LA MALA VIDA EN LA ESPAÑA DE FELIPE IV
LA MALA VIDA EN LA ESPAÑA DE FELIPE IV José Deleito y Pineda
Título original: ---
Año de publicación: 1952
Editorial: Alianza Editorial
Colección: El libro de bolsillo, nº4235
Traducción: ---
Edición: 2005
Páginas: 257
ISBN:
Precio: 7, 50 EUR

La humanidad a lo largo de toda su historia ha tenido una especial querencia por todo aquello que tenga que ver con la molicie, la embriaguez, la fascinación por las propiedades ajenas y la juerga Inglesa (de la parte de las inglés, Forges dixit) Ninguna cultura, ninguna época, se han visto libres de practicar con mayor o menor tapujo cualquier vicio. En unos casos de forma natural y sin complejos, con lo que tenía más de forma de vida que de vicio, en otros, se trataba de cosas censuradas por las gentes de bien, pero practicadas de tapadillo por todo aquel que tuviera alguna inclinación hacia ellas, y ya en los casos más desquiciados, leyes y mandamientos reprobaban y castigaban duramente todo descuido de la moral, pero a nadie le impresionaban tales leyes, de modo que desde nobles a villanos, pasando por menestrales e hidalgo, folgaban, jugaban y bebían con descaro y si el mínimo pudor.

Según este libro de José Deleito así era la España de Felipe IV, si no un lupanar, si un lugar en el que ni el Estado ni la Iglesia podían hacer mucho contra la vida licenciosa del españolito de la época. En realidad el Imperio se hundía, las señales de agotamiento de Castilla por su contribución casi exclusiva a las aventuras imperiales de los Habsburgo, de las que en realidad nunca se ha recuperado, eran evidentes, las demás coronas del Imperio hacían uñas contra el poder imperial... si la situación política y económica era complicada ¿quién iba a rechazar sus momentos de ocio a poco que se le presentaran?

De ese modo el adulterio, el putiferio y el pecado nefando estaban a la orden del día, hasta el punto que los aparentes cornudos pegaban a sus mujeres si no volvían a casa con unos buenos dineros tras engatusar al amante de turno. Eso da idea más que de la relajación moral del momento, de la mala marcha de la economía. La prostitución estaba no sólo reglada y ordenada, sino que las mancebías eran cosa común, e incluso perfectamente integradas dentro del orden social. Lo de la sodomía (practicada con entusiasmo, no obstante, por quien le pluguía) era otra cuestión, perseguida y castigada directamente con la muerte, incluso siendo el caso de practica conyugal y juguetona, estaba mal vista y no era raro el caso de la mujer que denunciaba al marido por ello.

Obviamente, tanta permanencia en cama ajena no podía por menos que generar toda una serie de lances de honor, cuchilladas y navajazos de lo más florido. La vida humana valía bien poco y, o se estaba atento, o se podía acabar en el arroyo lleno de agujeros y más muerto que vivo.

En lo que respecta al juego el español de la época no tenía parangón. A falta de tragaperras, los naipes, y casi cualquier cosa que fuera capaz de devolver un resultado más o menos aleatorio una vez lanzado al aire, eran objeto de timbas de unas proporciones desorbitadas, timbas que en perdiendo llevaban al marido a prostituir a la mujer y a la mujer a prostituírse a si misma, por no hablar de toda clase de desgracias y caídas en el abismo de lo más desagradable.

La picardía y el latrocinio eran también oficios comunes. Desocupados de todos los linajes, desde pecheros a nobles defenestrados, pasando por soldados licenciados y huidos de vaya a saber usted que mal paso, un enjambre de descuideros estaban al acecho de cualquier incauto poco avisado.

Notable es también comprobar como por la época Madrid era un poblachón, con sus cosas y la Corte, eso si, pero que donde más se acumulaba toda esta caterva era en las ciudades prosperas de la época, en especial Sevilla, terminal de los viajes de las Américas y en la, aunque por poco tiempo, se acumulaba la mayor parte de la riqueza del reino.

En realidad aunque según Deleito el retrato de aquella época era apocalíptico, en esencia nada ha cambiado, todavía hoy se siguen dando los mismo delitos, quizá con bastantes menos muertes violentas, pero el latrocinio, el juego y la rijosidad siguen siendo tan interesantes como entonces. Lo que realmente enseña este libro es que ni vivimos en una época especialmente degenerada, ni nuestros abuelos fueron unos santos.

© Francisco José Súñer Iglesias, (712 palabras) Créditos