Apócrifos irreverentes, 3
LA AVENTURA DE LOS MOLINOS
por José Carlos Canalda

¿Ves ahí, querido Sancho, treinta o cuarenta poderosos robots con los que quiero hacer batalla para lograr gloria y honor?

—¿Qué robots? —preguntó, perplejo, Sancho Panza.

—Aquellos que allí ves, famosos por mil combates; no falta entre ellos quien venciera a los borgs, a los sith, a los cylones e incluso a los poderosos sadritas. ¡Ah, pero yo venceré a todos y arrojaré sus despojos a los pies de la simpar Dulcinea!

—Mire vuesa merced que aquellos que allí se parecen no son robots sino molinos eólicos, también llamados por algunos aerogeneradores, y que no fueron construidos para ganar batallas a esos tipos raros que usted ha nombrado sino para generar energía eléctrica, según tengo entendido.

—Bien parece —respondió don Quijote aprestando sus armas— que no estás cursado en negocios de aventuras; ellos son robots, y si tienes miedo, apártate y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

Y en diciendo esto y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, dio de espuelas a su caballo Rocinante sin atender las voces de su escudero, arremetiendo a todo galope contra los indiferentes aerogeneradores, al tiempo que exclamaba a gritos:

—¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete!

Estaba ya cercano al primero de esos artilugios, cuando una figura surgió del abrigo de un arbusto tras el cual había estado cobijada, gritando con voz estentórea:

—¡Alto! ¡Alto a la autoridad!

Se trataba del cabo Peláez, comandante del puesto de la Guardia Civil del cercano pueblo, al cual las órdenes recibidas le habían fastidiado su cotidiana partidita de mus con el boticario, el médico y el maestro obligándole a soportar el relente vespertino ante el fundado temor de que ecologistas radicales pudieran cumplir su amenaza de realizar sabotajes en la recién instalada línea de aerogeneradores.

Don Quijote, huelga decirlo, hizo caso omiso a los requerimientos del benemérito agente, pero no habría de ocurrir lo mismo con Rocinante sin bien, en honor a la verdad, hay que reconocer que no fue por voluntad suya; el famélico jamelgo, incapaz de mantener el desbocado galope al que le sometía su dueño, tropezó con una irregularidad del terreno dando en tierra con su cuerpo y el de su jinete.

El cabo Peláez, aprovechando el —para él— afortunado percance, se apresuró a correr con toda la rapidez que le permitía su prominente barriga intentando atrapar al intruso antes de que éste pudiera escabullirse, algo que posiblemente habría ocurrido de no darse la circunstancia de que en su caída el caballero se había propinado un fuerte golpe en la cabeza que le había dejado semiinconsciente.

Estaba procediendo el cabo a colocarle las esposas cuando su subordinado, el número Martínez, apareció jadeando por la empinada cuesta.

—¡Ya era hora de que aparecieras, joder! —le abroncó para no perder las buenas costumbres— Me he tenido que enfrentar yo solo a este terrorista.

—Lo siento, mi cabo, pero es que tuve que detener a un cómplice suyo allá abajo; y hasta que no lo he esposado y metido en el todoterreno no he podido subir hasta aquí.

—Está bien —zanjó Peláez—. Llévate a éste con el otro y enciérralos en el cuartelillo hasta que yo baje una vez me haya llegado el relevo. Ya me encargaré yo de llamar a la capital para que se hagan cargo de ellos. ¡Ah, y llévate también al caballo, no lo podemos dejar suelto por aquí!

Martínez asintió en silencio, al tiempo que se preguntaba donde demonios podría encontrar una cuadra donde guardar al maldito caballo, y también al burro que montaba el otro prisionero; como no recurriera al picadero que un amigo de su cuñado tenía a treinta kilómetros de allí.

—Hay que joderse con estos ecologistas —las maldiciones de su superior le rescataron de sus reflexiones—. ¿No podían dejarnos en paz? —en realidad a Peláez le preocupaban bastante más sus partidas de mus y su carajillo vespertino que la suerte que pudieran correr los artilugios puestos bajo su custodia, pero siempre quedaba bien presumir de su responsabilidad ante un inferior.

—Hombre, mi cabo, la verdad es que son feos de cojones, y se han cargado los mejores paisajes del pueblo... —se aventuró a objetar el cachazudo guardia.

— ¿Qué sabrás de eso? —explotó Peláez en un arrebato de lesa autoridad— ¡También tú eres feo, y tu mujer no se queja de ello! —por el pueblo corría el maledicente rumor de que el guardia Martínez se había visto obligado a abrir dos agujeros simétricos en su tricornio— Los chismes estos dan bastante dinero al pueblo, ¿te parece poco?

—Bueno, eso sí es verdad, pero... —porfió Martínez, pensando que sueldo de guardia civil seguía siendo el mismo de antes, pese a que su trabajo se había visto incrementado por culpa de la vigilancia de los aerogeneradores.

—¿Qué pero ni qué niño muerto? Además, ¿quiénes son los ecologistas para venir a tocarnos los cojones? Es nuestro campo, no el suyo; que se vayan a sus ciudades a incordiar, que aquí maldita la falta que nos hacen.

Y ya embalado, prosiguió:

—Además, ¿qué es lo que quieren esos niñatos de ciudad? Centrales nucleares no, porque la radiactividad es mala. Centrales térmicas tampoco, porque contaminan. Pantanos ni pensarlo, porque inundan los valles. Aerogene... —se trabucó— eso todavía menos, porque se cargan el paisaje. ¿Qué es entonces lo que les parece bien a esos señoritingos? Pero luego bien que quieren tener en su casa internet, equipo de música, deuvedé último modelo y otros cuarenta mil chismes que funcionan con electricidad; que me digan donde enchufarlos a su gusto. ¡Y venga, muévete ya, que es para hoy! —le apremió.

Martínez obedeció y, tras levantar del suelo al ahora silencioso caballero y coger de las riendas al doliente equino, se apresuró a bajar por la vereda huyendo de las iras de su irritado jefe. Éste, por su parte, soltó un último bufido, esta vez a nadie, antes de retornar al arbusto que le servía de incómodo refugio.

—¡Ecologistas a mí! ¡Yo sí que les iba a espabilar pronto!

© José Carlos Canalda,
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