Solaris

Planeta protagonista de la novela homónima de Stanislaw Lem, en la que se basaron sendas películas de Tarkovski (1971, URSS) y Soderbergh (2002, EUA)

En un principio no se le concedió demasiada importancia, debido a que su órbita en torno a dos estrellas, con su consiguiente irregularidad, hacía pensar que la vida era imposible en él. Pasados unos años, sin embargo, se pudo comprobar que la irregularidad orbital prevista en los cálculos de los astrónomos no existía, y se comenzó a avivar el interés en su estudio. Solaris es aproximadamente una quinta parte mayor que la Tierra, aunque toda su superficie emergida en suma no es mayor que Europa. Todo el planeta está recubierto por un gigantesco mar, cuyo estudio fue el acicate para la primera misión tripulada en pisarlo. Mediante sus análisis se pudo constatar que el océano debía ser considerado como una formación orgánica; pero con opiniones divergentes: los biólogos lo consideraron una formación primitiva (una especie de célula gigantesca); mientras que los astrónomos y los físicos lo consideraron como una entidad mucho más compleja que las meras estructuras orgánicas conocidas hasta entonces, ya que era capaz de influir eficazmente en el trazado de la órbita. Surgieron multitud de teorías que, con mayor o menor fortuna, pretendían explicar cómo era capaz de hacerlo. Únicamente una cosa parecía clara: el planeta en sí debía ser considerado como un gigantesco ser viviente, un organismo homeostático, como lo es al fin y al cabo la propia Tierra, pero con un solo componente.

La consideración de Solaris como un ser viviente, llevó a plantear la posibilidad de comunicarse con él. Se colocaron aparatos electrónicos que transformaban los impulsos bilateralmente, y el océano de Solaris participó de modo activo en el experimento. Sin embargo, las señales que enviaba eran imposibles de interpretar. A veces respondía a un mismo estímulo con un impulso que estaba a punto de hacer estallar los aparatos, y en otras guardaba silencio. Finalmente se llegó a la conclusión de que el Océano, mediante impulsos electromagnéticos y gravitatorios, se expresaba de un modo matemático. Al aplicar la ley de los grandes números a las señales recibidas, se pudo comprobar que aparecían homologías estructurales como las que surgen en la ciencia que trata de las relaciones recíprocas entre la energía y la materia, los componentes y los compuestos, lo finito y lo infinito. Esa correspondencia era demasiado evidente, la única conclusión posible era que se encontraban ante un ser racional. Un monstruo gigantesco y solitario que pasaba el tiempo en un monólogo metafísico, interminable y prodigioso, acerca de la realidad del Universo

Solaris es, en otro orden de cosas, una de las creaciones conceptuales más lúcidas y osadas de la literatura acerca de un ser racional verdaderamente diferente de nosotros, y prácticamente inconcebible en toda su dramática grandiosidad.

© Raúl Alejandro López Nevado,
(467 palabras) Créditos