TOREO
por Diego Márquez García-Cuervo

Definió un famoso torero todo esto de la lidia de la siguiente forma: Sales tú, sale el toro. Te plantas tú, se arranca el toro. Te quitas tú... o te quita el toro.

No creo que sea una mala definición. Y sobre todo porque el toro tiene una oportunidad, quizá remota, pero la tiene, de llevarse por delante al máximo responsable de su sufrimiento. Y llevárselo definitivamente además, mandándolo directo al secadero con su pijama de pino incluido.

No se si habréis visitado alguna vez algún matadero industrial, sobre todo de una gran ciudad. Desde el área de descarga del ganado hasta las cámaras de oreo el espectáculo es fastuoso. Las almas sensibles, los defensores de la dignidad animal, los ecologistas de pro deberían evitarse tal visita. No se les pide por favor a las vacas que salgan del cajón donde vienen, encerradas desde hace muchas horas, y se enganchen gentilmente de un garfio de medio metro de largo para ser amablemente muertas, suavemente desolladas y muy concienzudamente despiezadas. He visto toros abiertos en canal con todas sus vísceras colgando y todavía mugiendo. He visto cerdos aún vivos tras el famoso electrochoc gritar agudísimamente al entrar en el baño hirviente que sirve para despellejarlo. A los pollos se les mete la cabeza en un carril y las patas en otro, y mueren simplemente porque ambos carriles se separan y la cabeza es sutilmente arrancada.

Y sin embargo se liquidan miles de vacas, toros, cerdos, ovejas, pollos... todos los días. Pero con una gran ventaja, absolutamente ninguno de ellos tiene la más mínima ni remota posibilidad de escapar a su destino. Todos ellos son muertos y despellejados, o desplumados, con fatal seguridad. Pero no es público. No aparece en ningún programa, ni en ninguna etiqueta, ni en ningún sitio. Y nos comemos los chuletones, y los solomillos, y las pechugas y los chorizos y jamones con la más absoluta tranquilidad de espíritu que el momento requiere. Y no pasa nada. Hay que comer y comemos, dejándonos de zarandajas... o nos alimentamos de coles y lechugas, que también están vivas, pero menos.

Quizás habría que llevar a todos estos bichos, vacas, toros, cerdos, borregos, pollos... primero al sicólogo para ir mentalizándolos y después someterlos a un tratamiento de sofrología, y acaso anestesiarlos con el gas de la risa antes de arrancarles el cuello y colgarlos boca abajo para que se desangren y no enturbien sus sabrosas carnes.

Pero claro: vacas, toros, cerdos, ovejas y pollos son animales que hay que protejer. Son nuestros amigos y a pesar de ser animales vivos, son de otra calaña, de otra textura, de otra calidad y cualidad que otros muchos a los que no nos importa gasear, atacar bioquímicamente y envenenar a diestro y siniestro. Porque cucarachas, arañas, serpientes y lagartos y lagartijas también son animales vivos, pero se merecen ser atacados con una multitud de agentes químicos, pegamentos y venenos. Son otra cosa.

Pero quien defiende la matanza pública y notoria de un toro acuchillado de frente es un salvaje. ¿Por acuchillar a un toro de frente? No, por hacerlo impúdicamente ante la vista de todo el mundo. Como dijo Quevedo: Conde, la caca, callarla.

Ojos que no ven, corazón que no siente.

P.D. Los Jainistas, sectá hindú defensora a ultranza de toda vida. Llevan hasta mascarillas para no ingerir accidentalmente algún minúsculo insecto y causarle involuntariamente la muerte. Tardan horas en desplazarse andando de un lugar a otro ya que van pendientes de no pisar alguna hormiga, o chinche, o...

© Diego Márquez García-Cuervo, (587 palabras) Créditos