EL IMPERIO DEL SOL
EL IMPERIO DEL SOL J. G. Ballard
Título original: Empire of the Sun
Año de publicación: 1984
Editorial: Minotauro
Colección: ---
Traducción: Carlos Peralta
Edición: 1988
ISBN:
Precio: 12 EUR
Comentarios de: Javier Iglesias Plaza

Quizá como le pasó a Kurt Vonnegut con su MATADERO CINCO y su experiencia en el bombardeo aliado de Dresde, probablemente Ballard no trasladó al papel sus experiencias infantiles de guerra hasta un tardío 1984, tal vez porque necesitaba sentir el transcurrir de los años sobre sus recuerdos. El producto de éstos que es EL IMPERIO DEL SOL, escrita cuando el autor es ya un narrador maduro y consumado, en un relato ciertamente abrumador.

En él, Ballard decide convertirse en un narrador omnisciente que desde la mente de Jim (del James G. Ballard niño) contempla el acontecer de la guerra en sus carnes y las de los que le rodean. El acostumbrado estilo ballardiano, de voz y tonos esencialmente fríos pero a su vez trufado de metáforas tan bellas y luminosas como soles en extinción, consigue en este texto, por surgir de la figura de un niño y por describir los horrores que describe, alzarse mucho más humano y cercano que en sus otros textos de ficción, tan característicamente distantes y gélidos.

Con todo, la voz de este Ballard niño no deja de evidenciar algo extraño, inhumano, que es, quizá, lo que convierte el relato en algo tan atractivo. Supongo que nunca sabremos del cierto si Jim pensó en su día todo lo que el Ballard maduro nos cuenta en la novela, desde la distancia. Seguramente se trata de una feliz simbiosis entre ficción y realidad fruto de la mente de un narrador mucho más que hábil, pero en cualquier caso el fruto obtenido es un retrato extraordinario de cómo la ingenuidad y la viva imaginación infantiles pueden llegar a mutar al entrar en contacto con la alienación y el absurdo, verdaderamente atroces, que destilan los hombres en pie de guerra.

En la mente de Jim, un niño inteligente y de una imaginación excepcional, a veces incluso de una imaginación desesperada (p.227), la guerra entre Japón y el resto de países Aliados le coge desprevenido, perdido en una Shangai peligrosa y turbulenta en la que él, como hijo de británicos, no deja de ser un extranjero. Separado de sus padres y del universo de seguridad y supremacía que ellos representaban, es expulsado a un nuevo mundo de supervivencia y muerte; el mundo de la guerra. En él, cuya representación última para Jim es el campo de prisioneros de Lunghua en el que pasará encerrado tres años, se confunden y entremezclan su amor por los cazas y los bombarderos, su franca admiración hacia los soldados japoneses, también su curiosidad por el modo de vida americano (representado por el advenedizo Basie, brillantemente caracterizado por John Malkovich en la adaptación cinematográfica de Spielberg), así como el despertar del instinto sexual. El hambre, la enfermedad, la muerte y el desamparo son los auténticos tutores de Jim durante esos años en los que su personalidad crece, evoluciona a marchas forzadas y se hace fuerte ante la adversidad, todo lo cual parece coadyuvar a que en él comience a darse una especie de estado hiperconsciente a la vez totalmente irreal, en el que la percepción de todo lo que acontece a su alrededor alcanza una lucidez escalofriante. En cierto modo Jim termina por amar la guerra y las penurias; su verdadero hogar es Lunghua, el campo de prisioneros, y sus verdaderos padres son todos sus compañeros de cautiverio y fatigas; Basie, el doctor Ransome, el señor Maxted, la señora Vincent, el tuberculoso sargento Kimura Sus propias palabras lo demuestran: Después de intentar escapar del campo durante tres años ahora estaban nuevamente ante él, listos para ocupar sus puestos en la tercera guerra mundial. Por fin habían comenzado a comprender la sencilla verdad que Jim siempre había sabido: dentro de Lunghua eran libres (p. 312)

Por esto cuando la guerra empieza a evidencia síntomas de acabar y los japoneses intuyen su derrota, el mundo de Jim se tambalea y se desmorona. La explosión de la bomba atómica de Nagasaki es en este sentido un punto de inflexión: Un resplandor inundó entonces el estadio, fulgurando sobre las graderías del sudoeste como si una inmensa bomba americana hubiese estallado en alguna parte, al noroeste de Shangai () Estaban en el interior de un horno calentado por un segundo sol () , pero un silencio ininterrumpido cayó sobre el estadio y sobre la tierra circundante, como si el sol hubiese parpadeado, desanimado durante unos pocos segundos. Jim sonrió al soldado japonés; sintió el deseo de decirle que aquella luz era la premonición de la muerte, la visión de un alma pequeña que se unía a la gran alma de un mundo agonizante (p. 270). Así intuye Jim, inconscientemente, por medio del fulgor nuclear, el inicio del nuevo orden mundial que dará carpetazo definitivo a la segunda gran guerra y dará pie al terror y la paranoia termonucleares en los que, en potencia, la humanidad entera ya está muerta, completamente aniquilada. El joven Jim había aprehendido este concepto, no obstante, mucho antes; Ver de nuevo a los japoneses había restaurado su confianza. La perspectiva de que lo mataran lo excitaba de veras; tras las incertidumbres de la semana pasada estaba dispuesto a aceptar cualquier final. Durante unos pocos momentos () todos serían plenamente conscientes. Pasara lo que pasara, él sobreviviría. Sentía que el alma ya lo había abandonado, y no necesitaba más los huesos finos y las llagas abiertas para durar () El alma de él ya se había ido. Estaba muerto, como el doctor Ransome y el señor Maxted. Todo el mundo en Lunghua estaba muerto. Era absurdo que no hubieran conseguido comprenderlo () Jim se echó a reír, conteniéndose feliz por haber comprendido el verdadero significado de la guerra (p. 240). Espiritualmente muerto como se sabe, como sabe a todos los que le rodean, una vez la guerra, su microuniverso, se desploma, Jim no hace sino preguntarse una y otra vez si en verdad se habrá acabado la guerra y, de ser así, cuánto tardará en comenzar la siguiente, esa que empezó con el luminoso parpadeo nuclear. Porque, no cabe duda, él necesita de la guerra, de Lunghua para seguir viviendo, para no desquiciarse definitivamente, para no morir orgánicamente; ¿no se estaba recargando otra vez la guerra allí, junto a los grandes ríos del Asia oriental, para ser disputada eternamente en ese lenguaje mucho más ambiguo que Jim había empezado a aprender? (p. 291)

Terminada la guerra, vueltas las aguas a su cauce, Jim vuelve con sus padres, trasladándose finalmente a Londres, capital y símbolo del imperio británico, su imperio nominal al fin y al cabo, pero que no conocía y que sentía totalmente extraño, porque él, Jim Ballard, pertenecía a Shangai, y más intrínsecamente, pertenecía a Lunghua, al ejército japonés, a los cielos surcados por cazas Zero-Sen y Mustangs y fortalezas volantes B-29; a un mundo en guerra, pintado en trazos de hambre y amargura, edificado a base de los afanes de saber y las fuerzas de vivir que sólo pueden hallarse en un ser infantil en crecimiento cuya salvaje imaginación solo quiere decapitar un porqué tras otro. Toda esa gran parte de James G. Ballard murió con la bomba nuclear y la caída definitiva de los japoneses. El Imperio del Sol Naciente, ahora también El Imperio del Sol Termonuclear, flotaba muerto en las aguas del estuario del Yangtsé mientras un Jim tan distinto del que fue embarcaba rumbo a Londres, la ignota metrópoli, en el párrafo final de la novela; Bajo la proa del Arrawa el ataúd de un niño se movió en el agua nocturna () Las flores formaron una ondulante guirnalda alrededor del ataúd cuando iniciaba el largo viaje hasta el estuario del Yangtsé, sólo para que la marea alta lo trajera de regreso a los muelles y los bancos de fango, impulsado una vez más a las costas de esa ciudad tan terrible (p. 353)

El Ballard maduro sabía muy bien, desde la distancia, que en ese ataúd, simbólicamente, yacía mucho, quizá demasiado y puede que lo mejor, lo irrecuperable, del Jim que él no tuvo más remedio que ser.


Notas

J. G. Ballard, EL IMPERIO DEL SOL, 1984, (primera reimpresión; Marzo 1988), Ed. Minotauro, Barcelona, 1984

© Javier Iglesias Plaza, (1.656 palabras) Créditos