LA MALDICION DE DRACULA
LA MALDICION DE DRACULA Marv Wolfman, Gene Colan, Steward Dave
Título original: The curse of Dracula
Año de publicación: 1998
Editorial: Planeta DeAgostini
Colección: Biblioteca Grandes del Cómic
Traducción: David Macho
Edición: 2004
Páginas: 72
ISBN:
Precio: 4,75 EUR
Comentarios de: Iván Olmedo

Posiblemente sea Drácula el personaje ficticio (y digo ficticio porque, si bien basado en un hombre real, su verdadera fama viene dada por la recreación de Bram Stoker) del periplo cultural occidental más conocido y explotado, hasta el punto de que es una labor de osados intentar completar un rastreo de sus referencias ya que continuamente nuevas apariciones del, en principio, noble transilvano, asaltan los cines (ver la reciente VAN HELSING, ese cursillo acelerado para poco iniciados en los monstruos clásicos hecho de retales), la literatura popular y los tebeos, sobre todo. Por ello, es inútil enfrascarse en esta reseña en los antecedentes generales del vampiro; mejor centrarse en los datos que conciernen directamente a la obra.

La potente editorial Planeta DeAgostini continúa su carrera imparable en pos de copar las librerías especializadas y los quioscos con toda clase de materiales, tanto de lujo como populares, dando una especial relevancia a estos últimos en lo que se refiere a su edición de cómics. Tras idear el formato de la Biblioteca Marvel (bueno, bonito, barato... y manejable) con el fin de publicar cronológicamente las series con más solera de la Casa de las Ideas, se sacó de la manga una colección paralela, con idéntico formato, denominada Biblioteca Grandes del Cómic, donde encuadrar otros materiales más o menos inéditos, de diversas procedencias. Una de las cabeceras más exitosas, hasta el momento, ha sido la dedicada a Drácula, donde hemos podido encontrar escrupulosamente reunida y completada la mítica serie de los años setenta Tomb of Drácula (Marvel Comics Group), del justamente alabado trío Marv Wolfman (guión); Gene Colan (lápiz); y Tom Palmer (tintas); así como otros materiales recuperados de no menos interés, en muchos casos.

Aprovechando el interés que serie y personaje han despertado entre el público, la editorial saca a la luz un número especial con el mismo formato pero con la novedad de ofrecerlo a color, respetando en este sentido la edición original. LA MALDICIÓN DE DRÁCULA es una serie limitada de tres comic-books publicada por la editorial yanqui Dark Horse en el año 1998, y que había permanecido inédita hasta ahora en nuestro país. En ella contemplamos reunidos de nuevo a los autores que hicieron mítico al conde marveliano, Wolfman y Colan... Palmer se cae del podio del éxito, por la sencilla razón de que en esta obra no existen tintas: el dibujo a lápiz del gran Colan es reproducido tal cual. Pero de eso hablaré más adelante...

LA MALDICIÓN DE DRÁCULA (título no muy original, es cierto) presenta, cómo no, una nueva versión del personaje, caracterizado de todas formas por su malignidad intrínseca y esa dualidad entre la absoluta frialdad de sus actos, ante los cuales los seres humanos son mero ganado y, en ocasiones, animal de compañía; y un apetito sexual (nunca saciado, como el de la sangre) que roza la perversión del bestialismo. Una nueva caracterización esta que, obviando sus pintas de neo punk con cazadora de cuero, no hace muy diferente a este vampiro del resto de las versiones. Por si fuera poco, este Drácula de Wolfman no es tratado con especial profundidad, y dista mucho de ser aquel despiadado pero consciente noble de los setenta. El trabajo del guionista está más centrado, de nuevo, en presentar y manejar toda una serie de personajes propios (hasta llegar a realizar una obra coral) que interactúen en los escenarios que ha creado. De esta forma, ya desde la primera página (y sin más preámbulos, la misma acción se ocupa de ponernos en situación) vamos conociendo al elenco de personajes secundarios que, como es habitual en Wolfman, son los verdaderos protagonistas de la serie: Jonathan Van Helsing (¡!), descendiente del personaje clásico; Hiroshima, una mujer negra, ciega y mitad vampiro (que recuerda por muchas razones al afortunado personaje Blade, una de las mejores creaciones del escritor); Nikita Kazan, un rudo ex agente del KGB antaño inmerso en investigaciones paranormales; Simón, el chófer y hombre para todo; y (¡sorpresa!), Sebastian Seward, otro descendiente de uno de los personajes de Stoker...

Cabe destacar que, como en las tramas más típicas, o podríamos decir que clásicas, todos estos personajes han sido afectados de alguna manera antes por la maldición o el ataque de los vampiros, y se encuentran reunidos formando un grupo de cazavampiros que va tras el pez gordo, ese protagonista en la sombra de nombre Drácula. En la primera escena vemos cómo atacan a un grupo de chupasangres y torturan a uno de ellos hasta la muerte con el fin de sacarle información. Esto da una medida de la seriedad y falta de escrúpulos con las que se enfrentan al mal vampírico. Las relaciones entre estos personajes y sus acciones son pues el eje central de la obra, por mucho que exista otra subtrama de intereses y manipulaciones políticas en la que está inmerso directamente el mismo Drácula, pero que no es ni mucho menos la parte más interesante de la historia.

Seguramente la intención de Wolfman era crear un grupo fijo de personajes con carisma a los que sacar jugo en una posible serie regular, donde desarrollar con tiempo y muchas más páginas las tramas principales y secundarias y, sobre todo, el gran espectro de relaciones personales que se establecen entre ellos; siguiendo el eje central, no olvidemos, de la caza y captura de Drácula, una mera excusa para proyectar sus historias y hacer un buen trabajo con los diálogos, como acostumbra el escritor. La falta de éxito de esta propuesta, imagino que inmersa en un proceloso mar de novedades viñeteras en el que es complicado destacar y alcanzar las mejores metas, resolvió que no hubiese continuación de la serie. Así, el final es totalmente abierto a futuras posibilidades, y la sensación al cerrar el cuaderno es la de haber leído algo que sabe a poco y a lo que no hemos extraído la esencia, ya que Wolfman es un escritor caracterizado por idear sus tramas a largo plazo.

Y aunque el escritor sea el auténtico artífice de la historia, no debo cerrar este texto sin referirme al grandísimo Gene Colan, dibujante de raza donde los haya que aquí recurre al bonito reclamo de ofrecernos sus lápices desnudos, sin tinta (como ya hiciera anteriormente en la serie policial Detectives Inc., con guiones de Don McGregor) que, unidos al coloreado poco estridente de Dave Stewart, dan una sensación sobria similar a los dibujos acabados con lápices de colores. Si contamos además con la extrema maestría del veterano ilustrador, cuyas figuras humanas (y no-humanas) y su desglose en viñetas del guión son todo un gozo para cualquier aficionado, estamos ante un cómic que hubiese merecido su edición en formato de mayores medidas, ya que su parte gráfica es sumamente atractiva.

Y es que Colan es tan genial que se le perdona todo, incluso esos escorzos imposibles, o esos dedos retorcidos de tan mala manera que sus personajes deberían estar, a su vez, retorciéndose de dolor...

© Iván Olmedo, (1.155 palabras) Créditos