Las aventuras del capitán Alatriste, 1
EL CAPITÁN ALATRISTE
EL CAPITÁN ALATRISTE Arturo Pérez-Reverte
Título original: ---
Año de publicación: 1996
Editorial: Alfaguara
Colección: ---
Traducción: ---
Edición: 1996
Páginas: 484
ISBN:
Precio: 15 EUR

No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Se llamaba Diego Alatriste y Tenorio, y había luchado como soldado de los tercios viejos en las guerras de Flandes<.

Así empieza el primer libro de las AVENTURAS DEL CAPITÁN ALATRISTE de Arturo Pérez Reverte, y vive Dios que es un buen comienzo. Deja a las claras, desde el principio, con el personaje con quien nos las habremos de ver. Un tipo que no posee las virtudes del héroe clásico, que no es incorruptible, pues ya está en esa parte de abajo en la que la derrota hace relativizar algunas virtudes morales; pero que pese a todo, posee las mayores virtudes que un hombre como él, soldado y espadachín a sueldo según toque, ha de poseer. Por otro lado, el había luchado en los tercios viejos en las guerras de Flandes nos lo sitúa espacial y temporalmente. Hablamos de un español, y de un momento en el que éstos luchaban en Holanda, por mantener los territorios, es decir, del s. XVII. Creo sinceramente, si me permitís dejarme llevar por el entusiasmo un momento, que sólo por este principio ya merecería la pena adentrarse en las novelas de Alatriste; pero es que además son enjundiosas.

La novela posee varias lecturas, y en una de ellas, no por más sutil menos importante, Alatriste es una hermosa, y trágica, metáfora de España. Esa España del s. XVII, en la que transcurre la historia; pero también esta España nuestra, en la que tan pocas cosas han cambiado, la misma del cuadro de Goya en el que dos gañanes, hundidos en el fango hasta las corvas, se siguen dando garrotazos el uno al otro; o la mismísima del Cid, ése ¡Dios que buen vasallo! ¡Si hobiese buen Señor Esa España, más que madre, madrastra, como se irá repitiendo en toda la saga, que paga a sus mejores hijos con el olvido.

Pero no nos dejemos engañar por este primer párrafo, los libros de Alatriste son fundamentalmente novelas de aventuras, y como tales han de ser leídos. Pérez Reverte hace con la España del s. XVII, la de Felipe IV y el Conde Duque de Olivares, lo mismo que Alejandro Dumas había hecho con la Francia de Richelieu y Luis XIII. Ambos aprovechan un momento lo suficientemente lleno de acción de sus respectivas patrias, para mezclar en él personajes reales y ficticios. Con la salvedad de que, por mucho que les moleste a nuestros vecinos de arriba, donde no se ponía el Sol, y donde se concentraba uno de los mayores números de genios por metro cuadrado de la historia, era aquí. De modo que lo sorprendente no es que Pérez Reverte tome esta referencia histórica, sino que se haya tenido que esperar hasta casi el s. XXI para que un novelista capaz se haya decidido a afrontar el reto de hacer con nuestro s. XVII, lo que Dumas hizo con el suyo.

Sin más preámbulos, vayamos a la historia propiamente, y en un alarde de genuina e inusitada originalidad por mi parte, permítaseme que empiece por el principio del primer libro. El capitán Diego Alatriste, que en realidad no es capitán más que de mote, ganado, eso sí, por demostrar su valor en batalla, regresa de las Guerras de Flandes con la promesa de cuidar del hijo de su amigo muerto en batalla Lope Balboa. Está en la Taberna del Turco, con algunos compadres, entre ellos, ni más ni menos que el mismísimo Francisco de Quevedo y Villegas (poeta y espadachín con muy mala leche) cuando Martín Saldaña, antiguo compañero y teniente de alguaciles, le hace un encargo: A tal hora en tal sitio, que tienes un trabajito de los que alegran la bolsa. Alatriste acude a la cita, donde se encuentra con un italiano malcarao, Malatesta por más señas, que luego resulta ser su compañero de misión. Los recibe un tipo enmascarado, que los lleva a ambos hacia otro tipo, también enmascarado, pero más grandote y con aspecto de poderoso. Éste les dice que el trabajito consiste en pegarles un buen susto a dos guiris que entrarán en Madrid de noche y a escondidas, y pone unas monedas de oro sobre la mesa. El asunto parece claro; pero Alatriste sospecha… demasiado buena bolsa. Desaparece el segundo enmascarado; pero el primero les dice que no se muevan que aún no han concluido. Es entonces cuando sale de entre las sombras, éste ya sin máscara, fray Emilio Bocanegra, presidente del Santo Tribunal de la Inquisición, y a Alatriste lo acometen los peores temores. El fraile les dice que, frente a lo que les había dicho el anterior, no deben asustar simplemente a los guiris, sino hacerles un par de buenos agujeros, y librar a la verdadera religión de dos herejes. Al italiano, le acomoda la nueva situación, y más porque el fraile ha aumentado el pago; pero Alatriste sospecha que es demasiado dinero por matar a unos supuestos don nadies. Con todo, llega la noche, y los dos espadachines esperan a que aparezcan los extranjeros. Aparecen, uno para Malatesta y otro para Alatriste. Pero el de este último empieza a gritar, con voz vacilante y destimbrada Cuartel, cuartel para mi compañero, y ya la tenemos liada, pues el bueno de Alatriste, que pese a trabajar de matón a sueldo es un tío muy noble, decide que aquellos herejes, por muy enemigos de la religión que sean, los tienen lo suficientemente bien puestos como para merecer vivir.

No explico mucho más, porque no quiero quitar a los lectores la posibilidad de saborear las sorpresas que el libro depara más adelante. Tan sólo decir que mientras el Capitán se está metiendo en un buen lío, su escudero se está enamorando locamente de una niña muy mona; pero con muy mala uva, que habrá de ir cobrando más y más importancia, aunque ya la tenga en esta novela, a medida que avanza la saga. Y todo esto, inmersos en un desfile impresionante de algunos de los personajes más importantes de la época: Quevedo, el Conde Duque de Olivares, Lope de Vega, Carlos Estuardo, el Marqués de Buckingham, o el mismísimo Felipe IV.

En fin, que me place recomendarlo, pues se trata de un libro de esos que hace que uno se sienta verdaderamente transportado, y no pueda dejar de leer hasta el final.


Notas

CANTAR DEL MÍO CID, 3, 20.

© Raúl Alejandro López Nevado, (6 palabras) Créditos