AL FIN JUNTOS
por David Moñino Bermejo

Laureano aún no había llegado al pueblo cuando escuchó el repique del campanario. Iba acompañado por su fiel perro lobo, Pebo. Laureano se ayudaba con el bastón, y en la otra mano llevaba la cesta de mimbre con las setas encontradas. El ambiente del día había sido propicio, con las nieblas matutinas y el gris de un cielo encapotado y amenazador.

Las campanas seguían marcando el ritmo. Era extraño porque, a pesar de que había visto pasar muchos curas por Cercedilla en sus sesenta y siete años de vida, sabía de sobra que ahora no había ninguno gastando sacristía en el pueblo. Por no haber no había ni feligreses, pues sólo quedaba él, y a decir de verdad, nunca había sido muy creyente.

Mientras seguía escuchando el eco de los badajos golpeando contra el bronce, caminó resuelto a llegar cuanto antes a la iglesia, cuya torre fue lo primero que vio al empezar a descender el cerro. Recordó su despedida con el padre Francisco.

—Laureano, piénsalo hombre. Aquí ya no queda nadie. Vete a la ciudad y gasta tus ahorros en compañía de otros como tú —le había dicho el sacerdote—. Hay buenas residencias, y yo podría interceder por ti en algunas de ellas.

Laureano le había abierto la puerta del viejo Skoda familiar.

—Se lo agradezco, don Francisco. Pero he nacido en Cercedilla, y en Cercedilla he de morir.

—Está bien. Como quieras. Que tengas mucha suerte.

Esas fueron las últimas palabras que oyó de un ser humano. De eso hacía ya cinco largos años.

El pueblo ya estaba degradado por aquel entonces, pero cinco años eran suficientes para hacer aún más estragos en sus piedras descuidadas. Algunos tejados se habían hundido en la casas, sus paredes estaban verdes de humedad, y la maleza se había adueñado de sus calles. Apenas quedaban en pie algunas viviendas, el ayuntamiento, la casa de Laureano —que reparaba diligentemente casi a diario— y la iglesia, que seguía entonando los repiques con ecos fantasmagóricos difuminándose entre la espesa niebla.

Al llegar a la plaza, pisoteando los yerbajos, que habían crecido mucho desde la última vez que pasó por allí, vio la fuente desde la que ya no salía agua. Estaba escoltada por enormes cardos verdes que estarían resecos cuando llegara el verano. La iglesia estaba justo delante, y las baldosas de la acera estaban resquebrajadas delante del enorme portón de madera, que vibraba con los campanazos. Pebo hizo un gañido lloroso y se plantó bajo una talla de la puerta, sobre sus cuartos traseros.

—No te preocupes, viejo amigo —le dijo al perro—. No te haré entrar ahí si no quieres, pero yo debo hacerlo.

Como si el animal le hubiera entendido, se recostó con las patas delanteras debajo de su hocico, mirando a su dueño con tristeza; a la manera de los perros.

Laureano empujó la puerta con la punta del bastón. La penumbra del interior y el olor a madera vieja y húmeda de los bancos, largo tiempo descuidados, le devolvió el eco del chirrido de unos goznes desengrasados. Un viento frío le rozó la cara levantando sus canas despeinadas. Dio un paso introduciéndose en unas tinieblas desgarradas por la poca luz que los altos ventanales dejaban pasar. Finos hilos blancos, llenos de minúsculas motas de polvo, se estrellaban en las columnas de piedra desde los vidrios de colores que coronaban lo más alto de las paredes laterales. El sonido de las campanas se esfumó con un último eco que resonó en el ambiente interior.

El anciano miró hacia el techo descascarillado y la cúpula, imitación de un Miguel Ángel llena de ángeles pálidos y desplumados, le devolvió la tristeza del paso del tiempo. No se atrevió a cruzar el pasillo central, que estaba presidido por un Cristo de madera que amenazaba con desprenderse de una cruz plagada de termitas.

Inició un paseo por el lateral, atemorizado por santos que parecían mirarle sobre candelabros interminables de velas a medio consumir. Sus pies le guiaron despacio hasta la puerta de la sacristía, que permanecía abierta y a punto de salirse de sus goznes.

Entonces los vio; por el rabillo del ojo. Los bancos estaban llenos de gente que le miraba. Reconoció a algunos de ellos –antiguos compañeros de colegio, viejos vecinos, familiares...–, y los demás llegaron poco a poco desde sus recuerdos. Su mujer, Aurora, que había fallecido de un cáncer de colon hacía casi quince años, se dirigió a él:

—Laureano, querido, ¿cuándo vas a comprender? Hace mucho que deberías haberte unido a nosotros.

El anciano comenzó a llorar, sin saber muy bien si era de miedo o de tristeza.

—No sois reales… —murmuró—, no podéis estar aquí. ¡Estáis muertos!

—Somos tan reales como tú mismo, cariño —le contestó ella con dulzura.

Laureano podía ver el resto de la gente a través de ella, pero no sintió caer las lágrimas que abrasaban sus ojos y su corazón.

—Debes comprender, Laureano —dijo don Sebastián, el párroco que le dio la primera comunión, y que también había fallecido cuando él aún era joven—. Estamos encadenados, aquí, esperándote. Tienes que desprenderte de tu envoltorio mortal. Hasta Pebo se ha dado cuenta, y pugna como tú para mantener su carne putrefacta; sólo por hacerte compañía. Libérate...

—¡No! No sois reales —gimió Laureano, cayendo arrodillado, llevándose las manos a la cara—. ¡No estoy muerto! Aún no...

Los espectros le fueron rodeando poco a poco, sin llegar a tocarle. El fantasma de Aurora se arrodilló junto a él.

—Es la hora, cariño. No sabes cuánto ansío abrazarte de nuevo —el anciano se fijó en que su mujer muerta mantenía la belleza de su juventud, y la echó de menos—, pero no puedo hacerlo hasta que aceptes.

Laureano dejó de tener miedo, con la llegada de la comprensión. Les miró a todos a la cara, y luego miró sus manos, que no tenían uñas, y cuyos dedos dejaban entrever huesos blanquecinos y cartílago.

—Te estás aferrando a una vida sin vida —oyó decir a su madre, también joven, como cuando él era niño—. Acepta la muerte. Libérate y libéranos.

Laureano sonrió, sintió revitalizarse y se levantó sujeto a las manos insustanciales de Aurora. Dio un paso hacia delante y empezó a verles más opacos. Desapareció ese cansancio que venía sintiendo desde hacía algún tiempo, y que achacaba a la vejez. Dio un paso más y sintió la suavidad de las manos de su mujer. La vio tal y como la recordaba. Luego oyó un ruido sordo tras él. Miró por encima de su hombro y vio a un Laureano decrépito, apenas sin piel sobre los huesos, algunos de los cuales se dejaban entrever en su cara, junto a sus labios agrietados. Sintió algo parecido a la liberación.

Una luz de extremo fulgor, que no dañaba los ojos, empezó a crecer bajo la cúpula de la iglesia. Un ladrido de satisfacción hizo resonar nuevos ecos en las paredes de piedra. Era Pebo, su perro, que ahora era joven y vigoroso de nuevo, pues no era su cuerpo lo que veía, sino su espíritu en todo su esplendor.

Todos los espectros, incluido él mismo, comenzaron a elevarse hacia la luz, y lo último que oyó, en nuestro mundo mortal, fue la voz de Aurora:

—Al fin juntos.

© David Moñino Bermejo, (1.208 palabras) Créditos