Apócrifos irreverentes, 13
CAPERUCITA DURMIENTE
por José Carlos Canalda

¡Adelante! La puerta está abierta —exclamó el Lobo Feroz con voz de falsete, mientras revisaba con inquietud su improvisado disfraz.

La figura que penetró en la habitación no era la que esperaba; en vez de una niña ataviada con una capa de color rojo, se encontró con un atildado mocetón vestido con un lujoso traje de color azul turquesa.

—¡Tú no eres Caperucita! —exclamó con asombro.

—Eso resulta evidente —sonrió el recién llegado—. Permíteme que me presente: soy el Príncipe Azul, para servirte. ¿Y tú? Porque tampoco te pareces demasiado a la Bella Durmiente.

—No, yo soy... ¿pero qué demonios está pasando aquí? —se interrumpió irritado— ¿Dónde está la cría? Tenía que venir a casa de su abuelita.

—Mi querido y peludo amigo, por cierto permíteme que te diga que tu disfraz es patético, o mucho me equivoco, o te has debido de equivocar de cuento.

—¿Equivocado? ¿Qué quieres decir con eso? —rugió el Lobo incorporándose del lecho— Estamos en Caperucita Roja.

—En absoluto —la flema del Príncipe no podía ser más lograda—. Comprueba la ficha que hay adherida en la trasera del cabecero de la cama; estamos en el sector 3A47BX, y la... Caperucita esa me suena que pertenece a la sección 3B. Has metido la zarpa, querido.

—Entonces... —aulló la fiera con ademán lastimero— ¿quién demonios era la vieja que devoré al llegar aquí?

—Desde luego, la abuela de la rapaza no. Según todos los indicios, en estos momentos debes de estar haciendo la digestión de la Bella Durmiente que yo venía a despertar. Que te aproveche.

—¡Vaya, pues sí que la he hecho buena! —el acongojamiento del Lobo parecía sincero— Pero era una anciana decrépita y fea, apenas algo más que un costal de huesos y pellejo, nada que ver con la joven lozana que pinta la leyenda.

—Es normal —explicó el Príncipe al tiempo que se sentaba en el borde de la cama sin que la afilada dentadura de su compañero le incomodara lo más mínimo—. Después de tantos años dormida, ¿qué esperabas?

—Pero te he dejado sin novia.

—¿Es eso lo que te preocupa? —exclamó el Príncipe estallando en carcajadas— Tranquilízate, puedo asegurarte que me has hecho un gran favor.

—¿Cómo dices? —le preguntó el Lobo mirándole de hito en hito; cada vez entendía menos lo que estaba ocurriendo.

—¿Por qué crees que he tardado tantísimo tiempo en venir a despertarla? —le explicó con gesto cómplice— Maldito lo que me apetecía casarme con esa petarda, máxime cuando aun de joven era más fea que picio aparte de tonta del bote; pero hijo, nobleza obliga, y además estaba en las cláusulas del contrato. Por eso he estado dando largas durante todos estos años, pero ya no podía retrasarlo más... por suerte me has quitado ese peso de encima, razón por la cual te estaré eternamente agradecido. Libre de mi compromiso, podré seguir dedicándome a mis juergas, que al fin y al cabo es lo que verdaderamente me gusta.

—¿Y yo? —gimió el infeliz Lobo— ¿Qué voy a hacer ahora?

—Hum... eso es cosa tuya, amigo —se desentendió el Príncipe encogiéndose de hombros—. No creo que te exijan responsabilidades penales, al fin y al cabo tú sólo eres una fiera salvaje, pero es bastante probable que no te vuelvan a contratar en ningún otro cuento vistos los resultados.

—¡Entonces estoy acabado! ¿Qué voy a hacer a mis años? Ya no soy ningún lobezno, y si me devuelven al bosque moriré de inanición o, todavía peor, me cazarán como a una alimaña.

—En eso tienes razón, me temo. Pero me caes simpático y además estoy en deuda contigo, por lo que me sabe mal dejarte en la estacada. Así pues, te propongo un trato: ¿por qué no te vienes conmigo? Podrías ser mi mascota.

—¿Lo dices en serio?

—Por supuesto —respondió el de azul en tono solemne—. Eso sí, te advierto que mi ritmo de vida es bastante frenético; ya sabes, una fiesta aquí, una juerga allá, una orgía acullá... aunque me esté mal decirlo, lo cierto es que soy uno de los miembros más solicitados y más afamados de toda la jet. ¿Lees las revistas del corazón? En el último número de ¿Qué tal? me hacen una entrevista en la que...

—Me da igual —le interrumpió el ansioso cánido—. Acepto tu ofrecimiento; lo único que quiero es salir de aquí en cuanto pueda.

—Estupendo. Quítate esos ropajes, haz la maleta si es que la tienes, y vente conmigo antes de que descubran el desaguisado. Tengo aparcado el Ferrari ahí afuera; ya estaba harto de los caballos. Eso sí, te advierto que no podrás entrar conmigo en las fiestas, ya que no suelen admitir a las mascotas. Pero te lo pasarás bien, y no tendrás que aceptar trabajos ridículos.

Y se fueron.

© José Carlos Canalda,
(794 palabras) Créditos