SEAMOS SERIOS
por Jacinto Muñoz

Es curioso como nos escandalizamos cuando descubrimos novelas de amigos y conocidos en las redes p2p (¡qué manía le tengo a esta jodida afición de los americanos por las siglas!), y en cambio nos parece tan normal bajarnos películas o música. Y digo nos porque aunque no navego por las, traduciendo libremente, redes persona a persona no he dudado en pedir copias de películas a amigos que si lo hacen y en alguna ocasión he comparado música o DVD piratas a ilegales vendedores ambulantes. (Por cierto, los CD suelen ser aceptables pero la mayoría de los DVD dejan mucho que desear) Claro que, pensándolo bien, no es nada curioso, es bastante comprensible que nos duela más cuando el robo nos afecta directamente o afecta a amigos y conocidos.

¿Robo? Pues si, según las leyes lo es. Es un grave delito que será, como dicen en todas las presentaciones de videos y DVD, perseguido por las fuerzas de seguridad del estado y sancionado con duras penas, incluida la cárcel.

¿Exagero? Pues quizá. Somos tantos que llenaríamos las cárceles y las fuerzas de seguridad no darían abasto contra tan numerosa y organizada banda. Por eso hasta ahora se han limitado a unos cuantos casos muy publicitados, principalmente empresas y últimamente algún particular, a amenazar con las penas del infierno y a exhibir continuamente las enormes cifras de pérdidas causadas por estas ilícitas prácticas

¿Visto que no es legal, Es ético? Pues contestar a esta pregunta es el quid de la cuestión y el principal motivo de estas líneas. Hoy en día todo se copia. Exceptuando cuadros, esculturas, muebles, edificios y alguna otra cosa que se me escapa, la revolución digital, cual maravillosa Karendon, lo convierte todo: imagen, sonido, textos, en ceros y unos susceptibles de ser duplicados hasta la saciedad a un coste mínimo.

Demasiado fácil para resistirse a la tentación.

Demasiado difícil para pararlo.

En esta discusión hay una pescadilla que se muerde la cola: el consumidor afirma que los precios son demasiado elevado. El fabricante (entiéndase por productores, editores, etc.) que este alza de los precios se debe a las copias ilegales.

Probablemente ambos tiene razón, pero ¿quien cederá primero?

Nadie. Los fabricantes comienzan por imponer un canon en la venta de CD y DVD vírgenes, por si a uno se le ocurre utilizarlos para hacer copias piratas, y amenazan con hacer lo propio con los ordenadores. Los consumidores, aprovechando las nuevas conexiones de banda ancha, instalan el emule o similar y no desconectan el ordenador hasta quemar la fuente de alimentación.

El problema se complica con infinidad de argumentos que acaban afectando a aspectos tan esenciales como la libertad, el derecho a una cultura gratuita y conecta con los desesperados intentos de los grandes poderes para no perder el control de la información. Intentos serios, por cierto, que hablan de chips integrados en placas bases o certificados sin los cuales nadie podrá acceder o publicar nada en el universo digital.

Para terminar, en lugar de respuestas más preguntas: ¿Es necesario un control en Internet o en las redes p2p? Evidentemente si cuando hablamos de redes de pederastia o comunicaciones entre grupos terroristas. Evidentemente no cuando hablamos de la libertad de expresión. ¿Se puede controlar lo uno sin lo otro?

Es el viejo dilema entre libertad y seguridad.

O el otro, casi tan viejo, del justo medio: resulta fácil optar por el pirateo frente a una gran compañía como Microsoft y no tanto cuando se trata de una pequeña productora o editorial. Podemos llamarlo complejo de Robin Hood, ¿Pero cual es la línea que separa al rico del pobre? Hay demasiados y complejos factores en juego y habrá que esperar a ver que pasa, porque es seguro es que la industria y el consumidor terminaran adaptándose a los nuevos sistemas, esperemos que para bien de ambos.

Lo único que tengo claro es que el eslabón más importante es el artista, el creador, y a él es a quien hay que defender. Sin él toda la cadena se rompe y desgraciadamente estos extraños tipos tienen la manía de comer y vivir bien. En muchos casos merece la pena pagar por su arte.

© Jacinto Muñoz, (691 palabras) Créditos