Apócrifos irreverentes, 15
CAPERUCITA MORADA
por José Carlos Canalda

El monótono tic tac del reloj de cuco desgranaba insensiblemente las horas mientras el Lobo Feroz, cada vez más nervioso, daba vueltas sin parar en el lecho. El tiempo pasaba y Caperucita no aparecía, pese a que según sus cálculos debería haber llegado ya hacía mucho a casa de su abuelita.

El ridículo disfraz le incomodaba bastante, pero lo que más le atormentaba en esos momentos era el hambre. Había intentado devorar a la vieja, pero se encontró con que ésta era tan sólo un rancio y nada apetecible puñado de piel y huesos, y al fin y al cabo él no dejaba de ser un gourmet. Si Caperucita seguía sin venir, no sabía como podría soportar los retortijones, amén de que la sola sospecha de que su cuidado plan pudiera venirse abajo por culpa de cualquier imprevisto bastaba para erizarle la tupida pelambrera. ¡Con lo difícil que resultaba ganarse la vida en estos días!

De repente oyó el ruido de la puerta de la casa al abrirse, la cual previsoramente había dejado sin echar la llave. Latiéndole frenéticamente el corazón, se preparó para capturar a su desprevenida presa. No podía fallar, se jugaba mucho en ello; y se estremeció pensando que el visitante pudiera ser otra persona, quizá un taimado cazador... pero no, la vida no podía ser tan cruel, se merecía ganar siquiera fuera una vez.

Instantes después comprobaba aliviado que se trataba de Caperucita, la misma inocente niña que horas atrás abordara en el bosque. Pero su aspecto había cambiado: en lugar de su vestidito floreado y la capa con capucha a la que debía su apodo, la muchacha vestía ahora un austero hábito —o eso le pareció— de color morado, mientras la cestita en la que portaba la merienda había sido cambiada por un rosario y un libro que, presumió, debía de tratarse de algún tipo de misal u otro texto religioso.

Perplejo, el lobo no se percató de que el tono de voz en el que se le dirigió, tomándole por su abuela, era asimismo muy distinto al que él esperaba:

—El Señor sea contigo, abuelita. ¿Estás preparada para rezar el rosario?

Y sin más dilación se arrodilló junto a la cama y empezó a entonar las plegarias.

—¡Venga abuelita, no te quedes callada! —le apremió ésta— ¡Reza conmigo! Bastante sacrificio he tenido que hacer para venir aquí a acompañarte, si tanto te preocupaba no poder acercarte a la iglesia, no entiendo por qué ahora estás tan parada!

Esto no estaba en el guión —se dijo la fiera, completamente desconcertada y sin saber como reaccionar. Sí, podía saltarse todos los prolegómenos y pasar directamente a la acción, la niña sería una presa fácil, pero.

Tres horas después, seguía rezando avemarías.

© José Carlos Canalda,
(455 palabras) Créditos