Apócrifos irreverentes, 16
LA VERDADERA HISTORIA DEL ARCA DE NOÉ
por José Carlos Canalda

¡Padre, padre! —el joven llegó jadeante hasta el venerable anciano que, con brazo firme, sostenía la caña del timón de la poco marinera embarcación.

—¡Sem, te he dicho mil veces que no des esos gritos! Los animales se asustan, y si se alborotan mucho pueden zarandear el Arca más de lo conveniente. ¿Quieres que zozobremos? Bastante trabajo me cuesta ya mantener este cascarón a flote.

—Discúlpame, pero... es que ha ocurrido una desgracia.

—¿Cuál? —suspiró Noé, convencido de que ninguna nueva tribulación podría poner todavía más a más prueba su baqueteada paciencia.

—Los tigres... —explicó el muchacho con gesto contrito— en un descuido de Cam se han escapado de su jaula, se han metido en la de los unicornios y han devorado a la hembra.

—¡Vaya por Dios! —gruñó Noé, maldiciendo una vez más el engorroso encargo que le había caído encima- Primero fueron los dragones y los basiliscos matándose entre ellos. Luego tuvimos que echar por la borda a los centauros cuando se empeñaron en ser tratados como personas y no como animales. A los grifos los perros les contagiaron el moquillo y hubo que sacrificarlos. Los pegasos se le escaparon volando al inútil de tu hermano, y los imbéciles de los yetis se tiraron al agua vete a saber por qué, olvidándose de que no sabían nadar... eso sin contar con todos los animales que no nos cupieron por culpa del error de escala de los planos. ¿Qué será lo próximo? Y encima lo tengo que hacer todo yo solo, porque con ninguno de vosotros puedo contar para nada. ¡Maldita sea!

—Padre.

—¡Ni padre ni gaitas! Ya de por sí era pequeño el embolado que me endosó el de allá arriba, para encima tener que bregar con todos estos problemas. Como sigan así las cosas, cuando quiera dejar de llover de una maldita vez no vamos a tener animales suficientes ni para montar un circo de tercera; y no me gustaría pasar a la historia como el responsable de la extinción de gran parte de las especies vivas.

—¿Y qué hacemos con el unicornio macho? —preguntó Sem con humildad, intentando cambiar de tema— Está herido, pero dice Cam que se le podría curar.

—¿Para qué? —le espetó su padre profundamente irritado— De poco nos sirve si no va a poder reproducirse, al quedarse sin pareja se ha convertido en un estorbo.

—¿Entonces?

—Habrá que sacrificarlo, no nos queda otro remedio; por lo menos, así nos ahorraremos su forraje y podremos emplearlo para alimentar a otros animales. ¿Sabías que las ratas han roído parte de las provisiones y que andamos muy escasos de ellas? ¡Quién me mandaría a mí meter a esos malditos bichos en el Arca!

Y viendo como su hijo dudaba, ordenó tajante:

—¡Venga, pasmarote, a qué esperas! ¿No pretenderás que lo haga yo todo, como si no tuviera bastante con estar pendiente de este maldito timón! Hazlo tú o encárgaselo a alguno de tus hermanos, pero quiero a ese animal muerto lo antes posible. ¡Y no se os ocurra tirar los despojos, usadlos para alimentar a los carnívoros!

Ya se marchaba el atribulado muchacho cuando le gritó:

—¡Ah, y dile a Jafet que quiero limpias las cuadras de los elefantes ya mismo! Hasta aquí me está llegando el hedor. Señor, Señor —exclamó Noe levantando la mirada al cielo entre colérico y desvalido—, ¡¿Por qué tendrías que fijarte precisamente en mí?!

© José Carlos Canalda,
(564 palabras) Créditos