Apócrifos irreverentes, 20
CAPERUCITO/A ROJO/A
por José Carlos Canalda

—¡Abuelita, abuelita, qué dientes más grandes tienes!

—¡Son para comerte mejor! —rugió la fiera abalanzándose sobre la indefensa niña.

—¡Socorro, es el lobo! —gritó ésta con desesperación.

Sin embargo, y para sorpresa suya, su atacante se detuvo en seco con una expresión de ira reflejada en su semblante.

—¡Oye, niña, no te confundas! —la reprendió con acritud— Que yo de lobo no tengo nada; soy una loba, y a mucha honra.

—¿Acaso esta circunstancia cambia en algo la situación? —repuso la presunta víctima, recobrando siquiera en parte la calma— ¿O es que usted no es también un carnívoro, perdón, carnívora, salvaje?

—¡Un respeto, guapa, un respeto! Que ya está bien de tanta leyenda negra. ¿O es que no ves los documentales de la tele? Claro, te tragarás tan sólo los programas de telebasura... De fiera salvaje nada, servidora es una honrada depredadora que cumple con una tarea clave en la pirámide ecológica.

—Poco me importan esos matices, si de cualquier manera me va a devorar.

—¡Pero bueno! ¿Por quién me has tomado? Yo soy una loba comprometida con la lucha contra la discriminación sexual, y si estoy aquí en lugar de alguno de mis congéneres machos, es para denunciar el machismo de los cuentos, y no para colaborar con él.

—Entonces... ¿no me va a devorar?

—¡Que no, leches, que no! Devoraría gustosa a un macho de tu especie, pero no a una compañera.

—¡Ah, ya! —Caperucita seguía sin tenerlas todas consigo— Entonces, ¿qué hago yo ahora?

—¡Pero mira que eres pelma! —gruñó la loba, agitando el peludo rabo con impaciencia— ¡Y yo qué sé! Haz lo que te dé la gana, no es mi problema. Yo lo único que pretendía era reventar el cuento, y ya lo he conseguido.

—¿Y qué pasa con el cazador?

—¿Qué cazador?

—El que se supone que está ahí afuera y que tendría que entrar en el momento en el que usted intentara devorarme, disparándole a usted... —respondió la niña con un hilo de voz— ¿Es que no se sabe el cuento?

—¡Pues claro que sí, listilla! ¡No me lo voy a saber! Pero resulta que no es cazador, sino cazadora, y compañera además de mi comando feminista. ¿O es que no te extraña que no haya entrado todavía pese al escándalo que has montado con tus gritos? Está apostada ahí afuera, por si algún retrógrado machista intentara oponerse a nuestro acto de denuncia.

—¿Y mi abuelita?

—Anda que no eres coñazo, maja. La vieja está encerrada en el armario, y la liberaremos una vez que hayamos concluido nuestra misión. Sentimos tener que hacerlo, ella es también una hembra, pero por desgracia no se avino a nuestras razones.

—Sí —reconoció la muchacha—. La abuelita siempre ha sido un tanto chapada a la antigua, así que no me extraña que vuestras reivindicaciones le sonaran a chino. Pero no le hagan daño, pese a todo es una buena persona. Y ahora, señora loba, si usted no desea nada más de mí, le rogaría que me permitiera marcharme, ya que aquí no puedo hacer nada, el camino hasta casa es largo y no es conveniente que una niña pequeña ande sola de noche.

—Ya te he dicho que no tenemos nada contra ti, pero si quisieras unirte a nuestro movimiento serías bienvenida.

—Le aseguro que me gustaría, señora, pero tenga en cuenta que soy menor de edad, y si mi padre se entera.

—¡Machos! —escupió la loba con desprecio— Todos son iguales. Está bien, márchate, al fin y al cabo nosotras también estamos deseando largarnos.

Instantes después, Caperucita trotaba por el caminito que atravesaba por el bosque. Una vez que hubo perdido de vista la casita, escondida tras la densa masa de los árboles, apretó el paso a la par que exhalaba un profundo suspiro.

—¡Uf! ¡De buena de la que me he librado! Si esa zumbada llega a enterarse de que no soy una chica, a estas alturas no quedan de mí ni los huesos. En cuanto me eche a la cara a la lista de Caperucita me va a oír, ya estoy hasta las narices de tener que sustituirla cada vez que se le antoja irse a morrear con su novio. Bastante ridículo es ya tenerme que disfrazar como si fuera un travesti, para que encima me toque jugarme el pellejo... y por las cuatro miserables perras que me paga.

Cuando su figura se perdió en lontananza, todavía seguía maldiciendo.

© José Carlos Canalda,
(735 palabras) Créditos