Apócrifos irreverentes
EL EXORCISTA
por Raúl Alejandro López Nevado

¿Y lleva mucho tiempo así?

—No ha parado en toda la tarde.

Los dos gótico-satánico-siniestros miraron al fondo del local de ensayo, donde otro gótico, de aspecto más lúgubre aún que ellos dos juntos, aporreaba rabiosamente arriba y abajo una desafinada guitarra española.

—¿Toda la tarde? ¿Tocando el Cumbayá?

—Toda enterita.

—¡Oh Satán mío! El problema es entonces mucho peor de lo que esperaba.

—¿Crees que lo ha poseído un ángel?

—No, me temo que nos enfrentamos a un enemigo mucho más terrible.

—¿Un arcángel?

—Peor, mucho peor.

—¿Un santo?

—Ojalá, sospecho que las fuerzas que lo han poseído son las más tremebundas y viscerales que haya en el Cielo.

—¿El propio Jes?

¡CUUUUUUUUUUUUMBAIAAAAAAAAÁ, SEÑOR!

Un grito terrible y luctuoso los interrumpió. Se les había helado la sangre, caído el alma, y algo más, al suelo, y por un instante sus mentes juguetearon con la posibilidad de salir corriendo y dejar allí a su suerte al poseso.

—No.

—Entonces, sólo queda.

—En efecto, la más terrible de las bestias divinas, un ser cuyo sólo nombre hace temblar los cimientos del Infierno... un monitor de casal parroquial.

La revelación lo golpeó como una patada en las partes pudendas. ¿Cómo podía haber ocurrido? se preguntaba. ¿Por qué a ellos? ¿Por qué a su grupo? ¿Qué habían hecho mal? Ellos siempre habían sido satánicos piadosos, se habían pintado la cara todas las mañanas, habían puesto los ojos en blanco para todas las fotos, y habían asustado a viejecitas siempre que habían podido, aunque esto último no demasiado, pues hay viejecitas que son mucho peores que cien satánicos juntos.

—Tenemos que hacer algo.

—No sé, he oído historias... Cuentan que en ocasiones los propios exorcistas fueron casalizados.

—¡Terrible!

—Sí, nuestra alma está en peligro.

* * *

Finalmente lo habían conseguido reducir entre el batería, el cantante, el bajista, y el guitarra rítmica. Lo habían atado al sofá cochambroso de la sala de ensayo, y ahora estaban a punto de comenzar. No obstante, era imposible hacer callar a la fiera divina que había poseído al guitarra solista.

Caridad y comprensión, Alelu-yá
Y verdad en el amor, Alelu-yá.

—Oh, por Satán maldito, haz que se calle —dijo el batería.

—No lo escuches, su voz es su modo de perdernos —dijo el guitarra rítmica.

—¡No puedo soportarlo! —gimió el bajista que comenzó a sollozar en un rincón cogiéndose las rodillas con las manos.

—Tú —dijo el rítmica al cantante—, llévatelos de aquí. Y cuando vuelvas, no olvides traerte los discos de Black Sabbath, la colección de deuvedés de LA PROFECÍA, y un poco de agua sin consagrar.

—¡Agua sin consagrar! protestó en un susurro el cantante ¿Y dónde encuentro yo ahora agua sin consagrar?

Bendiiíto el que viene,
en nombre del Señooor.

—Ahora estamos tú y yo solos —dijo el poseso en cuanto se hubieron marchado los demás.

—No me asustas.

—Ja, ja, ja, nunca subestimes los recursos de un monitor de casal parroquial, aún no has visto nada.

El poseso hizo girar su cabeza ciento ochenta grados, y empezó a expulsar por la boca multitud de estampitas con todo el santoral católico, apostólico y romano. El rítmica sintió como un escalofrío le recorría la médula y estaba a punto de desfallecer.

Por fortuna, justo en ese momento llamaron a la puerta, TOCATA Y FUGA de Bach, cierto, no muy original, pero resultón. Debe de ser él, lo hemos esperado tanto tiempo, pensó. El mejor exorcista de entidades divinas se ha dignado a venir a nuestra humilde morada, de seguro él podrá vencer la posesión. Todas las historias hablaban de aquel hombre como una entidad casi tan preternatural como los seres contra los que luchaba. Por lo visto había descubierto un método infalible para expulsar a Dios, o a cualquiera de sus secuaces, del cuerpo de los poseídos.

El rítmica, bajó hasta la puerta y la abrió de una vez. En el umbral, un hombre esperaba empapado bajo una lluvia inclemente. Se adelantó hacia él:

—¿Está en el piso de arriba?

—No, esto es un simple local de ensayo, no hay piso de arriba. Está allí al lado.

En ese instante se volvieron a reanudar los feroces cánticos de La Bestia.

—Ya vuelve a estar de nuevo.

—Lo comprendo, parece terrible.

—Lo es. Quiere darme la maleta.

El hombre se resistió, la maleta parecía la funda de algún instrumento musical.

—No se preocupe. Ya casi forma parte de mi brazo. ¿Puedo verlo ahora mismo?

—Sí, por supuesto, pero quizá es mejor que.

No lo dejó terminar, simplemente se levantó de un golpe y se dirigió a la sala del poseso. Se oyeron gemidos, gritos y unas toses monstruosas, como estertores. Al cabo de un rato salió el exorcista con los ojos desencajados. Se había mudado en la habitación, vestía un jubón negro con algunos engastes de cristal, unos cervantinos un poco alzados y una capa oscura de media circunferencia sobre los hombros. Parecía estar fuera de sí. Volvió a la habitación, y se iniciaron de nuevo los horrendos gemidos y gritos. El rítmica, impelido por una curiosidad malsana decidió averiguar qué era lo que estaba ocurriendo tras aquella puerta. Ojalá y jamás lo hubiera hecho, ojalá y jamás se hubiera permitido adentrarse en aquella imagen teratológica que lo perseguiría por el resto de sus días. Al fondo, a la cabecera del cochambroso sofá: El exorcista saltaba uniendo los pies en el aire, a la vez que hacía sonar unos cascabeles y golpeaba una especie de pandereta. Mientras, una atroz letanía que surgía de su cuello hacía contorsionarse al poseso:

Claveliiitos, claveliiiitos,
clavelitos de mi corazón.
© Raúl Alejandro López Nevado,
(943 palabras) Créditos