Pistola de rayos
babylon 5 - PPGA

Este adminículo es, quizá, el más universalmente reconocible entre todos aquellos que ha poblado los relatos y sobre todo películas de ciencia-ficción

De forma básica y tamaño similar a los revólveres y pistolas automáticas actuales, su morfología ha sufrido los caprichos de los diseñadores. Desde abigarrados instrumentos llenos de extensiones, esferas y pequeñas parabólicas, hasta los minimalistas fásers de Star Trek o las discretas PPG de Babylon 5.

Los autores no suelen entrar a describir en profundidad el principio de funcionamiento de la pistola de rayos de turno. Desde su invención en los años 60, el láser suele ser la tecnología más usada, (en cierto modo, Pascual Enguídanos lo predijo con su luz sólida casi diez años antes) aunque cualquier otra descarga de partículas, por muy peregrina que sea, es igualmente propuesta, protones, neutrones, neutrinos, fotones, rayos cósmicos, hasta arena acelerada a la velocidad de la luz sirve con tal de que el arma lance delgados y brillantes haces de enorme carga destructiva.

También son legendarias las infinitas regulaciones de estas armas, los modos de disparo van desde el simple aturdimiento hasta la total incineración.

Desde el punto de vista dramático no conviene confundir los desintegradores con las pistolas de rayos. Los primeros son armas radicales que vaporizan todo lo que tocan, las segundas no provocan necesariamente la muerte de la víctima, por lo que el héroe de turno puede ser herido las veces que sea conveniente para magnificar el mérito de su aventura.

Como arma es definitiva, nada, o casi nada, se le puede oponer, ésta circunstancia ha servido como argumento principal de novelas como LA PISTOLA DE RAYOS de Philip K. Dick. Otro ejemplo de pistola de rayos lo tenemos en la novela de Domingo Santos LOS DIOSES DE LA PISTOLA PREHISTÓRICA basada a su vez en su novelita de Luchadores del Espacio, EXPEDICIÓN AL PASADO donde unos cronoviajeros se dejan olvidada una pistola protónica en la Edad de Piedra.

© Francisco José Súñer Iglesias,
(323 palabras) Créditos