Las aventuras del capitán Alatriste, 3
EL SOL DE BREDA
EL SOL DE BREDA Arturo Pérez-Reverte
Título original: ---
Año de publicación: 1998
Editorial: Alfaguara
Colección: ---
Traducción: ---
Edición: 2002
Páginas: 258
ISBN:
Precio: 8, 89 EUR

Ni siquiera había sol, sino un disco tibio que se movía perezosamente tras el velo de nubes. El lugar de donde procedían nuestros hombres cubiertos de hierro y cuero, que pisaban recio mientras añoraban para su coleto los cielos claros del sur, estaba muy lejos; tan lejos como el fin del mundo. Y esos soldados rudos y soberbios, que de semejante modo devolvían a las tierras del norte la visita recibida siglos atrás, a la caída del Imperio Romano, se sabían pocos y a distancia de cualquier paisaje amigo.

Decía don Manuel Nicolás Cuadrado, comentando CABO TRAFALGAR en esta misma sección, que es un libro que intenta acercar al lector a lo que se siente cuando un buque de 2.000 toneladas y 76 cañones descarga a 20 metros de distancia toda su metralla y barre toda la cubierta del barco enemigo, con todo lo que hay dentro, y vive Dios, que tiene razón. Pues bien, si CABO TRAFALGAR es el libro de las luchas en el mar, EL SOL DE BREDA lo es de las guerras en tierra. A través de él, penetramos en la fría niebla holandesa para saber cómo se sentía un soldado de infantería, un miembro de los viejos tercios de Flandes, cuando entraba a sangre y fuego en combate, o cuando, más habitualmente incluso, se dedicaba a sobrevivir como podía en un entorno hostil, frío y húmedo, con apenas comida y sin pagas (y es que la congelación de sueldos debe de ser algo endémico en esta tierra nuestra)

Ésta es la entrega más atípica de la SAGA DE ALATRISTE. Todo transcurre lejos de España, de modo que muchos de los personajes que ya vienen siendo habituales de los otros dos libros, Conde Duque de Olivares, conde de Guadalmedina, Ángelica de Alquézar, Caridad la Lebrijana, Saldaña, etc. no aparecen. Y si lo hacen, como es el caso de Quevedo, es indirectamente, a través de cartas. La acción se centra en Alatriste y en Íñigo, que han marchado a Flandes siguiendo el consejo del Conde Duque de quitarse de en medio una temporada; pero también en sus compañeros de batallón, el vascongado Mendieta, el malagueño Curro Garrote, los hermanos portugueses Olivares, el gallego Rivas, y sobre todo, Sebastián Copons un aragonés pequeño, reseco y duro como la madre que lo parió que sabe guardar con sus silencios la amistad fiel del Capitán.

Para hacernos una idea cabal de lo que ocurre en este libro, pensemos en La Rendición de Breda, el cuadro de Diego Velázquez, pintado en 1635, también conocido como Las Lanzas, por la gran cantidad de ellas que se observan en el fondo del lado español. En esta obra se representa la firma de la rendición de la ciudad de Breda, defendida por Nassau, ante los tercios españoles, conducidos por Spínola. Tras un largo asedio, y una resistencia heroica, los defensores acabaron capitulando el dos de julio de 1625. Fue una rendición honrosa en la que se permitió a los derrotados salir en formación militar con sus banderas al frente. Los holandeses fueron respetados y tratados dignamente como caballeros; y ahí está, para inmortalizar el momento en que Nassau y Spínola se encuentran, el lienzo de Velázquez, donde se puede apreciar ese gesto del holandés que va a hincar la rodilla al suelo, y el italiano, que lo detiene: No, hombre, Sr. Nassau, aquí estamos entre caballeros, faltaría más. Supongo que ya lo tenéis todos en mente, la imagen aséptica del trabajo bien hecho, siguiendo las reglas del juego, sin que se pueda intuir la guerra más que como unas leves turbulencias al fondo. El propio Íñigo, bajo cuyos consejos Velázquez fue añadiendo aquí y allá algunos detalles, reconoce que aquella imagen, en el pincel de uno de los mejores pintores de todos los tiempos, tiene todos los atributos para pasar a la posteridad. Aunque sea falsa. O mejor, no acabe de ser sincera con nosotros, faltan: el orgullo insolente de los vencedores, y el despecho y el odio en los ojos de los vencidos; la saña con que nos habíamos acuchillado unos a otros, y aún íbamos a seguir haciéndolo, sin que bastasen las tumbas de que estaba lleno el paisaje del fondo, entre la bruma gris de los incendios. Faltan la sangre y la muerte que igualan en la barbarie a todas las guerras, y que no cabe olvidar, por respeto a los muertos, y a nosotros mismos, a nuestra propia dignidad.

Luego está la narración, el propio libro. Ahí, me parece sencillamente impresionante cómo Pérez Reverte logra que uno pueda percibir ese sentimiento de nostalgia contenida, desidia, pasión y mala leche de los personajes. Hay una parte de este logro que se debe, sin duda, al buen hacer literario de su pluma, o de su teclado; pero creo que hay otra parte, más importante aún, que obedece a su experiencia en las guerras de medio mundo. Siguiendo con el ejemplo pictórico, Velázquez ha dejado de lado toda esa suciedad de la guerra, que no estaba bien visto mostrar en el s. XVII; pero otro de los grandes, Goya, que contempló la guerra contra el francés, no se arredra, y pinta el horror como sólo un hombre que lo ha visto puede pintar. Hay una escena, no me resisto a contarla, en la que Íñigo, tras una gran masacre donde se ha dejado llevar por el miedo y el ansia de sangre a partes iguales, se encuentra con un hombre tirado, desangrándose en mitad de una casa, y por un instante, el muchacho siente que aquel hombre debe de tener a alguien esperándolo, una madre, una novia tal vez, que debe guardar los recuerdos de una niñez de juegos en aquellos campos, que estaba luchando, cojones, por proteger a sus hermanas, y a los hijos que habrían de venir. Íñigo lo escucha murmurar para sí unas palabras ininteligibles en flamenco, y sabe que aquel hombre es exactamente igual que él, mejor incluso, puesto que ha luchado por defender su hogar, y su forma de vida, mientras que él no es más que un jodido invasor que no acaba de comprender qué está haciendo allí. Íñigo corre a buscar a Alatriste para que lo ayude en el socorro. El capitán está con Copons, su fiel amigo. Los dos hombres parten tras él, y al encontrarse con el holandés echado en el suelo, agonizando, lo contemplan un instante, y le atraviesan el corazón con el acero. Íñigo se siente horrorizado; Alatriste no intenta defenderse, tan sólo le dice: Cuando llegue el momento, ruega a Dios que alguien te lo haga a ti.

A mí toda esta sobrecogedora escena me recuerda a una imagen de otro libro de Pérez Reverte, TERRITORIO COMANCHE. En este caso es un cadáver (serbio o croata, qué importancia tiene) que yace tirado a un lado de la carretera. Tal vez alguien lo esté esperando, y no sabe que aquél por quien ruega es ahora una masa de carne que se pudre en un camino. Todos los muertos son iguales, dice Pérez Reverte una y otra vez en este libro, da igual su credo, raza, nacionalidad, o su instante histórico, todos iguales, los de la última guerra de Irak, y los que morían en Flandes hace casi cuatro siglos.

© Raúl Alejandro López Nevado, (1.208 palabras) Créditos