Apócrifos irreverentes, 4
CAPERUCITA NEGRA
por José Carlos Canalda

Pese a su larga experiencia policial, que le había llevado a presenciar multitud de crímenes de lo más desagradable, el comisario Gutierrez no pudo evitar que un estremecimiento le recorriera el cuerpo al contemplar el atroz escenario del crimen. El cadáver no sólo había sido despedazado con saña, sino que sus restos triturados salpicaban toda la habitación en una espeluznante orgía de sangre y sadismo. La cabeza, única parte del desmembrado cuerpo que se conservaba más o menos intacta, mostraba tal expresión de horror que no era necesario ser ningún experto para dar por sentado que, previo al asesinato, el asesino se había ensañado torturando cruelmente a su víctima.

Reprimiendo las náuseas, el comisario interrogó al inspector Rebolledo, no mucho más entero que él.

—¿Qué habéis averiguado?

—Estamos a la espera de las pruebas de ADN para confirmar la identidad del cadáver, pero según su DNI se trata del Lobo Feroz... o de lo que queda de él. ¡Vaya escabechina! Jamás había visto nada igual.

—Yo tampoco, —respondió su superior— pero según los informes que he consultado antes de venir aquí, éste es el cuarto asesinato de características similares en poco más de medio año... todos en un radio de unos quinientos kilómetros, y todas las víctimas lobos, jamás humanos o ninguna otra especie. Estamos ante un asesino en serie, de eso no cabe la menor duda.

—¿Quién puede ser tan sádico?

—Ojalá lo supiéramos —respondió Gutierrez encogiéndose de hombros—. Por cierto, ¿habéis interrogado a la vieja?

—Sí, o mejor dicho lo hemos intentado, ya que la pobre era presa de un ataque de histeria; hemos tenido que sedarla y enviarla al hospital. Lo único que sabemos es que la víctima asaltó su casa, la encerró en un armario atada y amordazada y, al parecer, se hizo pasar por ella recibiendo poco después, según todos los indicios, al asesino. La pobre anciana no vio nada al estar cerrada la puerta del armario, pero debió de oírlo todo... no me extraña que acabara así, máxime cuando todo parece indicar que el asesino la buscaba a ella y que sólo gracias a esta extraña suplantación logró salvar la vida.

—Esto también encaja con los crímenes anteriores —respondió el comisario haciendo algunas anotaciones en su agenda electrónica—. En todos los casos las víctimas obraron de forma similar, siendo asesinados cuando habían suplantado a las propietarias de las viviendas... pero no acabo de comprenderlo, no tiene ninguna lógica.

—¿Quién es capaz de entender a estos psicópatas? —sentenció Rebolledo.

—No me refiero al asesino, sino a los lobos... —puntualizó el comisario— no es su conducta habitual, ni mucho menos.

—¿Bien, y ahora qué hacemos?

—De momento salir de aquí, porque si no voy a acabar vomitando. Cuando los chicos terminen de tomar muestras que salgan también, no tiene sentido permanecer en ese matadero, pero que aguarden en la puerta hasta que lleguen los de la Policía Científica. También están avisados ya los servicios funerarios, alguien tendrá que recoger todo esto... —concluyó, expresando su repugnancia con una significativa mueca—. Me han pedido que envíe un informe a la central, los chicos de la Brigada de Investigación Criminal han decidido hacerse cargo del caso, y yo me alegro de no tener que cargar con el muerto. En la vida he visto nada tan desagradable.

—¿Quién piensas que habrá podido ser? —le preguntó Rebolledo mientras franqueaban el umbral de la modesta vivienda.

—¿Quién sabe? —respondió el comisario— La gente de esta región es muy rara, y sus pautas de conducta son muy diferentes de las nuestras. Sólo tienes que ver como viven —sentenció, abarcando con un amplio movimiento de la mano los vastos e impenetrables bosques que se extendían en todas direcciones hasta el lejano horizonte—; estoy deseando agotar el período de destino forzoso para pedir traslado a la ciudad, a cualquier ciudad siempre que sea lejos de aquí.

—Tienes razón, a mí me pasa lo mismo —corroboró su subordinado—. Aquí me encuentro extraño, me parece como si esta tierra y esta gente estuvieran embrujados.

—Embrujados quizá no, pero medio locos sí.

Y ambos policías, tras limpiarse cuidadosamente las suelas de sus zapatos, montaron en el coche patrulla camino de la lejana comisaría.

© José Carlos Canalda,
(695 palabras) Créditos