Burocracia celestial, 16
YO, CAÍN
por Manuel Nicolás Cuadrado

De: Caín

A: Ministerio de Interior. Departamento de revisión de condenas y maldiciones.

Yo, Caín, hijo de Adán y Eva, con domicilio en paradero desconocido y con DNI: 00003-A, ante ustedes comparezco y conforme a derecho SOLICITO:

La revisión total de mi expediente delictivo, con el consecuente levantamiento de la maldición que desde hace miles de años vengo padeciendo, basado en los siguientes,

HECHOS

PRIMERO: Que durante el génesis, tanto mi hermano menor Abel, como yo mismo, presentábamos ofrendas al Señor. Que Abel ofrendaba ovejas, en su condición de pastor, mientras que yo ofertaba los frutos de la tierra, en mi condición de agricultor. Que las ofrendas de Abel resultaban gratas al altísimo, mientras que las mías eran rechazadas de plano.

Que no entendiendo yo el porqué de dicho rechazo y entendiendo que se estaba cometiendo una clara injusticia, tanto hacia mi profesión como hacia mi persona, presenté una reclamación en tiempo y forma a la autoridad pertinente.

Dicha reclamación fue denegada, argumentando que Abel ofertaba las ovejas más gordas y lustrosas, mientras que los frutos que presentaba yo eran excedentes agrícolas de baja calidad.

En ese momento no se me permitió réplica alguna. Sin embargo, debo hacer constar, aquí y ahora, lo siguiente:

A) La tierra que se me dio para el cultivo era pobre y de secano. El clima, caluroso y seco. En esas condiciones me partí la espalda por conseguir que crecieran los mejores vegetales posibles. Les recuerdo que en aquella época no existían los sistemas de irrigación ni de goteo. A pesar de ello conseguí aceptables tomates y alcachofas, en ningún modo de baja calidad.

B) Abel, que realizaba su trabajo con desconsiderada irresponsabilidad, dejaba que sus ovejas pastaran a sus anchas sin ningún control. De hecho, su rebaño entraba en mi huerto y se comía los mejores brotes de mis hortalizas. ¿Cómo no iban a estar gordas y lustrosas sus ofrendas? Yo solo podía presentar lo que dejaban sano, que era poco.

SEGUNDO: Que desde entonces, fui sometido a un incesante acoso laboral (moving) por parte de la patronal, en el que se me recriminaba constantemente mi lógico malestar por los sucesos anteriores. Además, padecía las pertinaces burlas y menosprecios de mi hermano Abel, que seguía teniendo el beneplácito de la dirección, de manera harto sospechosa. Por todo lo cual, caí en una profunda depresión obsesiva compulsiva y solicité la baja laboral correspondiente. Ni que decir tiene que fue rechazada, bajo coacción y con la amenaza de despido disciplinario. A pesar de ello seguía esforzándome al máximo en mi trabajo, aunque las ovejas de mi hermano seguían devorando mis mejores tomates y alcachofas.

TERCERO: Que en esas circunstancias de deterioro físico y mental, acontecieron los terribles hechos de que se me acusa y no en los tradicionalmente tenidos por ciertos en mi sentencia original. A saber:

En dicha sentencia se me condenó por asesinato con plena conciencia, provocación, premeditación, alevosía, ensañamiento y agravante de parentesco en primer grado. Esto es, cuanto menos, incierto, por las siguientes razones:

I- Yo me encontraba entonces sumido en un profundo trastorno mental (arriba mencionado), por lo tanto no era consciente de mis actos.

II- No premedité ni planifiqué ninguna acción violenta contra mi hermano. Simplemente sus ovejas se volvieron a comer mis alcachofas y como él no tomaba ninguna iniciativa al respecto, le invité a salir fuera, para no montar ningún escándalo.

III- En ningún caso medió provocación por mi parte, si no más bien al contrario. Me volvió a recriminar mi conducta y se volvió a reír de mi profesión. En ese estado, perdí los pocos estribos que me quedaban y sin pensarlo, le ataqué.

IV- La utilización de una quijada de asno para cometer el crimen que se me imputa, no es suficiente para demostrar la alevosía. Cogí lo primero que vi en ese momento, en un estado de locura. Aunque en ese momento no lo pensara, me pregunto ahora: ¿Y que hacia allí una quijada de asno, en ese preciso momento? ¿Quién la puso allí? ¿Por qué no había más quijadas u objetos contundentes con los cuales Abel pudiera defenderse?

V- No recuerdo en absoluto, debido a mi trastorno, el número de golpes que infringí a mi hermano, por lo cual es imposible que haya ensañamiento.

VI- En cuanto a la consanguinidad, les recuerdo que en ese momento del génesis solo estábamos mis padres, mi hermano y yo en el edén. Si no había ningún habitante más, es un fraude de ley y además resulta ridículo que se me aplicara el agravante de parentesco.

CUARTO: Las irregularidades en mi posterior interrogatorio y condena se sucedieron de la siguiente manera:

En la pregunta de la autoridad máxima formulada como: ¿Dónde está Abel? hay una clara concomitancia de crueldad, burla y menosprecio. ¿Cómo es posible, con la omnisciencia que le caracteriza, que no supiera dicha autoridad donde estaba Abel? ¿Y si ya lo sabía, por qué me lo preguntaba?

En la trascripción del interrogatorio, utilizado como prueba en mi condena, se hace constar que yo contesté: No sé, ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano? Dicha trascripción bíblica constituye una clara tergiversación del contexto del interrogatorio. Lo que yo contesté literalmente, fue: No sé, pero seguro que sus ovejas se están comiendo otra vez mis alcachofas. A ver si es posible que se ponga un vigilante jurado en mi huerto o, en todo caso, que se acote mi finca con vallas protectoras.

No quiso saber nada la dirección acerca de mis hortalizas, pues se me preguntó directamente que había hecho. Sin esperar réplica alguna por mi parte en mi defensa, se me maldijo por mis actos, se me prohibió continuar con mi esforzada profesión de agricultor (sin los preceptivos: juicio previo y expediente disciplinario laboral) y se me condenó a abandonar la tierra que trabajaba, con pena de alejamiento, extrañamiento y destierro del edén. Además, se me impuso la condición de permanecer errante de la tierra sine die. Dicha condena me pareció y me sigue pareciendo desproporcionada y así se lo hice notar a la patronal. No solo se me imponía ser un vagabundo sin oficio ni beneficio de por vida, si no que además, al publicar mi injusta sentencia y figurar como persona maldita y por lo tanto non grata, cualquiera de los muchos habitantes que fuera a tener la tierra, ya fuera por ira justiciera o por cobrar la recompensa, se abalanzarían sobre mi persona y me matarían.

QUINTO: Oída mi anterior queja por la dirección, se tomó una decisión que reconozco que fue, en principio, satisfactoria para ambas partes. La dirección me colocó una marca con la cual nadie podía matarme, a riesgo de percibir siete veces el mismo daño de muerte. (Aún me pregunto, sin embargo, como se puede morir siete veces. Me imagino que esto también iba por los gatos, que por entonces eran muy grandes y feroces). El caso es que al principio y como digo, a pesar del sufrimiento errante de mi condena, la marca antidefunción constituyó al menos una pequeña ventaja. Además pude tener mucha descendencia (como se relata en el génesis) sin que nadie me molestara.

SEXTO: Pero, señores letrados, no acerté entonces a comprender la naturaleza terrible del tiempo. Los años pasaron, después los siglos y más tarde los milenios. Comencé a sentir cierta fatiga física y mental en tiempos de los faraones. En tiempos de las polis griegas la existencia se me hizo insoportable. Intenté suicidarme al introducirme en una casa en llamas durante el incendio de Roma. Aunque quedé bastante maltrecho y chamuscado no morí. Lo intenté de nuevo durante el asedio de Constantinopla. Nada. Además es muy molesto caminar con 157 flechas en el cuerpo. Me puse justo delante de un cañón en tiempos de la guerra de los 30 años. Aparte de un agujero en mi abdomen de 40 cm de diámetro, no conseguí dejar de existir. Lo volví a intentar provocando a un pobre ninja del siglo XIX. Me cortó en trocitos, pero se volvieron a juntar. Había perdido la esperanza ya en el siglo XX, cuando oí el efecto devastador de las bombas nucleares. Me colé en unas pruebas atómicas en el desierto de Arizona y me puse en medio de la deflagración. Tampoco. Mis átomos volvieron a juntarse. El caso es que como nadie puede matarme, debido a mi marca, sigo vivo en la actualidad. Llevo 30.000 años (aprox.) circulando de aquí para allá, sin domicilio fijo ni profesión. Sin ánimo de ofender a nadie, yo sí que vivo sin vivir en mí. Y sinceramente. Ya estoy harto.

Por todo lo cual y basado en los anteriores hechos, SOLICITO, RUEGO, POR PIEDAD:

Que se revise y anule de pleno derecho mi sentencia, alegando inimputabilidad plena.

Que se deje sin valor mi maldición de errante en la tierra.

Que se retire mi marca antidefunción, independientemente de la posterior condenación o salvación.

Que, aunque no se contemplen mis demandas, al menos me permitan visitar mi lugar de trabajo primigenio, a fin de comprobar como van mis alcachofas y si las ovejas de Abel siguen penetrando ilegalmente en mi huerto.

© Manuel Nicolás Cuadrado,
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