Apócrifos irreverentes, 18
CAPERUCITA INCOLORA
por José Carlos Canalda

Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes! —exclamó Caperucita.

—¡Son para comerte mejor! —aulló el Lobo Feroz abalanzándose sobre ella con sus poderosas fauces abiertas.

Pero Caperucita, lejos de amilanarse ante el ataque de la fiera, esquivó ágilmente su acometida al tiempo que su frágil cuerpo infantil experimentaba una repentina metamorfosis, hinchándose hasta aumentar varias veces de volumen al tiempo que se transformaba en una esfera traslúcida incongruentemente rematada por la cabeza de la niña, única parte de su cuerpo que resultó inmune a la drástica transformación.

El lobo, perplejo, detuvo su ataque al tiempo que preguntaba:

—¿Quién coño eres tú?

—Un Omniphagus vorax, para servirte —respondió el engendro con voz infantil.

El lobo sintió que su sangre se helaba. Los Omniphagus, también conocidos por el significativo nombre vulgar de Trágalotodos, eran los seres más temidos de la galaxia. Oriundos de las profundas regiones estelares vecinas a la Nebulosa de Orión, poseían la capacidad de imitar a cualquier ser vivo, de la cual hacían uso para capturar a sus presas... porque, tal como se deducía de sus apelativos, eran unos depredadores terriblemente voraces.

—¿Qué... qué haces aquí? —balbuceó el frustrado cazador, sabiéndose perdido.

—¡Oh, tan sólo estoy de paso! Se me averió la astronave y no tuve más remedio que realizar un aterrizaje de emergencia en estos andurriales. Llamé inmediatamente al servicio de Asistencia en Ruta, por supuesto, pero me dijeron que tardarían algún tiempo en llegar; entremedias me entró hambre, salí a dar una vuelta a ver qué encontraba por aquí y...

—Y te encontraste con Caperucita —completó la frase el lobo con un hilo de voz.

—¿Te refieres a esa impertinente larva de humano? ¡Oh, sí! Me preguntó por el camino a seguir para llegar a casa de su abuelita. Me sirvió de aperitivo, pero como me supo a poco decidí convertir a su abuelita en el plato fuerte de la pitanza. Pero no me suena que tú seas ella... —al parecer, según decían, los Omniphagus eran capaces de asimilar parcialmente los recuerdos de las presas que devoraban— Da igual —concluyó—. No tienes mala pinta, y desde luego me saciarás más que ese saco de huesos.

Y uniendo la acción a la palabra, con una velocidad vertiginosa el cuerpo traslúcido del visitante se hinchó todavía más plegándose hacia delante hasta fagocitar completamente al infeliz lobo. Apenas unos minutos después de éste quedaba tan sólo un puñado de huesos descarnados desparramado sobre el desierto lecho, mientras el alienígena, saciado ya su apetito, se retiraba satisfecho a su vehículo a la espera de que llegara la ayuda que le permitiera salir de allí.

Lo único que le fastidiaba era esa irritante compulsión por aullar al satélite del planeta que le había entrado de repente, aunque confiaba en que con el tiempo se le acabaría pasando.

© José Carlos Canalda,
(465 palabras) Créditos