Planetas extrasolares
LA GUERRA DE LAS GALAXIAS

Dentro de la ciencia-ficción, y salvo raras excepciones, hablar de seres extraterrestres es sinónimo a hacerlo de astros habitados diferentes de la Tierra. Y, aunque en los albores del género, estos solían ser los propios planetas del Sistema Solar, en especial Marte y, en menor medida, Venus, pronto se descubrió que ninguno de ellos, a excepción claro está del nuestro, era capaz de sustentar vida inteligente. Por esta razón, fue necesario recurrir a planetas que orbitaban en torno a otras estrellas diferentes al Sol. La lista de estos planetas es tan larga que resultaría imposible hacerla exhaustiva, pero bastará con algunos ejemplos, entresacados de los más conocidos, para demostrarlo: Trantor y Terminus en la serie de FUNDACIÓN y Aurora y Solaria en la del robot Daniel Olivaw, ambas de Isaac Asimov; Vulcano en STAR TREK; Tatooine, Endor, Hoth, Dagobah y Alderaan en LA GUERRA DE LAS GALAXIAS; Arrakis en la saga de DUNE; Tschai en la tetralogía del mismo nombre de Jack Vance; Solaris en la novela homónima de Stanislaw Lem; Krypton, planeta natal de SUPERMAN, y tantos otros. Todos ellos suelen tener en común dos circunstancias: Son planetas similares a la Tierra, y en ellos es posible la vida tan como la conocemos, bien por haber evolucionado de forma paralela a la de nuestro planeta, bien por haber sido terraformados.

Sin embargo, si recurrimos a la ciencia las preguntas son inmediatas: ¿Es posible la existencia de otros sistemas planetarios distintos del nuestro? ¿Se han descubierto? Estos planetas, ¿son similares a la Tierra? Vayamos por partes. En primer lugar, los astrónomos están convencidos de que la formación de sistemas planetarios resulta ser algo frecuente en el cosmos, teniendo su origen en los discos de materia sólida que quedan en torno a las recién nacidas estrellas, conocidos con el nombre de discos de acreción; los planetas surgirían, pues, de los residuos de la formación de las estrellas.

Ya en la década de los años 80 los astrónomos descubrieron, gracias a observaciones en el espectro infrarrojo, la presencia de estos discos de materia interestelar en torno a un buen puñado de estrellas, indicio más que probable de la formación de futuros sistemas planetarios a partir de los mismos.

Pero lo que más interesa al gran público es saber si se han descubierto planetas extrasolares; y la respuesta es sí. No obstante, hay que tener en cuenta un punto importante: Con los telescopios actuales, aun con los más potentes, resulta imposible verlos, debido tanto a la debilidad de su luminosidad, como al hecho de que el brillo de su estrella los camufla. Por esta razón, los métodos de detección utilizados han sido indirectos: No se ve al planeta, pero se registran las perturbaciones gravitatorias que produce en su estrella. Esto es posible debido a que, según las leyes gravitatorias, no se puede decir con propiedad que sean los planetas los que giran en torno a una estrella inmóvil, sino que ambos astros (planeta y estrella) giran en torno a un centro de gravedad común situado tanto más cerca del centro de la estrella cuanto mayor sea su masa en relación con la del planeta; pero aunque la distancia entre el centro de gravedad de la estrella y el centro de masas del sistema sea mínima, ésta existe. El resultado práctico de ello es una especie de bamboleo de la estrella, que se desplaza ligeramente hacia un lado y otro de forma periódica.

Estos movimientos son muy pequeños, por lo que sólo con el advenimiento de las nuevas generaciones de telescopios, junto con el desarrollo de la informática, ha sido posible registrarlos y, a partir de ellos, calcular parámetros tales como el número de planetas que orbitan en torno de la estrella y la masa y el radio orbital (o, lo que es lo mismo, período de revolución) de los mismos. Evidentemente esta técnica tiene también sus limitaciones, por lo que por ahora tan sólo es posible de detectar planetas capaces de crear perturbaciones importantes en sus estrellas, bien por poseer una masa elevada (tipo Júpiter o mayor), bien por encontrarse a una distancia muy corta a su estrella, o bien ambas circunstancias simultáneamente.

El primer planeta detectado por este método fue, en 1995, un astro del tamaño de Júpiter que giraba en torno a la estrella Beta Pictoris. Desde entonces el progreso ha sido muy rápido, contándose en la actualidad con más de sesenta planetas descubiertos, número que se incrementa constantemente, algunos de los cuales orbitan en torno a estrellas tan conocidas por los aficionados a la ciencia-ficción como Epsilón Erídano

Lo que todavía no se ha podido descubrir, debido a las limitaciones del método empleado, es la existencia de planetas similares en tamaño a la Tierra, una condición imprescindible para poder especular con la posibilidad de que éstos puedan albergar vida. Huelga decir que el hallazgo de un planeta gigante orbitando en torno a una estrella no es incompatible, ni mucho menos, con la posibilidad todavía no comprobada de la existencia de complejos sistemas planetarios formados, como el nuestro propio, por un conjunto de planetas de tipo terrestre junto con varios gigantes gaseosos. Lo que sí parece haber quedado claro, es que el modelo que presenta el Sistema Solar, con una región interna formada por planetas rocosos de pequeño tamaño, y una región externa en la que orbitan los gigantes gaseosos, no es en modo alguno único, puesto que los sistemas planetarios que se perfilan de los descubrimientos realizados muestran una amplia variedad de modelos, algunos de ellos muy alejados del nuestro.

© José Carlos Canalda,
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