo que con esto ya está listo todo —faltaban, claro está, documentos tales como el DNI o equivalente, pero la funcionaria ya no sabía qué hacer para quitárselo de encima—. ¡Ah, se me olvidaba, necesito también su dirección!

—Yo... —explicó con vergüenza el licántropo— Lo siento, en estos momentos carezco de domicilio fijo, pero si quiere puedo darle la dirección de un bar por el que voy de vez en cuando.

—Como prefiera, si se le puede localizar allí es más que suficiente.

—Sí, supongo que sí. ¿Eso es todo?

—En efecto. Tan sólo queda esperar a que haya suerte.

—Muchas gracias, señorita, ha sido usted muy amable. Yo... yo sólo quiero trabajar y ganarme la vida honradamente. Pero no me resulta fácil, porque.

—¡El siguiente!

Vaya tío raro. Y si le llego a dejar, me había dado la brasa —pensó la funcionaria mientras le veía marcharse—. No, si aquí cada vez se ven tipos más raros, no me extrañaría que cualquier día me tropezara con un marciano. Con esto de la globalización, no sé a donde vamos a llegar.

Mirando su reloj, comprobó con desconsuelo que todavía le quedaban varias horas para terminar su jornada laboral. Para mas inri sus temores se vieron confirmados: un tipo alto y calvo, de piel grisácea, ojos saltones, labios recortados y nariz pulposa en forma de trompetilla, ocupaba ahora la silla aguardando pacientemente a su turno al tiempo que se frotaba con nerviosismo las manos. A saber cuando podría escaparse a tomar ese café que le estaba pidiendo a gritos el cuerpo.

© José Carlos Canalda,
(934 palabras) Créditos