Esta novela de Javier Casis sufre de mal de altura. El estilo cuasi preciosista de ése autor riojano se adapta mucho mejor al relato breve que a la extensión de CARTAS MUERTAS, que sin ser uno de esos interminables volúmenes que inundan el mercado editorial, requiere una mayor atención sobre el ritmo, desarrollo y construcción de personajes antes que, y obviamente sin descuidarlo, sobre los aspectos estilísticos que sin pretenderlo pueden llegar a hacerse protagonistas de la narración.
La novela trata del robo de varias cartas del Palacio de Comunicaciones (la antigua sede de Correos en Madrid) y su aparición, misteriosamente escalonada, en el mercado de anticuario de la capital. Estas cartas comprometen de alguna manera la memoria de varios ilustres personajes de finales del siglo XIX y principios del XX, e involucran en una trama de extrañas ramificaciones a los Charles, una familia acomodada, a Luis Aguirre amigo, y algo más, de la familia, una misteriosa sociedad secreta cordobesa, al inefable anticuario Calavia y su pléyade de eruditos colaboradores y a toda una serie de personajes que van del patetismo más descarnado al papel de meros comparsas de postín.
La novela abunda en referencia cinéfilas y literarias, bien integradas en ocasiones, demasiado forzadas en otras. Particularmente no es una cuestión que me agrade, las referencias metaliterarias ya resultan bastante pesadas en los escritos de críticos y opinadores (a veces es difícil saber de que obra se está hablando) y si bien en la pura literatura pueden ayudar a situar el marco cultural, hacerlas parte de la narración llega a desviar la atención del verdadero objetivo de la misma.
También tiende Javier Casis a ser demasiado autoindulgente a la hora de atar cabos y cerrar situaciones, pidiendo de forma explícita al lector que sea el mismo quien complete a su gusto hilos y situaciones. Una insinuación, una breve pincelada, serían suficientes para zanjar cualquier cabo suelto de la narración.
En cuanto a la historia queda un tanto desdibujada entre las citas y las medias palabras. En esencia, no queda demasiada clara la importancia real de las cartas, se acaba evocando la memoria de los muertos y vagas invocaciones al buen clima cultural y social para volver a sepultarlas en el olvido. No convence tanta prudencia a cien años vista, y quizá una historia en la que la misteriosa sociedad secreta se hubiera visto en más peligro de ser descubierta de lo que se apunta en la novela y, por razones obvias, en la necesidad de una mayor aún contundencia a la hora de actuar, hubiera dado a la novela otro aire mas propiamente novelesco.
Los personajes, como es habitual en los escritos de Javier Casis, son personas instruidas y educadas, refinadas y amantes de las cosas bellas y las exquisiteces, en las que se detienen demasiado a menudo distrayendo el devenir de la narración. Incluso el más humilde de ellos resulta ser un experto en varias cuestiones que van desde la electrónica a la cinematografía, destacando entre todos, como es habitual, el librero y anticuario Calavia, rodeado siempre por sus libros únicos y especiales.
En definitiva, una novela que se queda un tanto corta en cuanto a las expectativas creadas respecto al impacto del contenido de las cartas, y demasiado lastrada por las cuestiones referidas.
Javier Casis Arín