EL CABALLERO INEXISTENTE
EL CABALLERO INEXISTENTE Italo Calvino
Título original: Il cavaliere inesistente
Año de publicación: 1959
Editorial: Bruguera
Colección: Libro amigo, nº 668
Traducción: Francesc Miravitlles Salvador
Edición: 1985
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Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, caballero de Selimpia Citerior y Fez, no existe. O eso al menos barruntan sus compañeros de armas porque el desolado interior de su yelmo vacío no puede hacer pensar otra cosa. Pero Agilulfo existe de la única manera en la que la existencia es indiscutible; por la propia fuerza de la voluntad.

No es el de Agilulfo un deseo vacuo, no quiere existir por el mero hecho de que la existencia tenga una significancia especial, Agilulfo quiere existir porque es en la existencia donde se reafirma su propio ser... que no es. La existencia etérea de Agilulfo es, por lo demás, irritante. Como la única pasión humana que exhibe es precisamente ese mismo afán de existencia, todo lo demás se convierte para él en un reto para llegar a la suprema humanidad, que confunde con suprema perfección. Todo lo que hace, dice, recomienda y responde está sujeto a las más altas cotas de excelencia. Así, entiende la vida militar como un incesante cumplimiento de las ordenanzas, su condición de caballero implica que las reglas de la Caballería son respetadas hasta la última coma, incluso como amante resulta sobresaliente... tanto que a las damas la experiencia les resulta tan excitate que incluso se olvidan de que han yacido con una armadura vacía sin mediar ayuntamiento carnal.

En fin, que Agilulfo acaba por ser un tipo que incordia a todos y al que todos odian, cordialmente, eso si, puesto que al menos se hace cargo de las tareas menos gratas del campamento de Carlomagno.

Sin embargo, la sobria felicidad de Agilulfo se ve ensombrecida por una revelación; bien pudiera ser que su condición de caballero andante haya sido ganada en circunstancias engañosas, lo que conllevaría ser despojado de su condición y por ende vaciar de contenido, si es que se puede decir así, su férrea voluntad de existencia. Acompañado pues de su herrático escudero Gurdulú, en justo contraste con su señor, personaje carnal donde los haya, y perseguido por la guerrera Bradamante, enamorada no de la armadura, sino del ideal que contiene, parte a tierras sarracenas para intentar aclarar que o quien puede arrebatarle su condición de caballero.

La prosa de Calvino, invariablemente, es irónica. Presenta a los caballeros del ejército de Carlomagno como una pandilla de vividores más preocupados de las cartas, el vino y las mujeres que de batallar y campear por la cristiandad. Por ello es tan poco bien recibido Agilulfo, porque les recuerda a cada paso, con cada ademán, la deshonra que suponen para su cofradía.

A excepción del propio Agilulfo, que ya lo ha encontrado, todos los personajes de la novela buscan su destino, Bradamante su hombre ideal, que encuentra en Agilulfo, aspirantes a caballeros ansiosos por conseguir fama y fortuna, infanzones en busca de venganza, Gurdulú siempre ansioso por comer y si puede fornicar. Todos ellos van encontrando lo que buscan, algunos rebajando sus expectativas, otros más de lo que esperaban.

Finalmente, Agilulfo es el único que aún estando donde quería estar, acaba siendo desdeñado y relegado, porque hay cosas para las que la simple voluntad no basta. Un poco de suerte nunca está de más.

© Francisco José Súñer Iglesias, (534 palabras) Créditos