Apócrifos irreverentes, 2
CAPERUCITA ULTRAVIOLETA
por José Carlos Canalda

Caminaba Caperucita por el bosque, camino de la casa de su abuelita, cuando de repente le salió al paso un...

—¿Quién demonios será éste? —se preguntó la niña, desconcertada ante la extraña fisonomía del intruso— Desde luego, no parece un lobo... que yo sepa, los lobos no son de color verde, no tienen tentáculos ni antenas, ni tampoco ese cuerpo en forma de saco de patatas...

Por más que estrujaba sus escasos conocimientos zoológicos —en el colegio no le enseñaban demasiado de esta disciplina—, Caperucita no lograba desentrañar el misterio.

—Hola, Caperucita. —saludó el ser con voz cavernosa— ¿A dónde vas por este tenebroso bosque?

Y percatándose de la perplejidad de la muchacha, explicó con amabilidad:

—No, no soy el Lobo; el pobre está de baja por culpa de una molesta ciática. Yo soy su sustituto, me han enviado de la Oficina de Empleo para ocupar su puesto hasta que se recupere. Pero no te preocupes, conozco perfectamente mi trabajo y estoy convencido de que podré suplirle sin problemas.

—Pero... —Caperucita se preguntaba por qué razón no podían haber enviado a alguien más parecido físicamente al viejo cánido; a veces esos burócratas hacían cosas muy raras— ¿Quién es usted?

—Me llamo... ¡Bah! dejémoslo, no hay manera de pronunciar mi nombre de forma inteligible en tu idioma. Me puedes llamar Bem, si quieres.

—Y, ¿de dónde es usted, señor Bem?

—¡Oh, de muy lejos! ¿Qué tal andas de astronomía? ¿Os han hablado de las galaxias y los cúmulos estelares en el colegio? —y viendo la cara de extrañeza de la niña se corrigió— Bueno, tampoco importa tanto. Digamos que de allá arriba. —concluyó, señalando con uno de los tentáculos superiores el firmamento.

—Encantada de conocerle, señor Bem, pero si me disculpa... tengo que llegar a casa de mi abuelita antes de las doce, si ficho más tarde me pueden descontar el plus de puntualidad y la hipoteca es la hipoteca...

—Vaya, niña, eso tiene fácil solución —el alienígena se desvivía por ser amable—; si quieres, te puedo llevar en mi aeromóvil; lo tengo aparcado detrás de esa loma.

Y sacando de no se sabe donde, ya que iba completamente desnudo, un pequeño mando a distancia, lo esgrimió con un tentáculo presionando uno de los botones. Segundos después un pequeño aparato volador de forma lenticular se posaba silenciosamente a su lado.

—Yo... —musitó Caperucita, un tanto intimidada por el extraño— no sé si debo...

—Vamos, nena, no te voy a hacer nada. Estoy sindicado, ¿sabes? y mi expediente laboral es inmejorable; sólo que ahora estoy atravesando una mala racha. Pero te aseguro que antes de ponerte un tentáculo encima me lo amputaría yo mismo.

Y te seguirían quedando otros siete. —pensó la niña.

Pero valiente al fin y al cabo, y viendo que se le hacía tarde y que la hipoteca no esperaba, aceptó tras un corto titubeo. Al fin y al cabo estaba acostumbrada a bregar con el Lobo, y no le parecía que este estrafalario ser pudiera llegar a ser más peligroso.

Así pues, ambos se acomodaron en el interior del pequeño vehículo el cual, tras cerrar su cubierta transparente, se lanzó como un rayo hacia el azul firmamento perdiéndose instantes después en la lejanía.

El cuento no relata lo que ocurrió a partir de ese momento, pero lo que sí consta en los archivos es que la niña jamás llegó a fichar en la casa de su abuelita y nunca más se volvió a saber nada de ella. Transcurrido el plazo estipulado fue despedida por abandono injustificado de su puesto de trabajo, siendo embargado asimismo su apartamento por impago de la hipoteca.

De ser ciertas, no obstante, algunas leyendas que corren por los mundos remotos del Cinturón de Orión, Caperucita y el Bem habrían sido felices y comido perdices, e incluso con la ayuda de la ingeniería genética —¿cómo, si no?— habrían sido padres de una prolífica estirpe de esporas que con el tiempo acabaron convirtiéndose en tiernos niños, niñas —y así hasta un total de los ocho sexos distintos en que se divide la raza del Bem— con tiernos tentáculos tornasolados —el color verde no surge hasta la pubertad— heredados del padre y las bellas trenzas y la capa de terciopelo con caperuza recuerdo de su ascendencia terrestre. He de advertir, no obstante, que debido a la lejanía del lugar ningún investigador ha podido corroborar fehacientemente la verosimilitud de esta historia.

© José Carlos Canalda,
(733 palabras) Créditos