LA REBELIÓN DE LOS TÁRTAROS
LA REBELIÓN DE LOS TÁRTAROS Thomas De Quincey
Título original: Revolt of Tartars
Año de publicación: 1837
Editorial: Alianza
Colección: El libro de bolsillo, nº L 5672
Traducción: Luis Loayza
Edición: 2005
Páginas: 103
ISBN:
Precio: 6 EUR

Éste libro (de muy corta extensión, originalmente se trataba de un artículo) cuenta un episodio histórico que no por absurdo deja de ser menos épico, en enero de 1771, los tártaros calmucos, súbditos de la entonces todopoderosa Catalina la Grande, iniciaron un viaje a través de la estepa rusa que los llevaría hasta la mismísima Gran Muralla china, donde serían acogidos por el entonces emperador Kien Long.

Las razones para que trescientas mil personas, que hasta entonces no habían tenido mayores problemas viviendo bajo el poder de los zares rusos, arrasaran tus tierras y viviendas e iniciaran un camino que casi les llevaría el desastre hay que buscarlo en una rígida estructura social, en la que le mandato de Khan era palabra sagrada y en las frustraciones personales de algunos miembros de su corte, que con tal de colmar sus más íntimas pretensiones, maquinaron una gigantesca conjura que obligó al joven Khan a movilizar a su gente estando a punto de lograr su aniquilación.

Lo sorprendente de éste artículo de Thomas de Quincey, aparecido en 1837 en la revista Blackwood´s Magazine es que se trata de una narración completamente inventada. Aparentemente, las únicas referencias del suceso a las que pudo tener acceso De Quincey fueron una nota a pie de página de DE LA DECADENCIA Y CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO, que hacía referencia a las memorias de unos misioneros jesuitas en China, y al libro de un viajero alemán que también relató la misma historia. De Quincey no se documentó más y todo el relato de la penosa odisea de los tártaros calmucos es producto de su imaginación.

Desde luego capacidad de fabular no le faltaba a De Quincey, el viaje es descrito con gran lujo de detalles, la persecución por parte de las tropas zaristas y sus aliados se relata minuciosamente, incluso la batalla final, a las puertas de la frontera china, no ahorra detalles escabrosos ni escenas drámaticas.

Que ya hace casi doscientos años De Quincey fuera capaz de escribir la crónica de un hecho del que apenas se tenían noticias, habla de la poca confianza que en general se puede tener de los transmisores de información. Ya no es que en el proceso de describir y documentar se produzcan inevitables deformaciones u omisiones, cosa lógica cuando no se ha sido testigo presencial y hay que discernir la verdad entre múltiples versiones del mismo hecho, es que el oficio de periodista parece que siempre ha estado bajo la sospecha de los rellenos de las lagunas de información, esos fragmentos de noticia que enlazan unas escenas con otras y que sólo se pueden considerar como obras de una imaginación interesada. No hay más que comprobar hoy día lo divergentes que son las versiones radiofónicas y televisadas de los acontecimientos deportivos. Lo que el espectador escucha por la radio resulta en demasiadas ocasiones poco fiel a lo que ve en su televisor. Ni siquiera la imagen se ve libre de esta curiosa manía por reinventar la realidad. El descubrimiento de imágenes y fotografías robadas trucadas, y/o descritas fuera de contexto no son algo que extrañe ya a nadie.

No creo que De Quincey sea un pionero en inventar la realidad (no hay más que leer LA GUERRA DE LAS GALIAS para encontrar antecedentes), pero lo que si demuestra es que el estudio de la historia (y de la realidad del momento) nunca debe hacerse fiándose de una única fuente.

La tentación de convertir la realidad anodina en literatura atractiva es demasiado fuerte.

© Francisco José Súñer Iglesias, (584 palabras) Créditos