Apócrifos irreverentes, 9
CAPERUCITA GRIS
por José Carlos Canalda

Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes! —exclamó Caperucita.

—¡Son para comerte mejor! —aulló el Lobo Feroz abalanzándose sobre ella con sus poderosas fauces abiertas.

—¡Socorro! ¡Un lobo! ¡Me come! —gritó despavorida.

En ese momento la puerta de la habitación se abrió con estrépito, penetrando en su interior un cazador armado con una escopeta.

—¡Muere, bestia inmunda! —exclamó al tiempo que le descerrajaba dos tiros.

El lobo se desplomó fulminado, mientras el cazador se dirigía con palabras afectuosas a la aterrorizada Caperucita.

—Tranquila, niña, ya pasó todo. Ven conmigo, que te acompañaré a casa.

Y ambos se marcharon de allí cogidos de la mano. Pasado un tiempo prudencial el lobo abrió un ojo con cautela y, tras comprobar que estaba solo, se incorporó del lecho rezongando maldiciones contra el cretino del cazador; por más que se lo advirtiera una y otra vez seguía disparándole a bocajarro, y aunque los cartuchos eran de fogueo, siempre acababa chamuscándole el pelaje.

De paso aprovechó para renegar también de Caperucita, una Caperucita senil que ya peinaba canas cuando él se criaba con el resto de su camada, y de aquellos cretinos de sus sobrinos, que habían estimado conveniente combatir su demencia con esa mascarada para tenerla contenta y que así no los desheredara. ¿Qué culpa tenía él de que esa vieja grillada creyera ser de nuevo la niña que en su día provocó la muerte de su retatarabuelo? Si estaba zumbada, lo mejor que podían hacer era encerrarla y dejarse de zarandajas. Pero no, había que montar el numerito, y lo peor de todo era que había que repetirlo indefectiblemente todas las semanas, o incluso antes si a la dichosa Caperucita, a sus noventa años, se le antojaba ir a visitar de nuevo a su abuelita, la cual por cierto llevaba más de cincuenta años criando malvas.

Pero la muy puñetera estaba podrida de dinero, él no tenía un duro y la vida en el monte se había vuelto cada vez más difícil, con los ecologistas protegiéndole de los cazadores y los ganaderos pero sin ofrecerle ninguna alternativa que le permitiera comer caliente todos los días. Así pues, no había tenido más remedio que aceptar ese trabajo para poder sobrevivir... aunque por pura lógica, no podría durar demasiado tiempo, con lo cual acabaría dando otra vez con sus huesos en el paro.

Perra vida, se dijo mientras por una puerta disimulada —la casa de la abuelita era un simple decorado, ya que la original hacía mucho que había sucumbido víctima de la especulación y su solar pertenecía ahora a un flamante campo de golf— se dirigía a su camerino para ducharse —el maldito olor a la pólvora le impregnaba todo su cuerpo— y vestirse —se encontraba incómodo desnudo— antes de refugiarse en su domicilio, un pequeño apartamento en el piso vigésimo de una torre de viviendas de protección oficial diseñada, eso sí, por un prestigioso —y extravagante— arquitecto.

Mañana sería otro día.

© José Carlos Canalda,
(488 palabras) Créditos