ARTISTAS Y ARTESANOS
por Francisco José Súñer Iglesias

Existe la percepción generalizada de que un artista debe ser recompensado por la exhibición de su obra de forma casi automática, sin que esa obra haya pasado por el filtro de la aceptación y posterior demanda y sin que el artista tenga por que aportar más credenciales que las de su arte.

En ese sentido se confunde con demasiada frecuencia al artista con el artesano. Al artista le debería importar muy poco que su obra le reporte beneficios económicos, porque es su medio de comunicar percepciones y emociones que, de otro modo, le resultaría muy difícil expresar, y entra dentro del absurdo querer expresarse previo pago.

Si finalmente esa obra es apreciada y, por una simple cuestión de demanda, el artista puede obtener una prestación económica por ella, bien por el artista, pero dar por sentado que, por el simple hecho de ser generada, una obra artística debe ser automáticamente recompensada por su disfrute no es de recibo.

Un artesano, sin embargo, ve el arte como el resultado final de la aplicación con fines prácticos de tecnología, más que como una forma de expresión, la obra de un artesano puede acabar diciendo tanto como la de un artista, pero partiendo desde un punto opuesto, al artesano domina la técnica como tal, y la elige como oficio, formándose previamente sin presuponer que sólo su genio creador le va a bastar para llevar a buen fin su tarea.

Es decir, el artista crea sin demanda, en un intento de expresarse y comunicar, el artesano, por el contrario, crea bajo demanda, por lo que la contrapartida económica está implícita en el proceso, obviamente ambos caminos son convergentes y muchos artistas acaban siendo grandes artesanos, y notables artesanos geniales artistas, pero es un gra error confundir ambos conceptos.

Pero una vez que se llega a la parte crematística del asunto se debe tener cuidado con el valor que se da a la obra de arte, al menos desde la concepción del arte como medio de expresión y transmisión de emociones e ideas. El artista se está expresando, está transmitiendo, y raramente va a hacerse oír si lo primero que va a exigir es un pago por ello. En su madurez, cuando la forma o el contenido de su mensaje tiene demanda, y en cierto modo deja de crear para expresarse y pasa a crear para colmar las expectativas ajenas, es cuando si está en condiciones de exigir que se le compense por ello.

La prostitución de la cultura es un invento de creadores frustrados o artistas tan fieles a si mismos como estúpidos a la hora de comprender que su obra ya no interesa. En realidad toda la cultura que conocemos es cultura prostituida, al fin y al cabo, sólo los creadores y artistas de éxito, y por tanto con una buena cantidad de encargos a sus espaldas, podían vivir de su arte y producir en grandes cantidades, y son precisamente esas obras prostituidas, las que mayoritariamente han llegado hasta nosotros.

La cuestión es que el artista, cuando deja de hacer obra de autor (otro invento para dar una patina de respetabilidad a una buena cantidad de bodrios) y pasa a atender las peticiones del oyente tiene, de forma casi inevitable, que ajustarse a ciertas pautas y ciertos formatos que han sido los que le han llevado al éxito. Si es un verdadero genio puede llegar a marcar la pauta innovando a la vez que satisface las expectativas que se crean sobre él, pero por regla general mucho artista brilla intensamente en una etapa más bien efímera de fama y fortuna, y por último cae en el olvido ¿por qué? Por ser quizá demasiado fiel a sí mismo y no querer prostituirse, por no ser tan creativo como parecía en un principio o no ser capaz de mantener el ritmo, pero la cuestión es que finalmente deja de interesar y su vida pública se acaba.

El artista puede hacer lo que le venga en gana, ser fiel a si mismo hasta el final o convertirse cada vez más en un artesano, pero sabiendo el rumbo que ha tomado y no cayendo en el patetismo de quejas como nadie comprende mi arte si esa fidelidad a si mismo le supone pasar a un segundo o tercer plano y no poder vivir de su obra.

© Francisco José Súñer Iglesias, (719 palabras) Créditos