EL CAPITÁN SALIÓ A COMER Y LOS MARINEROS TOMARON EL BARCO
EL CAPITÁN SALIÓ A COMER Y LOS MARINEROS TOMARON EL BARCO Charles Bukowski
Título original: The Captain Is Out to Lunch and the Sailors Have Taken over the Ship
Año de publicación: 1998
Editorial: Anagrama
Colección: Quinteto n º 8
Traducción: Roger Wolfe
Edición: enero de 2002
ISBN:
Precio: 10,25 EUR

Bienvenidos a la Raza Humana. Esta es la frase con la que se despide Snake Plissken en 2013: RESCATE EN LOS ÁNGELES, una película de la que nadie debería dejar de huir, pero que resume a la perfección la razón por la que se debería leer el testamento literario de Charles Bukowski.

Bukowski fue un hombre que bebió y escribió mucho. De hecho, de serle posible, quizá hubiera seguido bebiendo y escribiendo por el resto de la eternidad, hasta llenar de hojas impresas las paredes de un cosmos totalmente alcoholizado. Pero a todo le llega su fin, y Bukowski sin duda presentía cercano el suyo mientras escribía este, su último libro, que es como una olla de aceite hirviendo arrojado al rostro de la Humanidad.

Aquel que decida asomarse a sus páginas hallará en ellas todo tipo de brillantes invectivas y ácidas verdades acerca de un amplio abanico de temas. Sobre la Fama, El mejor lector y el mejor humano son los que me recompensan con su ausencia (p.8)*; sobre la Existencia, He estado leyendo a los filósofos. Son realmente tipos extraños, divertidos y alocados, jugadores (…) Adoro a esos tipos. Sacuden el mundo. ¿No les entrarían dolores de cabeza pensando así? ¿No les rugía una avalancha negra entre los dientes? Cuando agarras a estos tipos y los pones junto a los hombres que veo caminar por la calle, o comer en los cafés, o aparecer en la pantalla del televisor, la diferencia es tan grande que algo se retuerce dentro de mí, me da una patada en las tripas (p.13-14), el hecho de que exista una salida [ el suicidio ] te ayuda a quedarte dentro. ¿Me explico? De lo contrario, no quedaría más que la locura (p.21); el Juego, Recuerdo a un amigo mío que era jugador empedernido. Una vez me dijo: "no me importa si gano o si pierdo; yo lo que quiero es apostar". Yo no soy así, he estado demasiadas veces en la Calle del Hambre. No tener nada de dinero sólo tiene un ligerísimo tinte de Romanticismo cuando eres muy joven (p.63); la Sociedad, Supongo que sacar mi culo de aquí me obliga a mirar a la Humanidad, y cuando miras a la Humanidad TIENES que reaccionar. Es sencillamente demasiado, un continuo espectáculo de horrores. Sí, me aburro allí, y aquello me aterroriza, pero también soy, hasta ahora, una especie de estudioso. Un estudioso del infierno (p.83), La autopista siempre te recuerda lo que es la mayoría de la gente. Estamos en una sociedad competitiva. Quieren que tú pierdas para que ellos puedan ganar. Es algo que está enraizado muy adentro y en gran medida aflora en la autopista (p.99); la Escritura y la Literatura, Cuando has leído cierta cantidad de literatura decente, simplemente no hay más. Tenemos que escribirla nosotros mismos (p.27), Algunos escritores tienden a escribir lo que ha complacido a sus lectores en el pasado. Entonces están acabados (…) Sólo existe un juez definitivo de la escritura, y es el escritor. Cuando se deja llevar por los críticos, los directores editoriales, los editores, los lectores, está acabado. Y, por supuesto, cuando se deja llevar por su fama y su fortuna, lo puede tirar al río con la demás mierda (p.33-34), … a pocos escritores les gustan las obras de otros escritores(…) A los escritores sólo les gusta olisquear sus propios zurullos. Yo soy uno de ésos (p. 42), Lo primero que debe hacer la escritura es salvar tu propio pellejo. Si lo hace, entonces será automáticamente jugosa, entretenida (p. 65); y, cómo no, la Muerte, Aquí estaba ahora, en el jacuzzi, y mi vida se estaba acabando. No me importaba, ya había visto el circo. Aún así, siempre hay más cosas que escribir, hasta que me lancen a las tinieblas o lo que sea (p.87).

Pero estas adscripciones son poco menos que secundarias, superficiales, porque en el trasfondo de todas ellas siempre acaba por emerger una visión del hombre y sus miserias terriblemente ilustradora acerca de nuestra propia condición. El hecho de que sea la propia voz del Bukowski hombre y no la del narrador, la del escritor, hablándonos desde su diario y no desde las máscaras, las trampas y los trucos de la ficción, es lo que lo hace tan cercano y entrañable. Y esta voz es la voz de un hombre que nunca encajó en el mundo, que jamás pudo hacerse a una sociedad que se le antojaba alienante e insoportable, y cuyas únicas vías de escape fueron la escritura y los excesos etílicos y, por qué no, también el cinismo.

Resulta particularmente significativo y simbólico el pasaje, ya cerca del final, en el que Bukowski explica como rechazó el participar en una comedia de televisión que se inspiraría en su figura como personaje principal. Él, que había bebido e insultado y pasado lo que no estaba escrito y que ahora, en la senectud, era un escritor de éxito y gozaba de una buena posición en el circo del capitalismo, no podría soportar que su propia vida fuese deconstruida, masticada y expuesta a las grandes masas por la televisión. Llegada la hora en que la sociedad pretendía asimilarte y regurgitarte era quizá el mejor momento para poner el punto y final; ya ni siquiera el alcohol o la escritura eran una salida porque empezaban también a formar parte del espectáculo circense, creando moda, pariendo arquetipos. Quizá ese fue el principio del fin.

Y tras una vida llena de escritura y excesos y de cantarle las cuarenta al mundo Bukowski se dispuso a emprender la marcha final. Todo se agrieta y se pudre; el tiempo, el cuerpo, el alcohol, la escritura… y ya nada tiene sentido, o precisamente todo adquiere su justo significado, y es insoportable. El espíritu está cansado y las palabras ya no fluyen; es hora de irse a dormir, esta vez para siempre.

Buenas noches.

* Charles Bukowski, El Capitán Salió a Comer y los Marineros Tomaron el Barco, 1998, Col. Quinteto nº 8, Ed. Anagrama, Barcelona, 2002

© Javier Iglesias Plaza, (1.012 palabras) Créditos

No resulta habitual que un escritor vuelque en el papel su vida cotidiana. Entiéndaseme, es normal que un escritor se obstine en aburrir, o intentar aburrir, a sus lectores con sus pensamientos, reflexiones y náuseas vitales, lo que le supone el estar vivo y lo bien o mal que le trata la vida. Tampoco es extraño que, a falta de capacidad fabulativa, este u otro autor nos cuente su adolescencia o niñez disfrazada de gran relato.

No hablo de grandes palabras ni de profundas reflexiones sobre la vida, el universo y todo lo demás. Hablo de simple vida cotidiana. Levantarse, desayunar, vicios, visitas, costumbres, momentos de angustia y momentos de relajación, sin grandes palabrerías ni retorcidas interpretaciones, simplemente la vida misma, tan descarnada como es esta.

Y ese ejercicio es el que hace Charles Bukowski en este extracto de su diario que va desde agosto de 1991 a febrero de 1993. Ya antes, en HOLLYWOOD, Bukowski hace algo parecido, relatando los pormenores de la escritura del guión y el rodaje de la película EL BORRACHO, en aquella ocasión es un Bukowski más distante e irónico, alejado del más intimista de este EL CAPITÁN SALIÓ A COMER Y LOS MARINEROS TOMARON EL BARCO, pero con todo, el estilo limpio y directo de Bukowski resulta siendo el mismo.

Con todo, y aunque sean el relato de su día a día, en estas notas también afloran las obsesiones y fobias de Bukowski como persona, hay algunos detalles curiosos, como su rendida admiración por los ordenadores, gracias a los cuales, reconoce, le resulta mucho más sencillo escribiro, o su desprecio casi absoluto por los autodenominados artístas. Su hábito, más que vicio, por las apuestas hípicas, con la descripción de sus largas jornadas en los hipódromos, se descubre como el eje central de su vida, una agradable rutina que se repite día a día y en la que se encuentra muy cómodo, pero que a la vez le entristece no tanto por si mismo como por el ambiente que encuentra, cada vez más gris y deprimente.

En definitiva, una interesante curiosidad donde Charles Bukowski se nos muestra como un vejete curtido por un pasado intenso, lúcido, al que ya pocas cosas parecen impresionar y al que la progresiva decadencia más que deprimirle, le parece una sorprendente curiosidad.

Interesantes también las ilustraciones de Robert Crumb, uno de los grandes del comic underground americano de los 70 y 80.

© Francisco José Súñer Iglesias, (402 palabras) Créditos