Apócrifos irreverentes, 7
CAPERUCITA VERDE
por José Carlos Canalda

Ante todo, permítanme que me presente. Soy un macho adulto de Canis lupus, es decir, un hermoso lobo; pero no un lobo cualquiera, sino el afamado Lobo Feroz de los cuentos infantiles; y bien que me he esforzado, a lo largo de mi existencia, por mantener en alto el pabellón de mi bien merecida reputación.

Sin embargo, paradojas del destino, ahora me encuentro cumpliendo una larga condena en un penal de alta seguridad como convicto de un delito de pederastia; sí, ustedes han leído bien, pederastia, y todo por culpa de esa zorrita intrigante de Caperucita a la que mal rayo parta.

Doy por supuesto que habrán leído en más de una ocasión el cuento del que ambos somos protagonistas, pero es mucho menos probable que conozcan su verdadero final, censurado y modificado por culpa de la mojigatería imperante en estos malhadados días en los que impera la estúpida dictadura de lo políticamente correcto. Porque en realidad yo no fui asesinado por el cazador, tal como a ustedes les contaron, al ser sorprendido por éste en la cama de la abuelita cuando intentaba capturar a Caperucita; oh, no, él se cuidó muy mucho de hacerlo, ya que sabía que los lobos somos una especie protegida y que, de matarme, se habría visto encausado por ello bajo la amenaza de una fuerte condena. No, él fue mucho más listo, se limitó a reducirme gracias a la amenaza de su escopeta —por muy protegido que pueda estar tengo tanta estima a mi pellejo como cualquiera, y el miedo es libre— hasta que la policía se hizo cargo del asunto deteniéndome y poniéndome a disposición judicial.

Y ahí empezó mi calvario. Caperucita, esa rijosa y repugnante criatura camuflada tras ese aspecto angelical con el que la muy hipócrita sabe encandilar a todos cuanto se cruzan en su camino, logró convencer al tribunal que me juzgó de que yo pretendía violarla, contando para ello con el inestimable apoyo del perjuro del cazador que, probablemente conquistado por sus encantos —es a él a quien deberían haber condenado por pederastia, y no a mí—, testificó en falso en contra mía. De nada sirvieron mis encendidas protestas alegando algo tan evidente como que los lobos no sentimos la menor atracción sexual por unos seres tan repulsivos como son los humanos —y todavía más sus crías— y que lo único que pretendía era devorarla como Dios manda; en vez de condenarme por ello, lo cual hubiera dejado a salvo mi prestigio de depredador, los muy estúpidos lo hicieron por algo que jamás habría pasado por mi imaginación y que me provoca náuseas tan sólo con pensarlo, algo que humilla profundamente mi dignidad a la par que daña de forma irreversible mi bien labrada reputación.

Ojalá hubiera hecho caso a mi primo, olvidándome de esta lolita con capuchón para dedicarme, como hizo él, a perseguir a los Tres Cerditos; mejor me habrían ido las cosas ya que, por más que me pudieran denunciar la Sociedad Protectora de Animales o la Federación Nacional de Ganaderos Porcinos, el caso no habría sido el mismo y yo no me encontraría preso por un delito que nunca pensé siquiera en cometer.

© José Carlos Canalda,
(528 palabras) Créditos