Apócrifos irreverentes, 22
ARDOR MONSTRUOSO
por José Carlos Canalda

Resulta irónico —comentaba el profesor Nakamuno a su colega Dos Santos, desplazado hasta esa lejana isla del Pacífico en funciones de inspector de la Unión Europea—. Tantos años creyendo que era un engendro del Averno y padeciendo sus terribles destrozos, y ahí le tiene ahora, tranquilo como un gatito.

—Sí que parece una paradoja —asintió su interlocutor, fijando la mirada en el inmenso corpachón de casi cincuenta metros de largo que dormía plácidamente apenas a unos centenares de metros de distancia—. Estábamos tan convencidos de que era un enemigo irreconciliable de la humanidad, que nos costó trabajo comprender que lo único que le pasaba al pobre animal era que padecía unos terribles ardores de estómago. Por fortuna, acabamos descubriendo que sus terroríficas bocanadas de fuego radiactivo no eran sino tan sólo sus monumentales eructos.

—Y mira que fue fácil resolver el problema una vez descubierta su naturaleza —remachó el científico japonés—. ¡Quién iba a pensar que en el fondo Godzilla era tan pacífico como un perrito faldero siempre que no le torturara el estómago! ¡Y que era vegetariano!

—Pues sí, ciertamente fue una gran sorpresa, y además la solución resultó sencilla... Godzilla estará tranquilo mientras no le falte bicarbonato —concluyó Dos Santos mirando con desconfianza el enorme montículo blanco que se alzaba al lado del gigantesco saurio, socavado por una profunda cavidad producida por las mandíbulas del monstruo.

—Por eso no tiene que preocuparse —le tranquilizó Nakamuno—. Mi gobierno se ha comprometido a proveerle de todo el bicarbonato sódico que necesite, en estos momentos se está construyendo en el otro extremo de la isla un silo con una capacidad de mil toneladas. No, no le faltará suministro.

© José Carlos Canalda,
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