Las aventuras del capitán Alatriste, 4
EL ORO DEL REY
EL ORO DEL REY Arturo Pérez-Reverte
Título original: ---
Año de publicación: 2000
Editorial: Alfaguara
Colección: ---
Traducción: ---
Edición: 2002
Páginas: 248
ISBN:
Precio: 8, 89 EUR

Lo difícil es pelear solo en la oscuridad, sin más testigo que tu honra y tu conciencia. Sin premio y sin esperanza. Ha sido un largo camino, pardiez. Todos los personajes de esta historia, el capitán, Quevedo, Gualterio Malatesta, Angélica de Alquézar, murieron hace mucho; y sólo en estas páginas puedo hacerlos vivir de nuevo, recobrándolos tal y como fueron. Sus sombras, entrañables unas y detestadas otras, permanecen intactas en mi memoria, con aquella época bronca, violenta y fascinante que para mí será siempre la España de mi mocedad, y la España del capitán Alatriste.

En los comentarios de los anteriores libros de la Saga de Alatriste he procurado, a la par que dar las claves mínimas de cada uno tomado por separado, analizar aspectos generales de toda la saga. En esta ocasión, me voy a centrar en los aspectos narrativos. Los libros de Alatriste, como buenas obras de aventuras, tienen una prosa viva y dinámica, en la que continuamente avanza la acción. Sin embargo, a Don Arturo le interesa que el lector se fije no sólo en lo que ocurre, sino en dónde ocurre, en la gran historia que hace de trasfondo a las peripecias del Capitán. Para ello nada mejor que narrar la historia desde el punto de vista de Íñigo, un personaje que la ha vivido en primera persona, y que la explica con la perspectiva que da la vejez. No se trata de un narrador separado de la escena, que necesitara recurrir a una nota erudita e interruptora cada vez que nos presentara un nuevo personaje o situación histórica, se trata de un tipo que sabe de lo que habla porque lo ha vivido, y que nos hace partícipes de ello, como si nosotros compartiéramos su experiencia, no con explicaciones o disertaciones históricas, sino con interjecciones: adelantos unas veces de lo que acabaría pasando, lamentaciones otras de lo que pasó. Logra así que lo que podría ser un pesado libro histórico se agilice, y necesite tantas, o tan pocas, explicaciones como una novela cuya acción transcurre en nuestra época; pero además logra algo más importante si cabe: la empatía, tanto hacia los personajes como hacia la misma época.

La elección del coprotagonista como narrador es a mi juicio otro gran acierto. Era necesario que fuera un personaje cercano a Alatriste el que narrara la historia; pero con ser cercano, no podía serlo tanto como para ser el propio Capitán. Pues, por un lado, tiene ese aura oscura cuya comprensión requiere no tanto identificación, como un cierto distanciamiento; y por otro, si en el Capitán son más importantes sus silencios que sus palabras, como Íñigo repite en varias ocasiones a lo largo de las novelas, difícilmente nos lo podemos imaginar con la verborrea suficiente como para llenar cinco libros (y dos más en proyecto) con sus hazañas. Lo cual sería, además, de una falta de humildad poco acorde con su carácter, que no por orgulloso deja de ser comedido.

Con este recurso, Pérez Reverte logra además un efecto muy interesante. Puesto que el narrador pasa de ser un niño a un hombre, nosotros, a través de sus ojos, pasamos de ver a Alatriste como un héroe sin mácula, aunque siempre lo rodee una cierta aura de malditismo, a verlo, a medida que crece Íñigo Balboa, como un hombre lleno de contradicciones y remordimientos. Decía, cuando comentaba el primero de los libros, que el Capitán se puede considerar una metáfora de España, y quizá sea éste uno de los puntos donde se aprecie con más crudeza. Su historia empieza en la época de Felipe II, en un imperio en el que no se ponía jamás el Sol, y acaba cuando, tras una larga decadencia de mucha sangre, hambre y dos reyes, en la Batalla de Rocroi, el Sol vuelve a ponerse.

En esta entrega, la acción transcurre en Sevilla, adonde se ha desplazado el rey con toda su corte, y donde, por diversos azares de las batallas, se encuentran Íñigo Balboa y Diego Alatriste. Allí, el Conde de Guadalmedina, de parte del propio Conde Duque de Olivares, propone una misión al Capitán. Olivares ha averiguado que el octavo Conde de Medina Sidonia, el padre del que luego pactaría con Portugal la secesión de Andalucía de la Corona Española, tiene tratos con los holandeses para desviar uno de los barcos cargados de oro que vienen de Indias. Vamos, la historia de siempre, que este pedazo de tierra no ha cambiado demasiado desde entonces. Todos intentan robar del Estado en proporción directa a la altura que ocupan, los más poderosos más, los menos, menos. Con la curiosa paradoja de que quien más roba en este orden, es decir la Corona, es quien más afectado se siente por los robos de los que están por debajo de él. El Capitán no se engaña a este respecto, sabe que va a jugársela por favorecer a un rey indolente y caprichoso, y a un valido ambicioso y soberbio; pero, pardiez, que la bolsa está llena y a nadie le amarga un dulce. Y en todo caso, mejor que el dinero vaya a parar a la Corona, y algo termine goteando sobre las sedientas bocas de los tercios, que luchan en todo el mundo precisamente para defender la posibilidad de que siga llegando; que a las manos de un particular que lo use única y exclusivamente en su propio beneficio.

Alatriste acepta, y se pone a buscar la que será su tripulación de asalto al barco. Esta parte del libro se hace de lo más interesante, con un Alatriste recorriendo las peores tabernas de Sevilla, e incluso la Cárcel Real, para reclutar a sus hombres. Entre éstos, acabará reuniendo a algunos de sus antiguos compañeros de guerra o prisiones, como su buen amigo Copons, o el viejo Bartolo Cagafuego; pero también a algunos interesantes, rudos y valentones personajes que no habían aparecido hasta ahora, a ver si os suenan: Todos lo tenían por hombre de leyes y letras amén de toledana, era conocido como Saramago el Portugués, tenía el aire hidalgo y mesurado, y se decía de él que despachaba almas por necesidad, ahorrando como un hebreo para imprimir, a su costa, un interminable poema épico en el que trabajaba desde hacía veinte años, contando cómo la península Ibérica se separaba de Europa y quedaba flotando a la deriva como una balsa en el océano, tripulada por ciegos. O algo así. Y otro más: y un jienense rubicundo, barbudo y sonriente, de cráneo afeitado y fuertes brazos, que tenía por nombre Juan Eslava, y era notorio rufián de cantoneras sevillanas –vivía de cuatro o cinco, y las cuidaba como a hijas, o casi –, lo que justificaba su apodo, ganado en buena lid: el Galán de la Alameda.

Y mientras todo esto ocurre, Íñigo Balboa vuelve a encontrarse con Angélica de Alquézar, y vuelve a caer en sus brazos y en sus garras. Su amor va dejando de ser la torpe idealización del niño para convertirse en la atracción fatal del adulto. Ya no se hace demasiadas ilusiones con respecto a la bondad de Angélica; pero, pese a todo, sigue siendo incapaz de odiarla.

La noche, el instante señalado para el abordaje, se acerca. Los hombres se aprestan a las armas. Uno casi puede sentir el leve chapoteo de las barcas acercándose al navío en las aguas tranquilas. Se han separado en dos grupos que entrarán por turnos. El primero de ellos ya casi alcanza la cubierta… Y aquí os he de dejar por no fastidiaros la novela.

Únicamente una cosa más, aunque en una primera lectura pueda dar la impresión de que el libro es todo acción, un relectura más atenta permitirá descubrir cómo se va definiendo cada vez más el carácter del Capitán, que a estas alturas, cuando llevamos siguiendo sus aventuras por varios cientos de páginas, se ha ido convirtiendo en un amigo, del que conocemos muchas cosas, y al que apreciamos, sin que esto signifique que lo debamos justificar en todas sus acciones.

© Raúl Alejandro López Nevado, (1.333 palabras) Créditos