NO LES DEBEMOS NADA
por El padre Mapple

Ya vimos hace dos semanas como la reciente controversia sobre la retirada de las tropas de Irak y la indignación que ha provocado en la derecha española no es nueva. Sus insultos, sus argumentos vacíos, sus mentiras históricas y sus contradicciones tampoco lo son. Algunos de los despropósitos utilizados como armas dialécticas podrían situarse en el ranking de estupideces más repetidas en el último siglo, y sin duda en el flamante número uno estaría lo que podríamos llamar la deuda del pueblo español con Estados Unidos. Según pregonan voceros de la derecha como Federico Jiménez Losantos o Jaime Campmany (aquellos que adoctrinan sobre las cosas que los políticos del PP no pueden o no se atreven a decir en público), España debe mantenerse contra viento y marea bajo la férula de Estados Unidos, ya que esta gran nación libró a Europa del Comunismo y de los movimientos nazi-fascistas, y sólo gracias a los desvelos de la administración USA y la fuerza militar de los marines se mantiene la democracia en Europa. Así, España actúa contra sus intereses situándose en posiciones críticas con nuestros socios yankees, ya que cuando necesitemos de su ayuda, nos pasarán factura.

Cuando el entonces presidente del gobierno José María Aznar, se reunió en las Azores con George W. Bush y Tony Blair, estaba haciéndose una foto que la derecha nunca le agradecerá bastante, por cuanto suponía la realización de su viejo sueño de convertir a nuestro país en una colonia libre asociada a Estados Unidos, al estilo puertorriqueño. Por otro lado, el terrorismo de ETA era uno de los ejes de la política del PP, y se vendió aquella posición como un mal necesario para conseguir la colaboración de Estados Unidos en la lucha antiterrorista. No olvidemos que para gran parte de la opinión pública de EE.UU., tanto da decir País Vasco como Irlanda, y ETA como IRA. En los dos casos, se trata para los yankees de patriotas que luchan por sacudirse el yugo de la tiranía de la Vieja y Absolutista Europa.

Pero estamos adelantando acontecimientos. La larga historia de amor entre España y Estados Unidos, el inicio de esa famosa deuda histórica, está en 1776. Por aquel entonces, las trece colonias norteamericanas del Imperio Británico se rebelaron contra la metrópoli conducidas por las ideas de la Ilustración, sí, pero sobre todo inspiradas por el deseo de todo privilegiado de no pagar impuestos que puedan revertir en individuos o clases sociales no productivas.

(Aprovecho para recomendarles la lectura de LAS AVENTURAS DEL SARGENTO LAMB y ÚLTIMAS AVENTURAS DEL SARGENTO LAMB, de Robert Graves, obras en las que se narra la Guerra de Independencia desde el punto de vista de un casaca roja.)

Si han visto una vergonzante película de Roland Emmerich titulada EL PATRIOTA, recordarán el personaje de un militar francés que acompaña a los milicianos en su guerra de guerrillas. Efectivamente, Francia colaboró con los rebeldes enviando tropas, dinero y logística, por la sencilla razón (no seamos ingenuos) de que apoyar a las trece colonias era debilitar al Imperio Británico, y ya saben que los enemigos de mis enemigos son mis amigos. Los americanos nunca han olvidado aquella ayuda, como demuestran en sus películas una y otra vez. Sin embargo, sí que olvidaron pronto, los muy tunos, que España, a la sazón gobernada con experiencia y oficio por Carlos III, también contribuyó con su granito de arena a la construcción de Estados Unidos. Por aquel entonces, como bien saben los lectores de Patrick O'Brian, la isla de Menorca estaba en manos inglesas (ahora es de los jubilados alemanes), y con sólo mencionar a la Pérfida Albión se provocaban las reacciones más viscerales. Por los mismos motivos que nuestros vecinos franceses, los españoles decidimos que enviar armas y hombres a aquellas colonias, que habían dejado vacías las cárceles y las casas de putas de Inglaterra, era beneficioso para nuestros intereses. ¿Por qué? Pues porque los piratas ingleses o pagados por ellos llevaban muchos años cebándose en nuestras colonias, y además el pacto de familia con los borbones franceses obligaba. Eso venció las reticencias iniciales del rey y Floridablanca a prestar apoyo a quienes, al fin y al cabo, se rebelaban contra la autoridad real.

El principal protagonista de las hostilidades contra los ingleses fue don Bernardo de Gálvez, gobernador español de la Luisiana; entre 1779 y 1782, Gálvez invadió la Florida, levantó a las tribus indias contra los ingleses y consiguió varias victorias conquistando fuertes enemigos con la ayuda de los barcos de don José Solano, gobernador de Cuba. La batalla de Pensacola, tomada a los ingleses por tropas españolas fue una de las más sonadas. Ya ven, nosotros no nos meábamos encima al ver a los casacas rojas, como Mel Gibson en EL PATRIOTA. España también contribuyó recaudando dinero en sus colonias (el famoso fray Junípero Serra ordenó contribuir a todos los españoles e indios) para el sostenimiento de las tropas rebeldes, seriamente desgastadas en una guerra contra un enemigo tan poderoso como Inglaterra.

Aquella inestimable ayuda, olvidada pronto, nos supuso recuperar Menorca, aunque no fue posible la devolución de Gibraltar.

Pronto olvidó la joven nación americana aquella contribución. En su imparable expansión hacia el Oeste, la poca gratitud que pudieron haber sentido entró en conflicto con la apetencia de las posesiones de la Corona. Tan pronto como en 1790, Estados Unidos comenzó a levantar a la población contra España. Sin embargo, para aquel entonces, Francia vivía en plena efervescencia revolucionaria, y el rey tenía los ojos puestos en la frontera con los Pirineos y no en América. El tratado de San Lorenzo de 1795 acabó con las hostilidades, pero en la práctica suponía una victoria norteamericana, por cuanto se cedía la orilla oriental del Missisipi y se ponía principio al fin de la Luisiana española. Por cierto, cuando Godoy intentó negociar con los americanos el pago de las deudas de guerra con España, los americanos se mostraron muy poco dispuestos a ello. Sí, no cabe duda de que hay una deuda histórica entre España y Estados Unidos, pero por mi honor que no somos nosotros los morosos.

Sigamos. Estados Unidos no iba a conformarse con aquello. En 1812, las tropas norteamericanas invadieron la isla de Amelia y la Florida española, en una de esas aventura militares ilegítimas que tanto gustan a los yankees. Las sucesivas incursiones americanas culminaron en la venta del territorio en 1819.

El siguiente episodio de esta historia de amistad y cooperación nos lleva hasta 1898. La banca norteamericana, que siempre entra antes que los marines, comenzaba a disputar el sabroso pastel de Centro y Sudamérica a los banqueros ingleses y alemanes. Los escasos éxitos de la administración española por reprimir los estallidos independentistas en la isla de Cuba, sobre la que los yankees tenían puestos los ojos desde hacía mucho, comenzaron a hacer atractiva la idea de una guerra. El magnate de la prensa William Randolph Hearst, utilizó todos los medios a su alcance para exaltar al pueblo americano contra los españoles y forzar el inicio de la guerra. Los desmanes de Valeriano Weyler en Cuba, donde inauguró la moda de los campos de concentración en el s. XX que nacía, y la incompetencia de una administración caduca, dieron excusas suficientes a la prensa amarilla. La declaración de guerra no se hizo esperar, y la excusa perfecta fue el extraño hundimiento del Maine, uno de los casus belli que peor huele en toda la historia.

Aquella guerra, cuyos resultados conocemos todos, fue el inicio de una segunda fase de la expansión imperialista de Estados Unidos (que se había detenido hacia 1840), que aún no ha cesado y que quizá no cesará en las próximas décadas.

Y sin embargo, los yankees tuvieron ocasión de saldar aquella vieja deuda y echar una mano a quienes habían ayudado a su independencia (si bien que interesadamente, hay que reconocerlo). El momento perfecto habría sido el 18 de julio 1936, cuando los militares africanistas se levantaron contra el gobierno legítimo y constitucional de la nación. La República pidió ayuda a la Sociedad de Naciones, pero la organización, tan inútil como su sucesora las NU, no pudo o no quiso enfrentarse al problema. Francia e Inglaterra, esta última con fuertes intereses económicos en nuestro país, fueron firmes en su petición de neutralidad. Nadie acudió en defensa de la II República, que feneció después de tres años de sangrienta guerra. Bueno, nadie, no. Méjico hizo lo estuvo en sus manos por ayudar, y que no se les olvide nunca esto.

Tras un período en que el régimen de Franco fue considerado hostil por los americanos, debido sobre todo a la campaña de difamación contra el presidente Roosevelt, el pacto de 1953 supuso el comienzo del apoyo norteamericano a la dictadura del general. El mundo había cambiado, estábamos en la Guerra Fría, y quien diez años antes fuera considerado dictador fascista era ahora un hombre fuerte capaz de controlar el comunismo. Apoyar una dictadura sangrienta, culpable del asesinato de decenas de miles de españoles fue el primer gesto de acercamiento a España desde la década de los 90 del siglo XVIII. Quienes hoy día hablan de la deuda de los españoles con Estados Unidos son sin duda los descendientes biológicos y políticos de quienes disfrutaron de 40 años de poder omnímodo gracias al apoyo americano. ¡Quien ha visto y quien ve a estos americanos, que ahora dicen luchar para derrocar a los dictadores! Mientras franceses, ingleses, holandeses, y otros europeos tuvieron el privilegio de que el Ejército USA liberara sus territorios de las tropas nazis, nosotros vivimos la situación inversa. Ya entonces había europeos de primera y de segunda. Franco dio muy pronto el golpe de Estado, cuando la actitud general en Europa hacia el Nazismo y el Fascismo era de una neutralidad oficial y simpatía en privado. Después, supo beneficiarse de una imagen muy bien vendida de viejo luchador contra el comunismo. De cualquier modo, queda el hecho de que, si los marines entraron en París, no lo hicieron en Madrid.

Con la democracia, esa democracia cuyo nacimiento no debemos al auxilio de nadie, no cambiaron mucho las cosas: ya hemos hablado al principio de las simpatías norteamericanas hacia el terrorismo de ETA. Aún hemos tenido que soportar algún trágala como la película CHACAL (Michael Caton Jones, 1997), protagonizada por Bruce Willis, en la que una terrorista de ETA es una de las heroínas. Pero tampoco olvidemos que Estados Unidos no ha ayudado a España en ninguno de sus conflictos con Marruecos, incluido el lamentable y rocambolesco incidente de Isla Perejil. La inclusión de ETA por parte de la administración Bush en la lista de grupos terroristas estuvo condicionada por el apoyo de José María Aznar a la guerra de Irak y sólo se entiende en la situación generada por los atentados de 11 de septiembre. No les quepa la menor duda de que esa colaboración comprada va a durar poco.

En esas estamos hoy. Nuestra derecha dice que España debe mucho a los americanos. En cierto modo tienen razón, puesto que para ellos, para la derecha, usted y yo, amigo lector, no somos España. Nosotros somos los rojos, los terroristas, los amigos de Sadam, los antiespañoles, los quemaiglesias. Son ellos, que se mantuvieron 40 años en el poder gracias a Estados Unidos, quienes creen deberles algo, ellos, que siempre miraban para otro lado cuando desaparecía un vecino, los que nunca se enteraron de nada porque no quisieron. Sin duda que les deben mucho. Les deben el silencio sobre las fosas en las cunetas, sobre el exilio y la represión. El pueblo español en su conjunto no debe nada, absoluta y radicalmente nada, a los Estados Unidos de Norteamérica. La historia de nuestras relaciones con ellos, como hemos visto, arroja un balance abrumador a nuestro favor, en lo que toca a deuda histórica y no al contrario. Su nacimiento como país y el desarrollo de su expansión imperialista se hizo a costa nuestra. Ayudaron a perpetuar la dictadura durante cuatro décadas. A cambio, nos hemos ganado su desprecio. Uno esperaría de los que se autotitulan patriotas una actitud diferente.

Pero ya lo vimos hace unas semanas: ¿que se puede esperar de estos cobardes?

© El padre Mapple, (2.031 palabras) Créditos