PAGA, CABRÓN
por Lejano Buitre

Está usted en una gran sala a oscuras. De repente una fuerte luz se enciende y crea un círculo libre de sombras que le deslumbra. Una voz autoritaria le habla desde lo alto: Si usas CD´s vírgenes eres culpable. Por anticipado. Sin derecho a juicio ni apelación.

Usted mira hacia arriba, la mano sobre los ojos entrecerrados intentando evitar el horrible resplandor: ¿Culpable de qué?

Pero no obtiene usted ninguna contestación. La sentencia ha sido pronunciada. La luz se apaga y usted queda de nuevo en la misericorde oscuridad, aunque puede que un sudor frío empiece a cubrir su cuerpo. ¿Culpable de qué?

Pues de usar CD´s vírgenes, alma cándida. Yo todavía recuerdo la época, hace ya muchos años, en que una grabadora de CD´s (una tostadora, como la llamábamos) era lo último en tecnología, costaba más de 600 euros (en la época todavía en pesetas) y cada CD vírgen costaba más de 3 euros. La llegada de aquellas máquinas, incluso caras y lentas como eran, supuso una auténtica revolución. De repente los usuarios podían hacer copias de seguridad prácticamente eternas de sus discos duros, lo que incluía la enorme cantidad de datos que por entonces empezábamos a bajar de la aún muy reciente red. Una revolución, se lo aseguro. Poder meter 650 Mb de datos en un CD supuso para gente como nosotros, que utilizábamos aparatos esotéricos para la obtención de datos, dejar de depender de discos magnetoópticos y similares que de vez en cuando colapsaban y te hacían perder 6 meses de investigación. Una putada.

Pero como casi todas las tecnologías, esta tiene un reverso tenebroso. Porque esos bonitos discos se usan, entre otras cosas, para copiar los discos compactos comerciales que contienen programas o música, algo que antes de la llegada de las grabadoras era imposible. Como es obvio, el uso extensivo de las grabadoras y el abaratamiento de los CD´s vírgenes, que llegaron a costar menos de 60 céntimos de euro, supuso un golpe brutal a las industrias discográfica y de software. Aunque también se podría argumentar que las cintas de cassette ya rascaban beneficios a las discográficas y las fotocopiadoras infringían graves daños a las editoriales, especialmente en el ámbito universitario.

Pero no nos preocupemos, damas y caballeros, que no cunda el pánico porque nuestros salvadores ya están aquí, y se llaman SGAE. ¿No les suena? Pues es la Sociedad de Autores, que entre cosas se encarga de tramitar el pago de los derechos de autor de música y libros, esas cosas que todos compramos de vez en cuando. La SGAE, en su infinita sabiduría, ha decidido que lo mejor es que los CD´s vírgenes paguen un canon (bonita palabra esta) para proteger a los autores. Es decir, que un CD vírgen no le va costar a usted 60 céntimos, sino 1 euro o más. Por lo visto, a las humildes cassettes hace ya tiempo que se les aplica un canon; pero claro, en el mundo actual en una cinta no se puede meter mucho más que música, mientras que hace años los usuarios de Spectrum copiaban otras cosas. Pero ojo, a usted un CD le costará eso independientemente de lo que meta en el CD. Es decir, si usted hace, como es mi caso, respaldo de las bases de datos de su empresa y su correo electrónico, pagará lo mismo que si se dedica a fusilar constantemente CD´s de grupos españoles.

Resumiendo: Matadlos a todos, ya distinguirá Dios a los suyos. Creo que los ingenieros informáticos han llevado el tema un poco más allá y proponen que los folios en blanco paguen el mismo canon. A fin de cuentas podrían ustedes copiar un trozo del último best-seller en uno de ellos o escribir un pentagrama y las notas de una canción. Y eso también es violar los derechos de autor, ¿sí, verdad?

Yo no lo llamaría canon. Lo llamaría impuesto revolucionario. Pero al menos tiene una cosa buena. Ya que lo has pagado, tienes el derecho moral de piratear lo que te venga en gana. Ya que te han juzgado y condenado a priori por un delito, lo menos que podemos hacer es darles la razón. Todos piratas y listo. Estoy seguro de que de esto se puede sacar un buen argumento de ciencia-ficción. Pero pagando, coño.

© Lejano Buitre, (721 palabras) Créditos